domingo, 27 de marzo de 2016

ESPAÑA


 

En este país de poetas y emigrantes, de santos y tradiciones crueles con los animales,
donde uno sufre la pena y el sonrojo de saber que hay quien  ahorca  galgos sin ir a la cárcel, en este país que me gustaría poder amar siempre, lo mejor es no hacer caso de nadie. Encerrarse en la propia  habitación para ignorar el ruido y la envidia y el incesante cacareo. Ningunear  a vagos, pillos y maleantes que uno ha visto no pegar palo al agua en  veinte años. Ignorar  a los que lo consintieron y  lo siguen consintiendo, y olvidar de un zarpazo  a esos otros, ¿quiénes son?,  que se llevaron nuestro dinero (¿85.000 millones de euros?) y con ello   a nuestros hijos lejos de nosotros.

 ¿Qué hicimos mal?, me pregunto en mi habitación, si sólo hicimos el trabajar  en un tiempo y en un lugar,  jóvenes de  los años ochenta, en que parecía que amanecía por fin en un país como éste. ¿Qué fue de todo el esfuerzo y el tesón? ¿dónde fueron las oposiciones, los libros ,  los largos días y noches de biberones , guardias,  y estudio  para construir el futuro de nuestros hijos en un país mejor? Todo se esfumó.

El futuro era un lugar desierto, ahora lo sabemos,  donde sólo unos pocos privilegiados habrían  prosperado a costa  del esfuerzo reunido de todos los demás, incluidos los fondos europeos. Un país sostenido por un hilo, como un castillo de naipes.  En este país maravilloso, asiento de  tanta gente maravillosa y amable, trabajadora, y sencilla y solidaria, gente que merece lo mejor, lo mejor es no enredarse  en la mala educación y prepotencia de unos cuantos, no impacientarse nunca sobre todo. No caer en el descontrol de la ira.

En España, supongo que en otros países será lo mismo, lo mejor es no tener memoria para la estafa, la  malquerencia, la crítica torticera, la calumnia, la amenaza y el abuso de confianza.

A veces este país que yo amo tanto, me parece penoso, otras veces lo penoso me parece  no haber aún aprendido a convivir con él, que a lo mejor es como decir  no haber aprendido a convivir a secas. Simplemente a veces  mis simpáticos y  extraordinarios compatriotas me dan pavor. No sé si temo más al vecino litiguero, que  a algunos de mis colegas o a la última noticia sobre corrupción.

Ya no lo sé. España siempre pende de un hilo,  aquí el descontrol, la trampa y la inquisición apuntan siempre, con  opaco rigor, hacia el pacífico y el trabajador.  Justicieros y corruptos y a veces crueles españoles de extremos irracionales. Pero tengo tanto que trabajar, en este caos, para salir adelante y sacar adelante a esos hijos que se han ido o están por irse, que ya ni pienso, ni leo ni  entiendo. Estoy embrutecida y ciega, como España.

La única aspiración de los que seguimos trabajando y no somos ricos sino más pobres que antes,  es el saber a ciencia cierta si por fin hoy  tendremos tiempo de ver a nuestros hijos por Skipe, mientras le rezamos a la Virgen María para que no se echen una pareja extranjera , porque si es así,  no volverán. Qué peligro el amor también. Me cuenta una amiga que su hijo con dos carreras de ingeniería y que sigue estudiando en Alemania a los treinta, a punto estuvo de acabar en San Petesburgo con su  recién novia rusa y a la aventura de buscarse un trabajo allí de lo que sea.

Algo debimos hacer mal me digo, sin querer reconocer que la vida no es justa, simple explicación de todo, si en este país, que me parece el mejor del mundo,  abro un periódico desavisada y me encuentro un anuncio de Brigitte Bardot explicando a qué se dedican algunos españoles con los galgos que no cazan según su gusto, y siento esa vergüenza que a ellos no les llegará nunca. España.