En este país de poetas y emigrantes, de santos y tradiciones
crueles con los animales,
donde uno sufre la pena y el sonrojo de saber que hay
quien ahorca galgos sin ir a la cárcel, en este país que me
gustaría poder amar siempre, lo mejor es no hacer caso de nadie. Encerrarse en
la propia habitación para ignorar el
ruido y la envidia y el incesante cacareo. Ningunear a vagos, pillos y maleantes que uno ha visto
no pegar palo al agua en veinte años.
Ignorar a los que lo consintieron y lo siguen consintiendo, y olvidar de un
zarpazo a esos otros, ¿quiénes son?, que se llevaron nuestro dinero (¿85.000
millones de euros?) y con ello a nuestros hijos lejos de nosotros.
¿Qué hicimos mal?, me
pregunto en mi habitación, si sólo hicimos el trabajar en un tiempo y en un lugar, jóvenes de los años ochenta, en que parecía que amanecía
por fin en un país como éste. ¿Qué fue de todo el esfuerzo y el tesón? ¿dónde
fueron las oposiciones, los libros , los
largos días y noches de biberones , guardias,
y estudio para construir el
futuro de nuestros hijos en un país mejor? Todo se esfumó.
El futuro era un lugar desierto, ahora lo sabemos, donde sólo unos pocos privilegiados habrían prosperado a costa del esfuerzo reunido de todos los demás, incluidos
los fondos europeos. Un país sostenido por un hilo, como un castillo de naipes. En este país maravilloso, asiento de tanta gente maravillosa y amable, trabajadora,
y sencilla y solidaria, gente que merece lo mejor, lo mejor es no enredarse en la mala educación y prepotencia de unos
cuantos, no impacientarse nunca sobre todo. No caer en el descontrol de la ira.
En España, supongo que en otros países será lo mismo, lo
mejor es no tener memoria para la estafa, la
malquerencia, la crítica torticera, la calumnia, la amenaza y el abuso
de confianza.
A veces este país que yo amo tanto, me parece penoso, otras
veces lo penoso me parece no haber aún aprendido
a convivir con él, que a lo mejor es como decir no haber aprendido a convivir a secas. Simplemente
a veces mis simpáticos y extraordinarios compatriotas me dan pavor. No
sé si temo más al vecino litiguero, que a algunos de mis colegas o a la última noticia
sobre corrupción.
Ya no lo sé. España siempre pende de un hilo, aquí el descontrol, la trampa y la inquisición
apuntan siempre, con opaco rigor, hacia
el pacífico y el trabajador. Justicieros
y corruptos y a veces crueles españoles de extremos irracionales. Pero tengo
tanto que trabajar, en este caos, para salir adelante y sacar adelante a esos
hijos que se han ido o están por irse, que ya ni pienso, ni leo ni entiendo. Estoy embrutecida y ciega, como
España.
La única aspiración de los que seguimos trabajando y no
somos ricos sino más pobres que antes, es el saber a ciencia cierta si por fin
hoy tendremos tiempo de ver a nuestros hijos
por Skipe, mientras le rezamos a la Virgen María para que no se echen una
pareja extranjera , porque si es así, no
volverán. Qué peligro el amor también. Me cuenta una amiga que su hijo con dos
carreras de ingeniería y que sigue estudiando en Alemania a los treinta, a
punto estuvo de acabar en San Petesburgo con su
recién novia rusa y a la aventura de buscarse un trabajo allí de lo que
sea.
Algo debimos hacer mal me digo, sin querer reconocer que la
vida no es justa, simple explicación de todo, si en este país, que me parece el
mejor del mundo, abro un periódico
desavisada y me encuentro un anuncio de Brigitte Bardot explicando a qué se dedican
algunos españoles con los galgos que no cazan según su gusto, y siento esa
vergüenza que a ellos no les llegará nunca. España.