miércoles, 2 de septiembre de 2015
No eres tú la dueña de tu nombre
Que me perdonan los poetas que lo son de verdad. Yo con el siguiente poema me he hecho un lío enorme.
Quería escribir, resumir, y sólo se puede resumir, a mi parecer, con una poesía. Quería explicar este clamor sordo, este dolor fijo que siento cuando pienso en la terrible condición que soportan tantos y tantos millones de mujeres a día de hoy.
Pero resulta que yo misma soy una mujer, demasiado ocupada, por ser mujer precisamente, y por ocupar un lugar algo desfavorecido a la hora de tener tiempo para mi misma, y por eso, en lugar de explicar este sentimiento en unas decenas, centenares de páginas, me decidí a explicarlo en tan sólo un poema.
Me dije: vamos a explicar qué es esto de ser mujer, existir como mujer, figurar en la creación como mujer. Aclaremos lo que somos, porque somos maravillosas y el fundamento de la vida, por eso nos temen, por eso nos aniquilan, nos desprecian, nos humillan y nos hieren. Sobre todas las cosas es el temor a la mujer, a su poder creador.
La idea estaba, pero el poema surgió por casualidad, pura vida. Un amigo que me escribía un wasap mientras yo intentaba hacer diez cosas a la vez; y siguió por casualidad, pura alegría, otro amigo, Tony García, que me dio un libro de Zimbardo, ante la pura evidencia de que yo desconocía la psicología del mal y sus fundamentos, maravillosamente explicados en ese libro: "El Efecto Lucifer". Más confirmación de lo mismo en este libro. La mujer como pagana de todo o casi todo, la mujer maltratada más allá.
Ayer terminé el libro que me pasó Tony, hoy terminé este poema, que como no se entiende, me he visto en la obligación de explicar aquí.
No eres tú la dueña de tu nombre, son otros, que te llaman, desde tiempos fugaces,
y te llaman, fugaces, como árboles dormidos, y como chopos se rinden al paso de tu río.
No eres tú la dueña de tu alma
es la tierra que hieres con tus pasos pequeños
y esta tierra terrible no te ve ni te alcanza,
en este mundo bárbaro de molicie y barbarie, cuando el mundo tirita y mueren
los poetas.
No eres tú la dueña de tus días,
es la noche que tiembla cuando tu la abandonas.
No eres tú la dueña de la vida, de tu vida
pero respira la vida en ti
todas las primaveras.
martes, 4 de agosto de 2015
AMOR
Para M.
Para los que creemos en la magia de la vida, la magia del amor resume todas las cosas. Fuera de ese círculo mágico transcurren los días para los otros, que se debaten entre fuerzas ininteligibles y escaramuzas contra ellos mismos a las que se entregan en cuerpo y alma, a la persecución del desconocido Dorado.
Pero existe otra vida, y ésta vida transcurre líquida y entre cuatro paredes, en la más plena soledad de los cuerpos, allá donde los recuerdos de ayer y las vivencias de hoy nos invitan a vivir más y mejor, o se transforma en algo sólido, y se hace entonces poesía en esos libros que nos enseñan a sobrevivir a la vida.
Esto es el misterio y la impostura de la libertad.
Te prometí a ti, amiga mía, escribir algo sobre el amor, sólo porque a esas lágrimas tuyas, provocadas por el amor, les dieses un sentido.
Pero escribir sobre el amor es un caramelo ácido. Llevo meses y meses pensando en este tema y nada me sale. Hasta la fecha sólo comprendí que el amor orillea todos los continentes.
Hasta que ayer, por el azar y obra y gracia de unos ojos que ya no me miran, cayeron en mis manos sus viejas cartas.
El escribió una vez .. “aunque nunca te vuelva a ver, saber que existes, es para mí suficiente..”
Entonces, releyendo ya al amparo de los años pasados esas cartas perdidas, comprendí qué es el amor, milagro que a voces que se esconde en las canciones.
El amor es suficiente en sí mismo, la espuma de los días, más allá de los días, lo que no cesa nunca, ni para ni se encoje, lo que nunca pregunta ni calcula ni miente, lo que no puede esconderse de ninguna manera. Es el amor eterno, a pesar de nosotros.
Así que no llores y goza de tu gracia, de la lluvia naranja de tus días de lágrimas, porque esa lluvia de ahora es el rebelde mordisco que le das a la muerte, aunque nunca volvieras a ver en esta vida a ese que ahora amas, si en el último día te entregas como yo, vestida con sus besos.
jueves, 18 de junio de 2015
PERFUME DE MUJER
Venecia a finales
de junio de 2005
Descorro los
visillos con la cánula rígida con la que se descorren los visillos metalizados
de
los hoteles y crepita toda la lluvia
del mundo sobre el canal del Canarregio.
Se asoman al
canal las dos ventanas de la
habitación de dos pisos donde nos alojamos las dos niñas y
yo, en este
convento reconvertido en hotel de cuatro estrellas: Residencia Canarregio.
Ellas duermen
en el primer piso, como angelitos, inmunes a cualquier zozobra y sólo pendientes
de las mareas, la preocupación infantil de volver mañana a la Plaza de San
Marcos de día y con sol para comprobar
in situ si es cierto que el nivel del agua descendió y ya la plaza no se
inunda por sus rincones más hondos, como les dije.
Así son los
niños, poner el dedo en la llaga, meter la mano, tocar siempre.
No sé si para
mirar fuera de la habitación me estoy apoyando sobre un poyete que fue
antes apoyo de otros muertos como tú,
muertos más antiguos, de años y años, siglos y
siglos de ventana.
O no. Aquí no durmió nadie antes, ni otra tormenta
antigua tranquilizó el ánimo exaltado de persona alguna. Aquí no vivieron monjes, ni monjas. No los hubo jamás y es
cosa de la publicidad del hotel, el pequeño morbo, o el grande, o más bien, a
quién le importa.
Todo el mundo
va a su vida pendiente de sus cosas y no de las ajenas a no ser que la persona
que pasó sea un personaje, y todos, o al menos algunos, piensen que lo conocen,
en cuyo caso es diferente. A mí sí me
importa, quien dormiría en esa cama donde me dispongo a dormir esta noche, si
es que tú me dejas dormir.
Quizá si yo
fuera un personaje, entonces alguien pensara en colocar una placa para
conmemorar mi paso por este lugar, como otras placas quedaron por toda Italia.
Sería bello, pero sería inútil, e igualmente mis hijos preferirían que me
comprase una olla rápida como la de su tía Elena para hacerles helado y arroz
con leche.
Resulta que
este convento fue transformado en hotel en 1998, un año ya lejano, un año en
que por aquí tuvieron que trajinar
personas jóvenes y vivas, obreros y capataces que comerían a mediodía en esa
Trattoria de la esquina “Los cuarenta ladrones”, chipirones deliciosos como los
hacen, por cierto. Y ese mismo año, y de incógnito, cayeron entre los escombros del convento los últimos vestigios de las personas que
antes habitaron entre estas paredes.
Por eso, y
sólo porque sus pobres, pobres fantasmas,
asustados por el olvido y el barullo que se organizó ese año, hoy podrían andar
despiertos y campantes por aquí mismo, desesperados por la tormenta que los ha
despertado de nuevo, me he levantado de la cama para que tú no te asustes
cuando comprendas que eres un fantasma
más, porque te he visto al fondo de la habitación, junto al baño, delante del
espejo, intentando decirme algo desde la lejanía, pero ¿sabes?, no es fácil
hablar con los muertos, menos aún cuando tu alma se confunde con el viento esta
noche, las goterones de lluvia que azotan el cristal y corren por el canalón,
los otros muertos, los recuerdos de otro viaje que hicimos juntas a Italia hace
nueve años, las barcazas que se mecen como una cuna en el canal, mi cuna quizá,
el cielo que se incendia a lo lejos.
Te he dejado
sola al fondo de la habitación y sé que vas a estar ahí después, cuando yo
vuelva de mi viaje hasta la ventana que es algo más que un viaje hasta la ventana
porque
es un viaje hacia ti.
Desde aquí
puedo percibir tu boca exactamente y la expresión de tus ojos, y no sé de dónde
has sacado ese camisón largo que llevas puesto esta noche, si ya lo llevabas puesto en la Plaza de San
Marcos, esta tarde, cuando la orquestina
entonó el tango que baila Al Pacino en
“Esencia de Mujer”, y tú te apareciste entre la gente, con tus ganas de
baile y tu nostalgia de ser amada, más allá de la muerte, esa nostalgia eterna.
Tu intentando volver a vivir, tu viviéndote en ese momento, sin que nadie te percibiera,
sólo yo, que notaba tu olor, tu perfume de mujer, tu aliento.
Y mientras
llueve, de espaldas a ti, voy contando los segundos que pasan. Intento medir el
tiempo que aún tendré que vivir sin ti, haciendo el cálculo mental de cuánto
duran ahora los segundos y de si ese tiempo es más largo o más corto de lo que
era antes. Sé que tú sabes exactamente cuánto me queda, y entonces miro al futuro que es una hoja en
blanco, ahora sí lo es, esta hoja en blanco que estoy llenando para ti.
Pasa el futuro
por mis ojos y no hay nada escrito. Antes el futuro no estaba vacío, porque tú
siempre estabas en él, el pasado y el futuro confundidos en una sola palabra y
siempre esa palabra a fuego escrita en mi hoja de ruta, en ese viaje incesante
hacia la nada: nostalgia.
Llevas ese camisón largo, azul, de manga corta. El
mismo que hace nueve años paseaste por el Vaticano por el único motivo de no
ser capaz de deshacer tu equipaje en cinco minutos. “Queda santificado el
camisón”, dije yo. Tuviste suerte. Hoy en día para pasar a San Pedro tienes que
pasar un detector de metales.
Sin duda tu
abultado bolso hubiese llamado la atención. Siempre desordenada y desastrada.
Por suerte no debiste dar explicaciones sobre el camisón y el cepillo
de dientes, porque hace nueve años no había registro, era un mundo diferente,
una Roma distinta a la que tú
conociste.
Desde esta
ventana te miro, y cómo lo hago si te doy la espalda, lo ignoro. Se hace tarde
y debo volver a la cama. “Morir, dormir, tal vez soñar”, dijo el tío Pepe en la cocina, el día de tu
entierro, citando a Shakespeare, sin saber, no podía saber, que naciste un 23
de abril.
Apago la luz y
me doy la vuelta. Tú sigues allí, al fondo, ahora muda. Te digo, me digo: “he
llegado a mi límite, tiro la toalla, necesito descansar mamá y ya hice lo que
pude, no te voy a resucitar, estoy agotada”.
Entonces me
despiertas a todas las horas justas, son las dos de la mañana y los números
figuran en el piloto rojo del televisor, son las tres justas, son las cuatro,
“vale mamá, las ánimas siempre le despiertan a uno, aunque no ponga el reloj”,
tú lo decías y yo lo probé muchas veces.
Te siento
enfadada, pero no hacía falta que me demostrases tu ira en la tormenta, hoy de
nuevo. Puedo entenderte, aunque sea
difícil hablar contigo desde donde estás. Me desdigo de lo dicho. Retomo
la batalla, ¿de acuerdo?, pero déjame dormir que estoy muy, muy cansada esta
noche y tengo dentro de mi cabeza ese tango ”Por una cabeza”, ese inexplicable
tango que hasta hoy, nunca me había dicho nada.
miércoles, 10 de junio de 2015
ROSA
Era delicioso el limbo ese de cuando no existía limbo y ella
aún estaba aquí, con nosotros, cuando iba hasta la cocina, cogía un macarrón y zas, lo estampaba contra la pared
y una multitud de gotitas saltaban hasta
el suelo. Luego se estiraba el delantal con las manos amoratadas, sacaba el
pintalabios, escribía cualquier cochinada torpe c-u-l-o en el lavadero, para el
señorito, que era un niño y le daba pellizcos, y luego se iba a comprar el pan.
La señora trajinaba
por la casa y la llamaba a todas horas, un vengo señora, lento.
Eran días de palomitas y rosas aquellos, días de feria y
luna y verano en Madrid.
Manuel la llevaba todas las tardes cuando las ferias del
barrio, cuando el chotis de la Paloma, y
la subía al carrusel, blanquísima, como una novia. Rosa, Rosa, él le
decía bajito, respirando fuerte, y ella
se reía, se reía, mientras pasaban sus tacones
a dos palmos de la cara de él, las faldas y las piernas al viento.
Tenía un morrito lindo la Rosa, tenía unos pechos de esos en
que no puedes dejar de pensar, hermano. Ella giraba y giraba, la falda levantada, como una niña, sentada a
lo amazona, como a él le gustaba y le había enseñado, con ese gesto en los
labios lindos, vuela, vuela, sobre el caballito de cartón piedra. Manuel sorbía
el último trago de limonada justo cuando acababa el viaje. Cara de decepción en
la Rosa. ¿ Y más? No, ya es tarde.
Ahora a casa. Iban a casa de él, a la pensión de él. Ella se metía en la cama y
él se volvía a marchar, y allí se
quedaba ella, escuchando los murmullos de la noche, deseando que fuera Navidad y el tío Roque la llevase con él al
pueblo, deseando que volviese Manuel. No podía dejar de escuchar cada uno de
los rumores de la escalera. Pensaba en ese año lejano en que nevó en el pueblo
y no pudieron ir al colegio ninguno de los niños. Entonces Manuel era un joven alto y espigado que la miraba
desde la esquina. Ahora era gordo, fumaba puros, olía mal y era su único amigo.
Se preguntó por qué era su único amigo, por qué el resto de
las personas no le hablaban en un lenguaje comprensible, por qué la señora le
gritaba todo el día, sin que ella fuese capaz de descifrar más que sus zapatos
y el pelo, ¿ es usted?
Da otra vuelta en la cama. Madrid es tan caluroso en verano.
Madrid es, se queda con esta palabra es, es ,es .
No sabe cuando llegó Manuel y se puso a dormir a su lado.
Mañana domingo, si eres buena y comes bien, te llevo al Retiro, repitió
Re-ti-ro.
Rosa es feliz. La almohada es mullida, la sábana suave y
Manuel está ahí , a un metro de distancia, con su respiración fuerte que la tranquiliza. Entonces pregunta ¿Mamá? No, mamá
no, Manuel. Dios del cielo, tenía esos pechos y yo allí con ella sin hacer nada
de nada, nada, si al menos ella hubiese entendido que la quería.
Es posible, es posible. Hay un ángel para los niños y otro para los inocentes. Era tan hermosa.
El lunes siguiente la señora le pegó un grito mientras
tendía la ropa. Se había hecho un lío entre un pantalón y una falda y los dos
colgaban de la misma pinza. Cayó por el balcón hacia delante sin decir palabra.
Mientras llegaba al fondo del patio giró en el carrusel mil
veces, feliz, feliz, y luego otras mil noches durmió en el limbo.
martes, 2 de junio de 2015
MATAR AL POETA
Hay que matar al poeta que acecha
Y te mata
con sus pistolas de futuro,
y te mata
con tus sueños rotos
y en sus palabras te
mata.
Hay que acallar al poeta,
romper sus lápices mágicos
y sus pinceles
que borran
la tristeza del mundo.
Hay que matar al estéril poeta
para que el mundo quede
como estaba.
¿Tu sabes quién es ese poeta?
¿tú lo conoces?
Yo sé que va contigo como una paloma
Yo sé que acaricia tu cara con dedos vagabundos
Cuando caminas por las calles
Y sopla el viento
en las mañanas de tu vida,
y más allá de tu vida
cuando caminas con tus pies de hierba
Cuando piensas
en él
como el niño que eres
y has sido
yo sé que te habla
cuando suenan las campanas
y tú escuchas
y él te habla
en las horas que dan
los relojes de tu casa
En la sombra está él,
En la luz está él
En la duda
Está él
Porque tú
eres él.
martes, 26 de mayo de 2015
ACOSO ESCOLAR
Cuando hablamos de ACOSO ESCOLAR hay que hablar claro. No
valen esas excusas de que los menores son inocentes. A veces los menores,
adolescentes en conflicto o no, son crueles psicópatas que no tienen el menor
problema en torturar a sus compañeros o compañeras más débiles o simplemente
más sensibles, o más inteligentes o más guapos que ellos mismos.
Tomarse el acoso escolar a broma es aun más peligroso en los
jóvenes que en las mujeres, porque la alta impulsividad del adolescente víctima
le hace mucho más vulnerable a tomar determinaciones sin vuelta atrás. Para un joven es un tema principal el
sentirse admitido en el grupo, el acoso lo sitúa fuera, y esto es el mal mayor.
Es indignante que en pleno siglo XXI y con lo que sabemos de
psicología evolutiva, clínica y social, nadie se tome en serio la labor
educativa y preventiva que estamos en disposición de ofrecer los psicólogos
para estos casos.
El que todos y cada uno de los colegios no cuenten con un
psicólogo de plantilla que pueda educar y vigilar este tipo de conductas, para
que no ocurran, es una forma más de explicar la ignorancia y la
irresponsabilidad de los que gobiernan y deciden a qué se destinan los recursos
que los ciudadanos proveemos, pues al fin, se trata de nuestros dineros y
preferiríamos destinarlos más a lo imprescindible que a lo superfluo de
asesores, directores generales y coches oficiales.
viernes, 8 de mayo de 2015
Berlín 2015
Las ciudades nos miran con algún tipo de ojos. O son las
esquinas de sus calles que nos recorren. En este caso Berlín tiene una mirada
rosa que es mezcla del horror oscuro de los muertos, con los palacios y los
cuadros en honor al Káiser, (emperador), de finales del XIX, que algo anuncian.
Hay un museo con ciento cincuenta obras de Picasso frente al
palacio de la princesa Sophie Charlotte que lo cuentan todo, del siglo XX y de
Picasso.
El hombre Pablo recién llegado a París y la Historia posterior con su absurdo
transcurrir, del azul al negro, el
rostro bifronte del hombre y el genio, mientras en el aire rosa de Berlín
reposan las almas.
Nefertiti y su marido
Akenaton nos miran con su ojo único y su
cuello tan humano que se podría palpar la nuca. Ella es una diosa hecha carne, pero
el primer único Dios de la Historia es él, enredados ambos con los primeros retratos de mujer de Picasso, que son autorretratos.
Todos queremos ser dioses en Berlín. Pero el amor que nos
hace como dioses se ha quedado desgastado
y cúbico, desterrado de los candados
grabados y ocultos en un puentecillo
lejano que no sale en los mapas, junto a un lago donde juegan los cisnes, y
volvemos la cabeza.
Ningún candado de Berlín lleva nuestro nombre de dos dimensiones,
ninguna figura de arena es la nuestra si asistimos al espanto del fuego.
He soñado con sangre roja en Berlín, con los toros
ensangrentados a espada de Picasso, que son negros y que no vería hasta días después,
y he evitado cuidadosamente los memoriales excesivos, espectáculos de largas filas.
No merece la pena
explicar algunas cosas, si hay que explicarlas.
domingo, 19 de abril de 2015
miércoles, 8 de abril de 2015
viernes, 20 de marzo de 2015
ECLIPSE DE SOL
A Blanqui
Hoy hay eclipse de
sol, dicen los que saben, sin conocer tus ojos,
sin conocer tu frente, sin sentir ni mirar tu paso por la tierra.
El cielo ha oscurecido,
sin saber lo anuncian, sabios ignorantes que no saben de eclipses cuando cierras los ojos, y el
mundo se
estremece como un charco encogido.
Hay eclipse de sol gritan los anuncios, pero todas las noches, sin tregua y sin anuncio, en este tiempo absurdo
de barbarie y de luna, luce el sol de noche por tu pelo de niña.
Eclipsa el sol si vienes, y si extiendes la mano y agitas
con tus dedos el aire que te toca, la
luz que ya no es luz, se eclipsa con tu
alma.
Hoy eclipse de sol, pero todos los días hay eclipses de luna
cuando tú te adormeces y tus ojos se cierran,
y sumerges tus sueños en un baño de flores, y tus manos
reposan, casi sobre la tierra, y tus sueños se escapan a buscar las mil hadas y
las mil catedrales que adornan tu cabeza,
como un minotauro y un
dios que aún no ha nacido.
Dicen que oscurece, yo sé bien que es poco, solo nubes bajas
como caracoles, roídas nubecillas que llueven a la tierra.
Y como el caminante
sin ruta conocida yo camino a la altura de todos tus eclipses por las rutas
todas de este Madrid que sueña, como
nuevo y distinto, porque llevas contigo la sal de la tierra.
martes, 17 de marzo de 2015
Los políticos y otros animales
Ante las próximas elecciones ayer asistí a un acto con
políticos de diversos partidos y no pude decir ni mu. Vinieron para debatir, teóricamente con nosotros, sus
iniciativas y propuestas ante el grupo profesional al que pertenezco. Estaban todos menos El PP y Podemos, que
excusaron su ausencia.
A uno se le hiela la sangre de saber que si habla pasará por
friki o antisistema o simplemente por kamikaze si opta por señalarse en un lugar y a una hora en que ni ellos
saben nada de nuestros problemas reales, o si lo saben y lo disimulan con
ansias, será porque les importa un pito.
No sé si causa más indignación el desconocimiento de los problemas de los
invitadores o el desinterés por conocer, ya que
llevaban antes del acto las preguntas que el organismo convocante les
hacía, por escrito.
Fueron dos horas enteras de retórica y burla a la
inteligencia de un grupo de trabajadores desfondados y desmoralizados, que
ganan lo mismo que en el año 2006 y cuyo objetivo en esta vida es la mera subsistencia.
Vapuleados por la administración que nos gobierna como a
siervos, ninguneados por ese sistema al que ninguno queremos criticar por no
ser tachados de antisistema, denigrados acaso, me pregunto también ¿por ser un
grupo mayoritariamente femenino?
Fue un doloroso espectáculo. Otra vez el retablo de las
maravillas cervantino, otra vez las mismas mentiras escuchadas ya desde hace
más de veinte años, y todos sin rechistar. ¿De verdad nunca nada va a cambiar
en este país? ¿De verdad es imposible decir simplemente la verdad?
Nadie dijo nada, nadie se atrevió a hacerlo, o si lo hizo
además les dio las gracias a los elegibles por su amabilidad de asistir al
vergonzoso acto, y yo, que ya he dicho por escrito lo que tenía que decir a
quien procede de entre esa administración que ni siquiera me ha contestado, me
callé.
Será entonces que tenemos lo que nos merecemos. Entonemos
todos un “bee” general, a coro, como los borregos, y sigamos por la senda de la
estulticia.
Parece que nos encanta que nos gobiernen ignorantes, vagos e indecentes a los que no plantamos cara, y
suerte además, si es no son corruptos. Gracias
Dios mío, gracias por pertenecer al grupo de los justos que callan, “bee”.
viernes, 13 de marzo de 2015
MALA GENTE QUE CAMINA
No sé dónde escuché esta frase, o quizá la
vi escrita, que la memoria es mala consejera, y quizá se corresponda con el
título de un poema, o alguien me la dijo al oído, quizá mi hermano.
Mala gente que camina, como una
letanía me viene a la mente cuando camino con mi perro bajo el sol
ceniciento de las nueve de la noche de este ya gastado Mayo.
Caminamos pocos por este barrio mío a estas
horas, y entra un conocido político de los que han ganado el 22 de mayo, en su
portal. Mala gente, sigo pensando, no por el político, pero todos
caminamos con pasos parecidos y no se avistan malos a esta hora por la calle.
El mundo transcurre pacífico, como el mar
que sueña, y sueña Madrid en sus terrazas, sigo pensando: mala gente
que camina.
Mala gente que camina y niega con
razonables palabras la existencia del mal. Malos por elección y opción, de ese
tipo de gente a la que se le llena la boca para darnos a todos lecciones
de moral, la primera de las cuales, la más perversa, es que todo es relativo y
todo vale, por tanto.
Gente capaz de justificar cualquier
villanía, cualquier acto innoble en nombre de la palabra libertad, o de la
palabra justicia, o cualquier otra palabra que suene bien, gente pacífica hasta
que les pillas en un renuncio y entonces contemplas dentro de esos ojos todo el
horror del odio que atesoran en secreto.
Gente que no ama.
Esa gente camina como todos, tiene rostro y
manos, carnet de identidad, trabajo,
familia. Nada los diferencia a simple vista. Gente dispuesta a matar en el
nombre de los más altos ideales, para por fin cumplir con su único ideal:
sojuzgar a los otros.
Gente que necesita sentirse poderosa porque
se sienten vacíos de todo don y todo lo envidian: la belleza, el amor, el
dinero, la paz, la generosidad, la constancia...
Pobrecitos de nosotros cuando nos topamos a
uno de estos topos en la vida. Ellos están ahí, acechantes, esperando a
robarnos la luz en medio de su propia
noche para pretender después que no nos pidieron nada y nada nos deben por
tanto.
Y siguen su camino entre la multitud, tranquilísimos,
iluminados por nuestra luz, mala gente
que camina, hacia otros ya, hacia esa luz aún intacta otros por desbrillar, porque ya nos
desbrillaron y nada más pueden sacar del que ahora los mira alejarse con ojos
de no reconocer a ese que se aleja sin decir adiós.
Se nutren los malos de carne humana, y como
los zombies, son insaciables, mala gente que camina.
Están por todas partes: clérigos,
gobernantes, compañeros de vida, amantes, hermanos, vecinos.
Cuidaros de ellos, cuidaros, cuando os
quiten la luz y la alegría, cuando toda esperanza os sea arrebatada, cuando
toda ilusión sea aniquilada al instante
por esa persona que os dice que os ama, que os quiere, que es vuestra amiga, huid.
No les habléis, no intentéis comprenderlos,
ellos no entienden nada, no hablan vuestro idioma. Sus palabras no valen nada, son agujeros vacíos, adornos.
Dejad marchar a los malos que caminan, están muertos en vida, y a los muertos
hay que enterrarlos.
Y luego, con el tiempo, recobrad la luz que
os robaron, perdonadlos, porque a lo mejor no saben lo que hacen, o seréis como
ellos, zombies, más y más mala gente que camina en busca de la luz de los
otros.
jueves, 12 de marzo de 2015
El padre de Carol
Cuando yo
tenga un padre, quiero que sea como el padre de Carol. No me hace falta que
esté en los cielos, ni que deba ser santificado todos los días.
Quiero
despertarme un día a mis veintiséis años,
para pensar qué suerte he tenido en mi vida porque él, y sólo él, me ha tocado en suerte.
Es bueno
tener un padre que te agarre de la mano.
Un padre que te diga que sí o que no. Un
padre cierto que te mire; y aunque cada minuto se componga sólo de sesenta
segundos, es bueno saber que todo el tiempo del mundo, ese que no se marca en ningún
almanaque, él estará ahí.
Es un
privilegio conservar un padre más allá
de los seis años, cuando nos hacen creer que debiera ser todo lo contrario. A
veces parece que a los padres es mejor
tirarlos lejos, como a veces a los hombres que no nos aman y no son nuestros
padres, cuanto menos a la basura y al
olvido, cuanto menos durante un tiempo prudente, que a veces, es para siempre.
El mundo es más
habitable y seguro, más digno de confianza, cuando una chica ha tenido
un padre. Al menos así no deberá buscar a otro padre, y así estará liberada de
ser niña y mendiga para siempre.
No todas
hemos tenido tanta suerte, no todas nos despertamos con los ojos de luz cada mañana, no todas dormimos en paz por las noches porque nuestra
barca navega segura en la galerna y en la calma, porque vimos a nuestro
padre caminar sobre las aguas, cuando lo
necesitábamos.
Las que no
tuvimos el padre de Carol nos pasamos la vida buscándolo. Pero eso no existe.
Eso del padre de Carol lo ha copado enterito Carol, después de él , nadie.
martes, 10 de marzo de 2015
EL ABUELO
A
mi abuelo lo recuerdo trabajando en el despacho de su casa, ya muy viejito. No
es que tuviera nada especial que hacer, pero igual recuerdo una secretaria que
venía todos los días un par de horas a pasarle sus escritos a máquina.
A
mí la figura de la secretaria, el despacho y el abuelo me parecían el mejor de
los mundos posibles y aunque han pasado miles de años de aquella imagen, igual
sigue siendo para mí la posible existencia de un despacho en silencio y con la
luz que entra por la ventana desde un jardín de enormes cedros, el paraíso
perdido.
No
puedo recordar que edad tendría yo la primera vez que me asomé a aquella
ventana de visillos blancos y miré esos árboles de Madrid que siempre he
buscado, y es posible que muchos de mis recuerdos estén revueltos, fragmentados
y fundidos, y se correspondan a momentos diferentes, porque para los niños el
tiempo es rosa y elástico como lo era entonces ese chicle redondo y de tres
bucles llamado bazoka.
Creo recordar un viaje de Barcelona a Madrid, en avión y con un
chupete de emergencia que llevaba el amigo de mis padres que me acompañaba, por
si me daba por llorar o extrañar en el viaje. Creo que no lo usé y recuerdo
vagamente que el amigo de mis padres me depositó con mis abuelos en el despacho
y me dejó allí con un muñeco-payaso de regalo, un payaso diabólico porque se le
encendían los ojos, y me daba miedo. El
amigo no me dejó en el salón, lo hizo en el despacho quizá porque ésta era la habitación que estaba
más cerca de la puerta.
El
abuelo pasaba sus horas matinales en el despacho, una habitación que para mí era la sala principal
de la casa. Allí guardaba sus cintas adhesivas de muchísimos colores y tamaños,
sus papeles de estraza y otros más finos, cajas de cartón y sus cordeles, las
grapas, gomas de borrar Milan, de todos
los tamaños, algunas blancas que eran de “nata” y eran mis preferidas, algunos
lazos de colores, rescatados de otros regalos y por si en el futuro había que envolver regalos, etiquetas
enmarcadas de azul para escribir las direcciones en los paquetes, etiquetas que
se pegaban a la lengua y sabían a sello
y no había que chupar o bien enjuagarse la boca enseguida; gomas para rematar los
paquetes, si hacía falta, cintas de
colores de anchura diversa, lapiceros de grosores grandes y pequeños, sacapuntas, pegamento tranparente que no se
podía tocar, todo ello muy ordenado en cajones de madera que se escondían bajo las librerías haciendo el oficio de zócalo.
Estos
pequeños tesoros los sacaba el abuelo y me los mostraba, todo ello servía en
principio para hacer paquetes, me decía, en el caso de que un día tuviese que
empaquetar algo, aunque no recuerdo al abuelo hacer ningún paquete y
seguramente yo le hice sacar y desordenar sus tesoros cien veces, porque yo
sentía que mi abuelo amaba esas cosas, sus cosas.
Los
cajones remataban la parte más baja de una parte de las librerías repletas
de libros desconocidos y misteriosos donde hacían un papel especial unos
libros enormes, de pasta dura, libros de anatomía, grandes láminas dibujadas en colores donde se
podía observar el cuerpo humano por dentro y por fuera, libros que con el
tiempo aprendí a sacar de sus lugares para mirarlos cuando los mayores no me veían, quizá es que
me habían prohibido hacerlo, no lo recuerdo, todo un universo mágico a mi
alcance.
Además
de esos libros enormes estaban los otros libros, libros de tamaño corriente,
libros sólidos, de colores fuertes, con letras doradas o plateadas, que yo no
entendía, en sus lomos, libros de Medicina, me decía el abuelo, pero esos
quedaban totalmente fuera de mi alcance porque estaban en las estanterías más
altas, mientras que los grandotes que yo espiaba, estaban a mi altura.
El
abuelo tenía en su despacho una mesa de madera negra y un sillón, todo ello de
estilo muy castellano. Y un llamador de mesa, redondo y dorado que pendía de
dos pequeños cordeles; él lo hacía sonar
con un mazo de madera, cuando quería llamar a la abuela que trasteaba en el otro
confín de la casa, y que guardaba en la alacena cosas tan extraordinarias como
huevos en una huevera de aluminio plegable.
Ella
casi nunca venía cuando el abuelo y yo tocábamos con el llamador, lo tocábamos
por tocar, y si ella aparecía decíamos que la habíamos engañado y reíamos, él
tocaba con santa paciencia para mí y luego me dejaba dar el golpe, otro golpe,
yo flojito, un sonido oriental y embrujador, el sonido del bong que a mí me parecía que demostraba
definitivamente que él y sólo él era el más especial de la casa, porque podía
llamar a su antojo.
El
abuelo tenía todos los dientes y presumía de ello. Hacía todos los días por la
mañana una especie de gimnasia bucal que consistía en abrir y cerrar las
mandíbulas muchas veces mostrando su dentadura entera. Tenía también pelo, un
pelo ralo y blanco que peinaba muchas veces hacia delante, cien hacia atrás,
porque aseguraba, así se fortalecía.
El
dormitorio de los abuelos comunicaba con el despacho por una puerta que quedaba
detrás de la silla del despacho y en el dormitorio se situaba a la
izquierda de la cama del abuelo. Haciendo ángulo recto con la puerta, en el frente lateral de su cama,
el abuelo ocupaba unos anaqueles de madera, no muy anchos, intercalados por
unos armaritos de madera con pequeños frontales de espejo, abatibles. Este era
el universo de los afeites y las medicinas del abuelo. Tomaba el abuelo
digestina y otras grageas misteriosas, entre las cuales me dejó probar de vez
en cuando una que era roja y sabía a caramelo, se trataba de píldoras de
vitamina A, me explicó, buenas píldoras para la vista.
A
mí me gustaba mucho ver al abuelo desnudarse para acostarse sin que nunca jamás
se le viera un gramo de la piel. Llevaba unos calzoncillos enteros, de color
beige que yo asimilaba con los que
llevaban los vaqueros de las películas cuando se tomaban un baño de una forma
extraña, es decir, vestidos con la ropa interior, así que yo lo tenía por un
señor antiguo, pero muy nuevo a la vez, por el tema de los dientes, ya que las
abuelas, las dos, llevaban dentaduras postizas y tenían callos y problemas en
los pies que el abuelo tampoco tenía.
El
abuelo colocaba un vaso de agua en su mesilla y se echaba a dormir y ya no se
sabía de él hasta el día siguiente. Con siete mantas encima, decía la abuela.
Era
friolero el abuelo porque en una ocasión y porque era la moda de la época, su
madre, una mujer muy bella de ojos azules llamada Bernarda, lo arrojó siendo
muy niño al mar helado de Santander, así sin más ni más, me contaba la abuela,
pero además, como médico, le gustaba amanecer calado de sudor, porque opinaba,
así se eliminaban todas las toxinas.
Sería
por las siete mantas o por comodidad, la abuela dormía en la cama de al lado,
conmigo. Pero no dormía enseguida. Ella me colocaba a su izquierda y leía el
ABC un buen rato, con sus gafas puestas, cuando yo no le preguntaba cosas sobre
sus hijos, sobre sus padres, sobre las siete mantas del abuelo, sobre las
fotografías de los tíos de Sevilla y Libia colgadas encima de su cama, sobre
Carmelita que era grande pero jugaba a la comba conmigo, o sobre los chistes
que ella misma me enseñaba en el periódico.
La
abuela leía un rato, comentaba para ella a veces cosas del periódico que yo no
entendía, miraba las esquelas detenidamente y suspiraba y luego apagaba la luz,
se daba media vuelta y rezábamos. Entonces yo me ponía de lado, sobre su
espalda, y ella me decía que le pasase la patuca. Así nos dormíamos, yo
abrazada a ella, mi pierna entrelazada con la suya. Sólo la luz entreverada que
entraba por la ventana podía alterar la calma de la noche, si de pronto me
despertaba alguna noche y sentía el temor de la oscuridad y el silencio y me
quería levantar y no podía.
Era
un día de verano que no recuerdo bien, si es que recuerdo bien algo. De pronto
el abuelo se incorporó y la abuela le preguntó que adónde iba a las doce de la
noche. A comprar el helado de limón que quiere la niña, dijo él, que hasta ese
momento había estado ausente como era su costumbre nocturna. La abuela protestó
a voces, pero no le valió de nada. Me encantaba el helado de limón, como a mi
abuelo le gustaba el de avellana. La abuela encargaba los dos sabores a Los
Alpes cada vez que había que celebrar algo, y si no había nada que celebrar,
también lo encargaba.
Pero
los abuelos quizá eran felices porque no vivieron estos tiempos atribulados y
turbulentos de hoy, estos tiempos que algunos observan como un cataclismo;
ellos vivieron otros tiempos más humildes y pasables: una guerra civil, la
pérdida de Cuba, que aún recordaba el abuelo con santa indignación y odio
eterno a los americanos por causa del autohundimiento del Maine, y por
aproximación acaso, no consintió el
abuelo nunca en poner el pie en el Corte Inglés.
En
el verano en que el hombre llegó a la luna seguramente el abuelo debió sentir
lo mismo que cuando de niño había contemplado como se encendían con luz
eléctrica, por primera vez, las farolas
de su Valladolid natal, ¿cuántas serían?, una emoción y un temor extrañado por
un mundo que desaparecía en beneficio de otro.
Ese
verano, julio de 1969, los dos abuelos, acompañados de una niñera de quince
años, más cuatro niños de entre ocho y cinco años, nos subimos a un taxi en
Barcelona y nos bajamos en Madrid, exactamente frente al portal de los abuelos,
allá donde detrás estaban los cedros que se veían desde el despacho y un cartel
anunciaba el cercano rectorado.
Digo
que el taxi, tras las innumerables horas que se tardaba en recorrer el camino
Madrid-Barcelona o viceversa, por carreteras nacionales infrahumanas como y sin
aire acondicionado, paró frente a la casa, y lo hizo, a pesar del taxista.
Aquel
hombre robusto y alto, que yo recuerdo como vestido con faldones o una bata,
pero esto es imposible, anunció a pocos kilómetros de Madrid que los pasajeros
nos deberíamos apear en el próximo apeadero, pues no tenía permiso para
circular por la ciudad de Madrid.
Hubo
un momento de silencio y pasmo, incluso para mí, con ocho años, existió ese
momento incierto. La abuela rompió el hielo con una voz de trueno quebrado.
“Eso lo tenía que haber dicho usted en Barcelona. De ninguna manera nos va a
dejar a dos viejos y cinco niños en medio de la carretera”.
Ahí
comenzó y acabó la discusión. No era lo que dijo la abuela, y, que
inmediatamente me hizo imaginar el grupo inverosímil que haríamos nosotros con nuestras maletas en fila en entre la nada
y el campo. Era el tono de ella, su determinación sin límites, y sobre todo la
ira encendida con que pronunció esas dos
palabras “dos viejos”; y así, como por magia, el coche continuó sin
parar hasta que Madrid se hizo evidente, tan evidente como para mí el contratiempo
que la vejez de sus setenta y nueve y ochenta y dos años de entonces podía
significar para ellos, y, como un milagro, el hombre de los imaginarios
faldones nos llevó hasta la misma casa.
La
siguiente escena que recuerdo es que yo estaba parada en el pasillo a pocos
metros de los abuelos que hablaban entre ellos en el recibidor,
junto a la puerta de la calle ya cerrada,
mientras el abuelo se guardaba la cartera. Ellos no repararon en mí
porque la puerta entre el recibidor y el pasillo estaba ligeramente entornada,
yo sólo veía al abuelo.
La
escuché a ella. “¿Le pagaste?”, “sí”, contestó el abuelo,
“¿le
has dado propina?, inquirió la abuela. “quinientas pesetas”, dijo él muy
tranquilo. Lo siguiente que oí fue:
“Daniel, a veces de bueno te pasas a
tonto, encima que intenta dejarnos
tirados en la carretera le das
quinientas pesetas de propina”.
Pero
el tono de la abuela era ya muy diferente del de antes, muy bajo, suave, casi susurrante. El abuelo no le contestó, o
al menos, yo no puedo recordarlo.
A
mí aquella escena me dejó la certeza de que ella lo admiraba y lo amaba por ser como era, y
que la pregunta sólo esperaba la confirmación de lo que ella sabía bien que él
habría hecho, y por eso mismo, yo también lo amé y lo admiré en ese momento de
generosidad y vejez que nunca he olvidado.
El
hombre llegó a la luna aquel verano, o no llegó, dicen algunos. Yo sé que
estábamos los niños con los abuelos delante del televisor cuando ocurrió, y sé
que a mí me costaba mucho comprender cómo es que se podía llegar hasta allí y
aún más complicado me parecía ver la luna en directo y que eso fuese real.
Unos
años antes, no sé cuántos, el tema del cielo y de la luna eran asuntos más
etéreos, menos físicos para mí.
En
un tiempo indefinido un día yo estaba en ese mismo salón sentada encima del
abuelo, a horcajadas, los dos en su sillón junto a la ventana. Hablábamos de la
familia, los hijos, los nietos, esos hijos suyos mayores ya, y a los que él
decía que pegaba de pequeños, grandes azotes en el culo, aseguraba, a los que
ellos respondían con una cantinela que
decía : “ay, papá, papá, no me pegues más, que me duele mucho, no ves como
lloro, que ya, seré bueno”.
El
abuelo decía estás palabras aderezadas con una melodía inventada por él, y aseguraba igualmente cantando: “es que soy
más malo… que un tigre”. A mí me hacía reír, y por eso quizá él repitió estas
palabras infinidad de veces.
Pero
ese día en concreto comenzamos a hablar sobre los parentescos directos. Yo le
dije que tenía un padre, y una madre, pero no una sino “dos” abuelas y “dos”
abuelos, claro, el padre de mi madre, tú, la madre de mi madre, la abuela
Blanca, la madre de mi padre la abuela Pura, y el padre de mi padre el abuelo
Saúl, “pero no está, porque está en el cielo”, dije, mientras miraba por la ventana el cielo azul
donde no veía ni rastro de mi abuelo desconocido, pero, “¿en dónde está ?”,
pregunté, buscándolo a través de la ventana . El abuelo me dijo: “tu abuelo
Saúl subió al cielo”. “¿subió?”. Ah, eso
lo explicaba todo. Miré por la ventana y entonces sí que vi al abuelo por
primera vez, subiendo y subiendo de espaldas, ahí estaba él, subía por una escalera
de mano, negra como negros eran su trajes de las fotografías, era así como había subido al cielo, por una escalera
larguísima, y tan alto había subido que era por eso que no se le veía por
ninguna parte.
Entonces le pregunté si él lo había conocido antes de
subir al cielo y él me dijo que sí, y que mi abuelo Saúl era un hombre muy
bueno.
No
mentía. Es verdad que ellos se conocieron cuarenta años antes que mis padres,
se conocerían de una forma fugaz o menos fugaz, en un remoto Congreso donde el
padre de mi padre, más joven que el abuelo, se acercó a él y le pidió que le
dedicara un libro, en un tiempo y un lugar en que ninguno de los dos
sospechaba que un día serían abuelos de
nietos comunes, porque mis padres estaban aún por nacer, y porque el abuelo
Saúl no estaba aún casado.
Mi
madre decía que el abuelo mentía como un bellaco y que no recordaba al otro
abuelo, pero él mantuvo siempre que sí. Lo haría por mantener la ilusión de mi
padre, huérfano e hijo único de padre
extranjero, en la negra postguerra, a lo mejor, o lo haría por su preguntona
nieta, o acaso no mentía y sí lo recordaba de verdad. Qué más da la verdad en
este caso. Lo cierto es que yo los he recordado a ambos cada vez que en un
Congreso alguien me ha pedido que le dedique un libro. Fue por ese libro y nada
más que por ese libro, olvidado en una estantería durante cuarenta años y
reencontrado por mi padre un día, que mis padres se conocieron.
Y
ahora qué lo pienso, ¿dónde está ese libro? Yo jamás lo vi. ¿Es esta historia
realidad o ficción? Los libros y el abuelo siempre andan cruzados en mi
memoria.
En
ese mismo sillón y lugar donde el hombre llegó a la luna (la mujer aún no en
esos tiempos), tuve la falsa impresión de hacerme del todo mayor. Una noche de
viento que yo recuerdo de invierno, me empeñé en quedarme con el abuelo a ver
una película, aunque la película estuviera señalizada con dos rombos bien
grandes, como indicó la abuela y quizá mis padres deberían ser consultados,
pero no lo fueron. La película se titulaba “Matar un ruiseñor”, una película
que yo no entendía del todo y que ni siquiera recuerdo si conseguí ver hasta el
final, porque el sueño me vencía a menudo cuando me empeñaba en trasnochar.
Pero
estaba tan orgullosa de que mi abuelo confiara en mí en lugar de mandarme a la cama con la abuela
como a una niña pequeña, que años más tarde, tendría unos once años, rapté la novela del mismo
título en casa de mis padres, la rapté y me la pillaron poco tiempo después
de pillarme en la cama leyendo las Mil y
una noches, igualmente autorizadas por el abuelo con la reticencia de la
abuela. Mi padre entró a darme las buenas noches y yo escondí el libro rojo
debajo de las sábanas, ¿qué tienes ahí? Lo sacó y lo observó con cautela, como
si fuera un insecto, y vio que estaba abierto por las primeras páginas. Llamó a
mi madre para enseñarle lo que su padre, “tu padre está chocho”, le había dejado a la niña. Se llevó aquel
tesoro de pastas duras y hojas de biblia con él, mientras le decía a mi madre:
“menos mal que sólo iba por el principio”, y se fueron ellos dos, mientras yo
meditaba en la penumbra que estaba
empezando a leerlo, sí, pero por segunda vez. Años después registré la casa de
arriba a abajo pero nunca más aparecieron Las mil y una noches.
El
abuelo murió en el año 1973, el 22 de octubre, en un día de otoño en que lucía
un sol espléndido como el del día en que el otro abuelo había subido al cielo y
en realidad muy poco después de que el hombre llegara a la luna y de que mis
padres tomaran cartas en el asunto de mis zafias lecturas, un plazo de tiempo
que sin embargo a la edad que yo tenía entonces, no era tan corto.
Antes,
los dos o tres últimos años, los dos, el abuelo y la abuela, sufrieron un
declive tremendo. La abuela pasó de las muletas a la silla de ruedas, y el
abuelo abandonó el despacho por el sillón definitivamente. Lo que no se
abandonaron nunca fue mutuamente.
Los
recuerdo de la mano. Ella acostada en su cama, no sé por qué, y él sentado a su
lado y de su mano. La escena invitaba a marcharse y dejarlos en paz, como a dos
enamorados.
También
tengo que decir que en ese periodo, que para mí fue largo, casi siempre que los
visitaba, ya vivíamos en Madrid y los visitábamos mucho, era con mis hermanos y
aún puedo recordar a mis primos, Daniel, María, Paloma, y Luis, los mayores de
los que para mí eran entonces “los primos de Libia”, jugando todos en el
jardín.
Sin
embargo, los dos últimos recuerdos que me marcan la memoria del abuelo, se
refieren uno al juego del amor y el otro al juego de la vida, y en los dos, de
una forma u otra interviene mi madre y no hay más niños presentes.
Empezaré
por el amor. Era ya casi el final del abuelo y mi madre me ordenó pasar a verle
después del colegio. Podría ser mayo o junio de 1973, porque yo llevaba la
falda de uniforme de verano y no sé por qué razón fui sola a casa de los
abuelos después del colegio, cuando los cuatro hermanos solíamos ir juntos.
Me
presenté en el salón donde el abuelo estaba sentado, casi mudo, como pasaba
ahora algunos periodos, y además tenía visita. La abuela no estaba en el salón
y alguien que no recuerdo, una asistenta, o una enfermera, me franqueó la
puerta. El abuelo estaba sentado y mudo, y con la persiana casi echada, con lo
cual había una sensación de oscuridad que contrastaba con el bullicio de la
calle de donde yo venía.
La
visita era un hombre más que mayor, se llamaba don Obdulio, y yo tenía
entendido que pese a su aspecto y estado de total movilidad contaba más de
noventa años y era catedrático de física
o química.
Me
incliné a besar al abuelo que no se dio por enterado y después me dirigí a
hacer lo propio con el catedrático; él se levantó de la silla, mientras yo me
agachaba hacia él, y en ese movimiento un tanto deslavazado por ambas partes,
el hombre me endosó un beso completamente patriarcal en medio de toda la boca,
lo que a él le dejó completamente horrorizado y a mí muy divertida por la
indisimulable conmoción del pobre hombre.
Cuando
se lo conté a mi madre, me lo hizo repetir varias veces y luego me dijo que no
lo contase a nadie, ya que veía que yo no le daba la importancia debida. Esa
fue mi iniciación al amor.
La
iniciación a la vida fue más triste y se corresponde a un tiempo anterior, un
año acaso o dos. También yo sufría un tremendo declive y me veía acosada por el
miedo y la angustia, y también yo, como el abuelo al final, permanecía con la
boca cerrada cuando se me preguntaba por los motivos de mi postración. El
abuelo estaba en su despacho y mi madre decidió llevarme a hablar con él. Le
explicó ante mi silencio mis síntomas y entonces el abuelo dijo: “es muy fácil,
no tienes que hacer nada, simplemente seguir tu vida, hacer como si no te
pasara nada”. Yo callaba. Entonces, el abuelo y mi madre, entre los dos, me
contaron la historia de la bruja.
El
abuelo era un niño y dormía solo en la trastienda de la tienda de sus padres,
allá en Valladolid, donde en invierno reinaba el frío. Una noche el abuelo-niño
despertó y vio una bruja sentada en su ventana. Allá estaba acechante la bruja
y por más que el abuelo sabía que la bruja no estaba allí, estaba ella
aparecida, noche tras noche, para no dejarle dormir y hacerle morir de miedo.
Así
que un día el abuelo decidió salir de su cama y a pesar del frío helador de la
trastienda, avanzó hacia la ventana y se colocó en el lugar de la bruja. Hizo
esto un rato, en medio del terror, el temblor y el frío, y lo hizo una y otra y
otra vez, cada noche, muerto de miedo y soledad, hasta que un día la bruja ya
no volvió, desapareció para siempre. Al abuelo le tembló la voz al recordarse
sentado en el lugar de la bruja. ¿lo has entendido?, me dijo. Tienes siempre
que ponerte en el lugar de la bruja. No importa lo que pase ni cuánto miedo
tengas.
Tres
cosas quiso el abuelo para su muerte y sólo una de ellas tuvo. La primera consistía en ser enterrado
en una caja de pino. La abuela lo hizo desistir de lo primero por medio de un
cura que le convenció de que en su caso, enterrarse como un pobre no sería sino
un gesto de soberbia; la segunda era que en su lápida figurase su nombre y sólo
la palabra “médico”. Tampoco esto fue posible. En la tercera cosa no hubo
discusión. El decidió que sus nietos no le vieran muerto y no le vimos.
La
abuela, que lo enterró en un ataúd a su gusto, sólo le sobrevivió dos meses.
Espero
que esta carta le haya llegado al abuelo igual que a todos los que hoy somos su
familia, porque esto es seguramente lo más importante que él supo transmitir,
la importancia del amor, la importancia de la sangre, la compasión para todos y
el valor necesario para vivir y vencer a cuantas brujas la vida nos vaya
deparando.
domingo, 8 de marzo de 2015
DAMA DE AZUL
A la
dama de azul no la conocí en vida. Lo hice después, cuando se presentó ella
solita en su dormitorio. La conocí en su plenitud, hermosa de vida y juventud,
vestida de azul en su retrato, sobre su propia cama blanca de dos cuerpos de
noventa. Las sábanas eran suaves y blancas y la cama mullida invitaba al
descanso. Yo pregunté entonces como una dama con un armario de siete metros de
ancho y una casa tan linda se había ido suicidado durante años, de a poquitos,
hasta conseguirlo. No recibí contestación a esta pregunta y sí más tarde la
constatación de que en esa habitación elegante y junto al armario, la dama
almacenaba medicinas suficientes para suicidase al menos treinta personas del
tirón. Pobrecita, dijo mi hermana médico, mientras revisaba las bolsas de
plástico donde se almacenaban los remedios, cuánto debía sufrir.
Sufriría
la dama y entonces haría sufrir a otros, y almacenaría cajas y cajas de
medicamentos, como una ONG de la que ella misma fuera la única beneficiaria,
sin consumirlos nunca y por el mero placer de almacenarlos por si un día
decidía de una vez morir o vivir definitivamente. Pero el caso finalmente no se
dio. El destino juega jugadas fatales a quien se atreve con él. Nunca digas no
sé. Así que me puse de pronto a defender a la dama. Con todo este arsenal si no
se ha muerto antes es que no quería morirse. Ya está.
Estaba
de parte de la dama muerta que seguramente nos estaba mirando como nosotras
habíamos entrado a su casa para llevarnos los libros o la ropa que quisiéramos
antes que se lo llevasen todo a la basura o a Cáritas.
Comenzamos
por los libros y yo elegí una colección de historia de Madariaga, no sabía muy
bien por qué, por si algún día tengo que documentarme dije, aunque los libros
estaban escritos en 1930, mucho antes que la dama de azul, o las que estábamos
ese mediodía en su casa hubiéramos nacido. Avanzaba el mediodía y el aire se
espesaba. Indiqué que tenía jaqueca desde el día anterior y deseaba marcharme
porque sentía allí el dolor colgado del aire y las malas vibraciones de la dama
pegadas a la piel. Lo dije y mi hermana, la que no es médico, me dio la razón.
A mí también me pasa.
Así
que salimos a descansar un momento y comer algo en una terraza, a medio llover
ya, unas cuantas gotas que cuando la cuenta, ya eran lluvia fina. Pero mi
hermana médico propuso dar una vuelta a la manzana y echó a andar, seguramente
por aquello de la vida saludable y porque la terraza del bar donde no habíamos
comido estaba al lado del portal de la dama. La seguimos las otras dos hermanas
y a la vuelta de la esquina la lluvia era un chaparrón con un viento tan
excéntrico y fluido que parecía una tempestad. Siempre por hacerte caso.
Corrimos las tres, por primera vez ese día risueñas hasta el portal de la dama
de azul.
Mi
hermana no médico intentó abrir la puerta del portal sin conseguirlo. Pues qué
hacemos, al entrar nos había abierto un vecino. No podemos marcharnos y dejar
la alarma desactivada. Tras diez minutos de infructuosos intentos mis dos
hermanas decidieron que yo llamaría a los telefonillos desconocidos y yo
conseguiría un domingo a las cuatro de la tarde y jarreando, que alguien nos
abriera. No quise preguntar por qué era yo la elegida para la encomienda. Le
pregunté a mi hermana no médico el nombre de la dama y me puse a timbrar.
Al
tercer intento indiqué el piso y la letra de adónde iba y al otro lado del
telefonillo me contestó una dama muy viva que en ese piso no vive nadie, je. No
claro, no vive nadie, somos familia de la dama de azul, es que ha fallecido,
recientemente, entonces la dama je, se sintió algo avergonzada, sí, pasen,
susurró y abrió al instante. Y perdóneme, añadí, por arreglar su zozobra. No
quiero disgustos por mi culpa para nadie.
Entramos
en el portal y nos dirigimos al piso. Y je, no era este portal, sólo se le
parecía. Lo que sí había en el piso homónimo eran cajas amontonadas a la
puerta. Otra dama muerta recientemente. Otra dama de la que su vecina
desconocía el nombre. Vaya casualidad. Nos hemos equivocado de número de portal.
Es el número de al lado.
La
llave abrió a la primera en el portal de al lado. Ahora tocaba probar la ropa.
Ropa de firmas caras cuidadosamente clasificada, plastificada, era una mujer de
buen gusto esta dama, y ordenada. Tenía muchas virtudes, dije, reconociendo
algunas que a mí me faltan.
Le
gustaban los pantalones y eran casi todos de mi talla. Mi hermana médico
sugirió que tenían que estar todos arreglados, a ver como si no van a tener tan
poca cintura y tanta cadera. Lo estarán, no lo sé, pero eran milagrosamente de
mi talla que casi nunca llevo pantalones por el problema de las tallas y el
tiro y la cintura y.
Me
desnudé y me fui probando su ropa, la ropa nueva de la dama de azul, o la ropa
aún con la etiqueta del tinte. La ropa que se pegaba a mi piel, mientras la
jaqueca se iba achicando de a pocos, como su suicidio.
Por
qué una mujer como la dama, con sus antigüedades de salón, sus muebles de cuero
y seda antigua, sus cuadros de valor, su libro de mil seiscientos a un lado de
la sala, su patio hermoso con sus mil plantas, su despacho y su equipo de música en el
dormitorio, por qué esa mujer era tan
desgraciada.
Eso
lo sabrás tú me dijo un amigo al explicarle todo esto, que eres del ramo, del
ramo…yo sólo pensaba en la dama y en su muerte y en la muerte de la otra dama y
en las ciudades que devoran a las damas anónimas vestidas de azul o de verde o
sin ropa que llevarse al cuerpo desnudo. Y me sentí extraña y pequeña, pensando
que la dama de azul y yo somos de la misma talla. Eso es lo único seguro.
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