Me dijeron que tenía que contar mi currículum ante un
grupo de ilustres directores de centros de salud y yo me puse a pensar en qué
contarles.
Lo que finalmente dije ese 9 de abril no tiene nada
que ver con lo que yo pienso, o más bien siento, sobre Atención Primaria. Si es
que pensar y sentir son de verdad diferente cosa.
Lo primero que recordé intentando diseñar mi pequeño
discurso es que mi vida laboral la inicié en un ambulatorio.
Por una extraña carambola del destino coticé, por primera vez, con un mes de sustitución de
enfermería; creo que era aún menor.
Eran otros tiempos, quizá más grises y remotos. Las
niñas sustituían enfermeras, los pacientes eran mansos, quizá más viejos
y agradecidos, y olían a colonia añeja. Los médicos eran todos, o casi
todos, médicos y muy serios, y sonreían poco. En Navidad los enfermos les
hacían regalos.
Las horas del verano discurrían por el ambulatorio con
la lentitud de una serpiente, sin aire acondicionado, subiendo y bajando la
ancha escalera que daba la vuelta al interior del edificio de la calle
Quintana.
Este primer trabajo anduvo olvidado, enterrado en mi
memoria hasta que un papelito de vida laboral no solicitado a la
Seguridad Social me obligó a recordar.
En un lejano y caluroso verano de Madrid, yo me había
vestido una bata y me había metido en una consulta de la
planta cuarta a escribir recetas para tres médicos diferentes cada mañana. Uno
cada dos horas, como funcionaba entonces atención primaria.
Mi madre no sé si vestía entonces de azul, o había ya pasado
al blanco precursor de las enfermeras de ahora, o iría aún de azul,
con cofia, y delantal, como la recuerdo y he visto en fotos con sus compañeras.
Mi madre en la cuarentena, sonriente, feliz en su trabajo, la artífice de
mi trabajo eventual; me protegía cuidadosamente de uno de aquellos tres médicos
al que apodaban el mono.
El mono era hombre brusco y temido por las
enfermeras, pero a mí me hacía reír al mostrarme cómo todas las camisas y
las batas le quedaban cortísimas de manga, "
como si fuera un mono", decía.
Era otro mundo. Mi madre hacía pocos años se había
iniciado como enfermera, aunque enfermera de la Cruz Roja lo fuera desde
siempre, por el contumaz empeño de su padre.
Mi madre vivió un tiempo en que las mujeres no
trabajaban. Ella no heredó el brío de mi abuelo, que aprobó su cátedra de
medicina en Valladolid, a los
veintisiete años, y en lucha permanente contra la adversidad, y ni mucho
menos su amor por el trabajo.
Pero un día una jefa de enfermeras de la calle Sagasta
llamada Flavia colocó a mi madre en el ambulatorio. Todos sus hijos ya éramos
mayores. La mayor, que era yo, tenía 12 años.
Mi madre solía hablar de Flavia con naturalidad. Como
si la conociera y frecuentara. Flavia solucionaba y decidía, colocaba y
descolocaba y lo hacía todo por teléfono en un pispás. A mí me maravillaba ese
nombre; Flavia, romano, sonoro. Fue ella quién me colocó a mí ese mes de
verano. Sin conocerla y sin pedirlo.
Pocos años antes, por teléfono y en un pispás,
supongo, mi madre fue destinada a radioterapia, fue al poco tiempo de entrar en
el ambulatorio e ignoro el motivo.
La cosa es que un tiempo después, la acompañaba
yo al ambulatorio a unas horas extemporáneas
de la mañana, Alberto Aguilera abajo, hacia Princesa, un día oscuro y glacial
de los de antes, y ella se puso a contarme sobre su trabajo en radiología. Sus
pacientes, casi todas enfermas de cáncer de mama, a las que conocía por su
nombre y con quienes tejía una amistad más o menos, acababan por desaparecer un
día, ya no volvían más. Yo le pregunté por qué, y a ella se le quebró la voz al decir
que se morían todas.
Mi madre fue un instante mi heroína aquella mañana de
invierno, creo que entreví cosas de ella que hasta entonces ignoraba, porque
ella, que no se había levantado jamás a llevar a sus hijos al colegio, y ni
siquiera a hacerles el desayuno, ahora era la cuidadora de
señoras a las que quería tanto que lloraba. Y eso a riesgo de su propia salud,
que enseguida se resintió de una bajada de defensas por las radiaciones, con lo
que fue devuelta de inmediato, a su antiguo oficio de enfermera pasante.
Y así pasaron los años y los años. Ella pasó del azul
al blanco, de un ambulatorio a otro, cada vez más cerca de su casa, del título
de enfermería a secas al de A T S, y de
la luz a la oscuridad.
Un día fui a buscarla, casi al final, y la vi salir a
llamar a los pacientes al pasillo. Llamaba con su voz fina y quebradiza y todos
ellos, más viejos que ella, se le agolpaban y amotinaban.
Yo curioseaba divertida desde una esquina, hasta que
un hombre muy mayor se me acercó y me
dijo que la señorita enfermera estaba mayor para llamar, yo le dejé hablar eso
y más, y cuando hubo acabado le dije que la señorita enfermera es mi madre, y
el tipo desgraciado que no es verdad.
Podría escribir una vida. Pero la elipsis de una vida
se concreta en el 30 de marzo de 2018 en que entré por primera vez en el centro
de salud de Barrio del Pilar y me pareció que volvía a entrar a uno de esos
ambulatorios donde trabajó mi madre.
De forma misteriosa ella estaba allí. Los años han
pasado, las enfermeras son nuevas y diferentes, los médicos se han vuelto
médicas y sonríen más, y a los pacientes, que a veces son ciudadanos o discentes, hay que pedirles que callen por la megafonía y anunciarles en un
cartel que la hora de cita es sólo estimada. Ya no podemos llamarlos en la sala
de espera por sus nombres y apellidos, si van al especialista, por protección
de datos.
Todo un mundo nuevo, como el nuevo mundo, y sin
embargo allí estaba presente, la voz frágil de mi madre, su sonrisa, su olor,
el eterno dulzor de la Atención Primaria.