sábado, 28 de febrero de 2015

EL PISO




A José María Cisneros Lausalesa, andaluz de Jaén, caballero andante y amigo siempre. Mi eterno cariño y gratitud. 


Digan lo que digan, los mejores  cuentos son esos que nos han ocurrido en verano, porque el verano es redondo como la luna  y nos mira desde su atalaya de estrellas rotas, mientras que el resto de las estaciones son cobardes y  se esconden todas de la gente detrás de mil y un disimulos: las Navidades con su espumillón, la primavera con sus  Cruces de Mayo, la Feria de Sevilla o San Isidro labrador, la vuelta al colegio en otoño, la depresión postparto del invierno…

Hay un cuento para tu verano, otro cuento para el mío, Islandia y el Trópico  se juntan en un hilo de algodón que teje un pájaro cada noche y todo es igual a todo. De repente se alza el tiempo como un imán y se reabre ese instante singular en que sobre la mesa de una cocina extinta alguien come una sandía a chorros, sorbiendo toda el agua roja de la vida por la boca, las pepitas negras desbocadas en toda dirección, anunciando que a la abuela le gusta esta fruta por encima de todas las cosas de este mundo, y del otro. Le tomo la palabra al recuerdo y anudo ese momento que se queda clavado en el plato recién verde de cáscaras. Ese momento preciso que cruza el pensamiento ahora, imagen recobrada que se impone como un imán a todo lo otro y se llama en este caso “abuela”. La abuela entrada en carnes que cruza la cocina con pasos cansinos, que come una sandía más tarde, la abuela feliz, rodeada de azulejos cuadrados y blancos, en otro verano singular, que no era éste, y sin embargo tan parecido a este que este podría ser. Hubo un verano primordial, uno sólo, de noches sin dormir, de deseos imposibles, de cuentos imposibles, de  árboles circulares del amor, árboles que se mezclan y se saludan con los plátanos de Chamberí y Moncloa, muerto el almendro hace tantos meses.

Así, en verano son también las guerras desde Madrid más infinitas y difíciles de creer, aunque sólo sean por televisión y sean como si no fueran más que torpes huríes, desalmadas sirenas, como una pesadilla de García Márquez en la que el Coronel Buendía  nunca jamás volviera de sus guerras interminables, y sin embargo es en verano cuando más soñamos los que aún soñamos y los sueños son siempre imposibles y es por eso que perduran y no fracasan nunca.

Por eso, porque era verano, aquella mañana José María  salió muy temprano después de una noche de insomnio. Durante la vigilia había ensayado  cuantos recuerdos  agradables podía concebir de su infancia, incluidos los cien versos de amor compuestos en la adolescencia y que aún se sabía de memoria.

Cuando tanto recuerdo junto no sirvió  sino para acelerarle el corazón y aumentarle el sudor, se colocó en el sofá, junto al ventilador, más cerca del aparato de lo que sería razonable para no acabar con un pie rebanado, y de esta forma, en el  peligro máximo, se durmió.

Se despertó soñando  que una paloma volaba  sobre su cabeza y eso es lo que ocurrió, porque al cruzar aquella mañana un paso de cebra en la calle Magallanes una paloma cayó desplomada del cielo. A él no le alcanzó pero la señora que caminaba detrás de él se topó con el animalillo  moribundo y emitió un grito ahogado  que hizo volver a todos la cabeza. Pobre, exclamo alguien, que alguien la mate por favor, sugirió otra voz, pero bueno, digo yo, “¿es que nadie se preocupa de la buena señora?”

Se disolvió enseguida el minúsculo tumulto. A fin de cuentas, ¿qué es una paloma? Nada.

Mientras se alejaba  del pájaro caído pensaba J. M. en el extraño azar que le había hecho caminar  hasta esa calle, a él, que era de paseos fijos, a horas fijas, con bares fijos  donde tomar un buen desayuno. Lugares de Madrid  donde los camareros te conocen por tu nombre y te sirven eso que tú ibas a pedir  sin que lo hayas pensado aún, bares de barrio  que sólo existen en  Madrid.

Pero ese día, sin planificarlo, se había alejado  de su camino.  No era un gran cambio, sólo un par de calles, pero la ciudad parecía  otra, y es que sin quererlo, se dijo, también se conocía muchas caras de los que iban al trabajo a aquellas horas. Quizá  por eso y sólo por eso, y por la ilusión de pertenecer a un paisaje y a una familia anónima, a un ente que se llama Madrid, J M. caminaba siempre  por las mismas calles.

Al doblar una esquina se encontró con un edificio de color gris marengo.         

Ah, no, no, las cosas nunca son como nos gustaría que fueran. Como nuestro personaje  camina por Madrid, a las 10 de la mañana de un mes de agosto, no lleva  paraguas cerrado y negro como un gentleman haría por la city, no lo hace.

Pero de pronto el cielo se cubrió de nubes  negras y el  aire se llenó de tirillas de colores del sur. El viento.

José maría notó enseguida que aquello era una invasión de arena y se cubrió la cara por instinto. De repente parecía que todo el mundo hubiese desaparecido de la calle y él fuese el único habitante conocido en un recóndito Madrid desconocido.

Cuando abrió los ojos vio que sin quererlo se había introducido un poco en el portal del edificio de postguerra que antes miraba. Las puertas eran de bronce y cristal opaco, así que  no veía  el interior que se le antojó lleno de luz y pájaros y luces.

Imaginó niños que corren  con delgadas rodillas  y frescor de la tierra y de los patios de su tierra.

Entonces, sólo entonces, José María comprendió por qué no había podido dormir la noche anterior y por qué aquella paloma había ido a caer a sus pies.

De pronto contó sin contar los veranos y la vida eterna y larga y sintió como un fardo el corazón. Pensó que ya hacía muchos veranos que no se asombraba con nada, veranos que dedicaba a recordar, veranos sin que vivencias  más nuevas y menos descoloridas que las anteriores,  desdibujasen los antiguos recuerdos.

Sin saber por qué vio pasar un niño pequeño  y sólo por eso se sintió también pequeño y niño. Esa mañana él era todas las cosas y los niños, adolescentes, jóvenes, adultos que fue. Todo él era él más y aún era también lo otro, lo que no era él, lo que le rodeaba.

La luz volvió a la calle y es que la tempestad súbita ya había pasado. Las flores volvieron a saltar en  los balcones y la tranquilidad se adueñó de las aceras cálidas, pero a José María  le había atraído ese portal y no podía alejarse, como si estuviera esperando algo. En un cartel escrito a mano, pegado con celofán rojo se leía “ se  vende piso.”     

Empujó la puerta  con algo de pavor en los ojos. Era el cielo encendido de su infancia, era todo el dolor que había podido acumular en su cuerpo. Esa aguda sensación de estar vivo, esa solución transparente del tiempo de repente desnudo y que ahora le recorría desde la los pies a la nuca, sin titubeos. Era él que entraba en un lugar desconocido atraído por un cartel rojo que pudo ser azul, no importa, o estar lleno de estrellas.

Y al fin se dijo, a mí qué demonios me puede importar que aquí se venda un piso si yo en el mío estoy requetebién y no pienso cambiarme. Al fondo vio un hombre mayor, la camiseta amarilla, los cabellos ralos y desordenados hundidos sobre un libro que parecía absorberle completamente. Desde luego no era un conserje normal. Ni vestía el uniforme de los antiguos, ese gris con media levita y gruesos botones, ni llevaba los vaqueros azulones de los días de hoy, la perilla joven y el rosario de colgante o el agujero en la nariz. Nada. Este era casi un anciano que no parecía enterarse de nada.

Desde lejos alzó la voz José María la voz , porque era tímido y no se atrevía a acercarse más. –“Oiga, que si venden un piso y usted me diera razón”-, dijo aquello como si realmente estuviese interesado en el piso, y  al decirlo veía que esas palabras se iban incorporando en él y se hacían casi verdad.

El otro alzó los ojos y le echó una mirada azul fulminante: -“Señor mío, ¿dónde dice que yo tenga que saber algo? Llevo cincuenta años aquí, cincuenta, y de este edificio no ha entrado ni salido nadie, se lo aseguro, al menos a las horas de la portería, que yo las cumplo según mi convenio, todas. Yo no sé nada. No sé siquiera  quien ha puesto el cartel, ahora bien si usted quiere subir y preguntar puerta a puerta. A ver si le abren, porque a mí no. Y me consta que vive gente. La basura la sacan, el sueldo me lo pagan. La peña es que está muy mal ¿sabe?”- y volvió a su lectura.

O sea , que nadie baja, que nadie sube, que nadie se mueve, pero la basura sí que la sacan y el sueldo lo dan, ¿ pues quien son estos vecinos tan raros?

Un misterio.

Y entonces es cuando J. M., al cruzar con un paso lento por delate del portero aguzó la vista por ver qué leía el hombre de la cabeza cobriza, y vio que sus pupilas negras se deslizaban con avaricia a lo largo de un libro en blanco. Después se tocó por si se había muerto y entonces le despertó el dolor, un dolor cierto en el pie enrojecido de sangre rojísima.


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