“Se ignora que el valor es virtud de los inermes, de los
pacíficos-nunca de los matones-, y que a última hora las guerras las ganan
siempre los hombres de paz, nunca los jaleadores de la guerra. Sólo es valiente
el que puede permitirse el lujo de la animalidad que se llama amor al prójimo,
y es lo específicamente humano”. A. Machado
MATAR
Todas las heridas son la misma herida. Si tú lloras,
lloraré, si eres feliz me alegraré, porque siento todo lo que te pasa. No me des las gracias. Mi cerebro nuevo, desde
el que te escribo, desde el que me lees,
no permite desconocernos. Si te mueres me
moriré un poco, porque te llevo dentro, si no tienes qué comer, tu hambre será mi
hambre. Conocer las innumerables desgracias de esta vida no nos permitirá
evitarlas, pero nada podrá separarnos, porque
nos pensamos.
Hemos sobrevivido a través de los tiempos, errantes por el
mundo, tú y yo, a lo largo de esas largas caminatas por la sabana y el desierto. Cruzando montañas y mares, a paso lento pero
firme, con nuestras largas piernas, siempre juntos, contra toda desgracia, hemos llegado más lejos que todos los animales
juntos, tú y yo, que por separado no habríamos sobrevivido a una sola noche.
Pero a veces tengo miedo, siento el horror de la muerte, la
soledad, y el vacío de este mundo donde también tú existes, y confundo mi
pánico contigo. Ya no te siento dentro
de mí, sino fuera. Y esa amenaza incierta de lo desconocido, ése vértigo, no
cesa hasta que le pongo un nombre a mi miedo, un nombre que ahora es tu nombre.
Mi cerebro viejo, el de los reptiles, no te reconoce, nunca
lo ha hecho, él no habla, ni sabe ni imagina que tú y yo somos parecidos, que
sentimos y pensamos casi igual, que
somos genéticamente hermanos , hermanos.
Mi cerebro viejo sólo sabe de instintos
y necesita un culpable para mi muerte
cierta, para mi desgracia, para mi incierta vida.
Tengo que explicar mi odio hacia tí, y como soy un ser
humano, utilizo mi cerebro nuevo con el
que te conocía antes, y él me da la clave para destruirte. Tú ya no eres yo, ya
no camino a tu lado, he olvidado nuestro origen y te quiero matar, porque como
el ruiseñor me amenazas con tu existencia, y me obligas a ello.
Pero son
justificaciones. Yo sé que disfruto matándote, porque sé muy bien que no tengo
el valor suficiente para vivir, necesito que tú mueras.
Te mato y lo hago en el nombre del bien. Quizá fue terrible,
una atrocidad, digo a solas, y a veces ante multitudes, pero era necesario, el enemigo dañino, ese, no
era de los míos, de los nuestros, él nos estaba aniquilado.
Había decidido no hablar de la actualidad en este blog, pará
qué, si la barbarie de este mundo es siempre la misma, pero tantas y tantas
víctimas de los últimos tiempos no me dejan callar. Toda herida es la misma
herida. Mi herida. Descansen en paz las víctimas de Noruega y de tantos otros
lugares de este bárbaro mundo.