¿Cómo seducir? Esta es la cuestión. Seducir para llevar,
convencer, arrastrar, vencer o quedarse.
La seducción conlleva una connotación sexual, o no, pero
siempre diremos que nos sedujeron si al final del recuento de una historia
estamos convencidos de haber sido la parte pasiva de una aventura donde la otra
parte nos mostró una versión incompleta o engañosa de las cosas.
Diremos que nos sedujeron, a veces para disculparnos por lo
hecho con una venda en los ojos que no entendemos siquiera como nos pusieron, y
no nos faltará razón. La seducción siempre tiene una parte de engaño,
ocultación, disfraz y juego; a veces la seducción es suave y nos lleva a la
luna, pero otras, lo sabemos, es la antesala del infierno, si de pronto nos
despertamos con un desconocido al lado.
Por eso la seducción es sólo la parte inicial de una
relación, y todos queremos salir guapos en la primera cita, es legítimo. Lo que
diferencia a una relación que pueda superar
la fase de la seducción se limita a la cantidad de engaño puesto en
juego. Si lo que buscamos es una relación muy breve, la cantidad de engaño que
se admite es muy alta, si pretendemos quedarnos, la cantidad de ocultación
tiene que ser muy baja.
Una relación de una noche no exige ninguna versión realista
del otro, ni siquiera exige una versión, todo lo contrario, aquí es beneficioso
el engaño de la oscuridad, las luces, la droga o el alcohol, y al amparo de
todos los artificios saber que elegimos la versión de las cosas que nos
convenga en ese momento, ya que no permanecerá al día siguiente y no deberá ser
contrastada a la luz del día.
Pero el que desea seducir para quedarse no puede engañar
tanto, al menos no tanto que la seducción inicial pueda acabar con la conquista
al día siguiente.
En la conquista siempre existe una connotación de lucha a
campo abierto. Uno lucha para obtener un bien preciado; conquistador y conquistable
lo saben. En la conquista es necesario vencer una serie de obstáculos, los
materiales, como el tiempo y la distancia, y esos otros obstáculos invisibles
que nos separan a los unos de los otros; hay que cruzar la frontera, derribar
los muros, acceder a la intimidad de la otra persona y hacerlo esta vez a cielo
abierto, de día, poniendo en juego nuestras armas, las que están a la vista y
las ocultas, que antes o después, deberemos mostrar, en la fe de que la
conquista merece la pena, aun cuando en la lucha por conquistar no sepamos del todo
qué se oculta tras el baluarte.
Y una vez hecha la conquista, la conquista mutua que al fin
toda relación es: la amorosa o la amistosa, que tanto se le parece, y establecido
un vínculo estable de intimidad, llega la fase de conservar.
A veces se da la conquista fugaz. Porque existen personas
seductoras, las que ni siquiera se nos mostraron, y existen personas que habiéndonos
conquistado, pasarán después de largo: era sólo el desafío de la conquista lo
que les hacía vivir. Son personas enamoradas de su reflejo en los otros,
necesitadas de tantas conquistas que emprenderán enseguida la siguiente
aventura, condenadas a nunca tener suficientes reflejos positivos de los otros
y destinadas por eso al eterno vacío.
Sólo el que es enamorable, el que da un paso fuera de sí
mismo hacia el otro busca conservar, y a
este grupo pertenecemos casi todos.
Es entonces cuando comienza la verdadera tarea. Seducidos y
conquistados sí, ¿pero hasta cuándo?
El amor, por su propia esencia quiere ser eterno, y nosotros
que queremos que lo sea. Y el amor es eterno porque una vez iniciado en
nosotros permanecerá eterno en nuestra memoria; otra cosa diferente es que una
relación basada en el amor, pueda serlo.
Conservar ya no es conquistar, no es luchar ni demostrar
nada, conservar implica la voluntad de dos personas, este es el primer
principio: ninguna relación se puede preservar sin la voluntad de las dos
personas.
Una sola persona no puede llevar adelante una relación entre
dos. Es un principio que por elemental deberían enseñarnos en el colegio, en la
clase de educación sentimental, esa que no existe y que es tan necesaria para
la vida. Intentar asumir una relación de dos personas una sola de ellas es el
camino más seguro hacia la frustración y la ansiedad, porque todo escapa a
nuestro control, hagamos lo que hagamos.
El segundo principio de la conservación es la aceptación del
otro tal y como es, sin intentar cambiarlo ni acomodarlo a nuestras
necesidades. Las personas no están en el mundo para satisfacernos, lo están
para acompañarnos y enseñarnos, y lo están siempre, incluso si no lo deseamos,
porque no estamos separados, sino relacionados los unos con los otros.
Conservar implica por lo tanto admitir, y admitir siempre
supone tolerancia por esos aspectos del otro, esas diferencias que no siempre
entendemos. Este segundo principio también rige para los dos miembros de una
pareja. Si uno de los dos no lo cumple no se conservará la pareja, o lo hará a
costa del sufrimiento y el equilibrio del que ama y por lo tanto, admite.
Quien mira despacio a otra persona casi siempre podrá
encontrar aspectos que aprender, atributos que admirar. Casi cualquiera, hasta
el más humilde, tiene, si sabemos escuchar, algo nuevo y sorprendente que
enseñarnos cada día.
Esto es el amor: pura perseverancia en el amor, escucha
atenta y observación pura, no exige acción porque no es seducción ni conquista,
sino reflexión.
Dije antes que casi todos nosotros somos enamorables, ¿de
verdad lo somos?
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