A
José María Cisneros Lausalesa, andaluz de Jaén, caballero andante y amigo siempre. Mi eterno cariño y gratitud.
Digan
lo que digan, los mejores cuentos son
esos que nos han ocurrido en verano, porque el verano es redondo como la
luna y nos mira desde su atalaya de
estrellas rotas, mientras que el resto de las estaciones son cobardes y se esconden todas de la gente detrás de mil y
un disimulos: las Navidades con su espumillón, la primavera con sus Cruces
de Mayo, la Feria de Sevilla o San Isidro labrador, la vuelta al colegio en
otoño, la depresión postparto del invierno…
Hay
un cuento para tu verano, otro cuento para el mío, Islandia y el Trópico se juntan en un hilo de algodón que teje un
pájaro cada noche y todo es igual a todo. De repente se alza el tiempo como un
imán y se reabre ese instante singular en que sobre la mesa de una cocina
extinta alguien come una sandía a chorros, sorbiendo toda el agua roja de la
vida por la boca, las pepitas negras desbocadas en toda dirección, anunciando
que a la abuela le gusta esta fruta por encima de todas las cosas de este
mundo, y del otro. Le tomo la palabra al recuerdo y anudo ese momento que se
queda clavado en el plato recién verde de cáscaras. Ese momento preciso que
cruza el pensamiento ahora, imagen recobrada que se impone como un imán a todo
lo otro y se llama en este caso “abuela”. La abuela entrada en carnes que cruza
la cocina con pasos cansinos, que come una sandía más tarde, la abuela feliz,
rodeada de azulejos cuadrados y blancos, en otro verano singular, que no era
éste, y sin embargo tan parecido a este que este podría ser. Hubo un verano
primordial, uno sólo, de noches sin dormir, de deseos imposibles, de cuentos
imposibles, de árboles circulares del
amor, árboles que se mezclan y se saludan con los plátanos de Chamberí y
Moncloa, muerto el almendro hace tantos meses.
Así,
en verano son también las guerras desde Madrid más infinitas y difíciles de
creer, aunque sólo sean por televisión y sean como si no fueran más que torpes
huríes, desalmadas sirenas, como una pesadilla de García Márquez en la que el
Coronel Buendía nunca jamás volviera de
sus guerras interminables, y sin embargo es en verano cuando más soñamos los
que aún soñamos y los sueños son siempre imposibles y es por eso que perduran y
no fracasan nunca.
Por
eso, porque era verano, aquella mañana José María salió muy temprano después de una noche de insomnio.
Durante la vigilia había ensayado cuantos recuerdos agradables podía concebir de su infancia,
incluidos los cien versos de amor compuestos en la adolescencia y que aún se
sabía de memoria.
Cuando
tanto recuerdo junto no sirvió sino para
acelerarle el corazón y aumentarle el sudor, se colocó en el sofá, junto al
ventilador, más cerca del aparato de lo que sería razonable para no acabar con
un pie rebanado, y de esta forma, en el peligro máximo, se durmió.
Se
despertó soñando que una paloma
volaba sobre su cabeza y eso es lo que ocurrió,
porque al cruzar aquella mañana un paso de cebra en la calle Magallanes una
paloma cayó desplomada del cielo. A él no le alcanzó pero la señora que
caminaba detrás de él se topó con el animalillo
moribundo y emitió un grito ahogado
que hizo volver a todos la cabeza. Pobre, exclamo alguien, que alguien
la mate por favor, sugirió otra voz, pero bueno, digo yo, “¿es que nadie se
preocupa de la buena señora?”
Se
disolvió enseguida el minúsculo tumulto. A fin de cuentas, ¿qué es una paloma?
Nada.
Mientras
se alejaba del pájaro caído pensaba J.
M. en el extraño azar que le había hecho caminar hasta esa calle, a él, que era de paseos
fijos, a horas fijas, con bares fijos
donde tomar un buen desayuno. Lugares de Madrid donde los camareros te conocen por tu nombre
y te sirven eso que tú ibas a pedir sin
que lo hayas pensado aún, bares de barrio
que sólo existen en Madrid.
Pero
ese día, sin planificarlo, se había alejado
de su camino. No era un gran
cambio, sólo un par de calles, pero la ciudad parecía otra, y es que sin quererlo, se dijo, también
se conocía muchas caras de los que iban al trabajo a aquellas horas. Quizá por eso y sólo por eso, y por la ilusión de
pertenecer a un paisaje y a una familia anónima, a un ente que se llama Madrid,
J M. caminaba siempre por las mismas
calles.
Al
doblar una esquina se encontró con un edificio de color gris marengo.
Ah,
no, no, las cosas nunca son como nos gustaría que fueran. Como nuestro
personaje camina por Madrid, a las 10 de
la mañana de un mes de agosto, no lleva
paraguas cerrado y negro como un gentleman haría por la city, no lo
hace.
Pero
de pronto el cielo se cubrió de nubes
negras y el aire se llenó de
tirillas de colores del sur. El viento.
José
maría notó enseguida que aquello era una invasión de arena y se cubrió la cara
por instinto. De repente parecía que todo el mundo hubiese desaparecido de la
calle y él fuese el único habitante conocido en un recóndito Madrid
desconocido.
Cuando
abrió los ojos vio que sin quererlo se había introducido un poco en el portal
del edificio de postguerra que antes miraba. Las puertas eran de bronce y
cristal opaco, así que no veía el interior que se le antojó lleno de luz y
pájaros y luces.
Imaginó
niños que corren con delgadas
rodillas y frescor de la tierra y de los
patios de su tierra.
Entonces,
sólo entonces, José María comprendió por qué no había podido dormir la noche
anterior y por qué aquella paloma había ido a caer a sus pies.
De
pronto contó sin contar los veranos y la vida eterna y larga y sintió como un
fardo el corazón. Pensó que ya hacía muchos veranos que no se asombraba con
nada, veranos que dedicaba a recordar, veranos sin que vivencias más nuevas y menos descoloridas que las
anteriores, desdibujasen los antiguos
recuerdos.
Sin
saber por qué vio pasar un niño pequeño
y sólo por eso se sintió también pequeño y niño. Esa mañana él era todas
las cosas y los niños, adolescentes, jóvenes, adultos que fue. Todo él era él
más y aún era también lo otro, lo que no era él, lo que le rodeaba.
La
luz volvió a la calle y es que la tempestad súbita ya había pasado. Las flores
volvieron a saltar en los balcones y la
tranquilidad se adueñó de las aceras cálidas, pero a José María le había atraído ese portal y no podía
alejarse, como si estuviera esperando algo. En un cartel escrito a mano, pegado
con celofán rojo se leía “ se vende
piso.”
Empujó
la puerta con algo de pavor en los ojos.
Era el cielo encendido de su infancia, era todo el dolor que había podido
acumular en su cuerpo. Esa aguda sensación de estar vivo, esa solución
transparente del tiempo de repente desnudo y que ahora le recorría desde la los
pies a la nuca, sin titubeos. Era él que entraba en un lugar desconocido
atraído por un cartel rojo que pudo ser azul, no importa, o estar lleno de
estrellas.
Y
al fin se dijo, a mí qué demonios me puede importar que aquí se venda un piso
si yo en el mío estoy requetebién y no pienso cambiarme. Al fondo vio un hombre
mayor, la camiseta amarilla, los cabellos ralos y desordenados hundidos sobre
un libro que parecía absorberle completamente. Desde luego no era un conserje
normal. Ni vestía el uniforme de los antiguos, ese gris con media levita y
gruesos botones, ni llevaba los vaqueros azulones de los días de hoy, la
perilla joven y el rosario de colgante o el agujero en la nariz. Nada. Este era
casi un anciano que no parecía enterarse de nada.
Desde
lejos alzó la voz José María la voz , porque era tímido y no se atrevía a
acercarse más. –“Oiga, que si venden un piso y usted me diera razón”-, dijo
aquello como si realmente estuviese interesado en el piso, y al decirlo veía que esas palabras se iban
incorporando en él y se hacían casi verdad.
El
otro alzó los ojos y le echó una mirada azul fulminante: -“Señor mío, ¿dónde dice
que yo tenga que saber algo? Llevo cincuenta años aquí, cincuenta, y de este
edificio no ha entrado ni salido nadie, se lo aseguro, al menos a las horas de
la portería, que yo las cumplo según mi convenio, todas. Yo no sé nada. No sé
siquiera quien ha puesto el cartel,
ahora bien si usted quiere subir y preguntar puerta a puerta. A ver si le
abren, porque a mí no. Y me consta que vive gente. La basura la sacan, el
sueldo me lo pagan. La peña es que está muy mal ¿sabe?”- y volvió a su lectura.
O
sea , que nadie baja, que nadie sube, que nadie se mueve, pero la basura sí que
la sacan y el sueldo lo dan, ¿ pues quien son estos vecinos tan raros?
Un
misterio.
Y
entonces es cuando J. M., al cruzar con un paso lento por delate del portero
aguzó la vista por ver qué leía el hombre de la cabeza cobriza, y vio que sus
pupilas negras se deslizaban con avaricia a lo largo de un libro en blanco.
Después se tocó por si se había muerto y entonces le despertó el dolor, un
dolor cierto en el pie enrojecido de sangre rojísima.