sábado, 13 de julio de 2019

El ser

He pensado qué frágil es el ser, que ràpido se marcha en busca del deseo, así de infantil como la luna, con la rítmica inconsciencia de los astros.  Y qué rápido se perderá  en el mar, a qué naufragio seguro se dirige, como si los días de su vida no acabaran.  Qué triste y alegre es cuando lucha, cuando crece el mar y se levanta y vuelve a ser , contra toda la lógica del mundo. Qué grande prodigio es este ser, cuando sueña, duerme y muere.  Este ser que ama,  desde la inmortalidad del hijo que un día fue. Que no quiere bajar los brazos y rendirse. Nadie puede y todos luchan, el nacido y el moribundo quieren ser, vivir sobre la tierra, sentir que son y son, bajo el absoluto olvido del olvido. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Atención Primaria




Me dijeron que tenía que contar mi currículum ante un grupo de ilustres directores de centros de salud y yo me puse a pensar en qué contarles.

Lo que finalmente dije ese 9 de abril no tiene nada que ver con lo que yo pienso, o más bien siento, sobre Atención Primaria. Si es que pensar y sentir son de verdad diferente cosa.

Lo primero que recordé intentando diseñar mi pequeño discurso es que mi vida laboral la inicié en un ambulatorio.

Por una extraña carambola del destino coticé,  por primera vez, con un mes de sustitución de enfermería; creo que era aún menor.

Eran otros tiempos, quizá más grises y remotos. Las niñas sustituían  enfermeras, los pacientes eran mansos, quizá más viejos y agradecidos, y olían a colonia añeja. Los médicos eran todos,  o casi todos, médicos y muy serios, y sonreían poco. En Navidad los enfermos les hacían regalos. 

Las horas del verano discurrían por el ambulatorio con la lentitud de una serpiente, sin aire acondicionado, subiendo y bajando la ancha escalera que daba la vuelta al interior del edificio de la calle Quintana.

Este primer trabajo anduvo olvidado, enterrado en mi memoria hasta que  un papelito de vida laboral no solicitado a la Seguridad Social me obligó a recordar.

En un lejano y caluroso verano de Madrid, yo  me había vestido una bata  y me había metido  en una consulta  de la planta cuarta a escribir recetas para tres médicos diferentes cada mañana. Uno cada dos horas, como funcionaba entonces atención primaria.

Mi madre no sé si vestía entonces de azul, o había ya pasado al blanco precursor de las enfermeras de ahora,  o iría  aún de azul, con cofia, y delantal, como la recuerdo y he visto en fotos con sus compañeras. Mi madre en la cuarentena,  sonriente, feliz en su trabajo, la artífice de mi trabajo eventual; me protegía cuidadosamente de uno de aquellos tres médicos al que apodaban el mono.

El mono era hombre brusco y  temido por las enfermeras, pero a mí me hacía reír al  mostrarme cómo todas las camisas y las batas le quedaban cortísimas de manga, " como si fuera un mono", decía.

Era otro mundo. Mi madre hacía pocos años se había iniciado como enfermera, aunque enfermera de la Cruz Roja lo fuera desde siempre, por el contumaz empeño de su padre.

Mi madre vivió un tiempo en que las mujeres no trabajaban. Ella no heredó el brío de mi abuelo, que aprobó su cátedra de medicina en Valladolid,  a los veintisiete años, y en lucha permanente contra la adversidad, y ni mucho menos  su amor por el trabajo.

Pero un día una jefa de enfermeras de la calle Sagasta llamada Flavia colocó a mi madre en el ambulatorio. Todos sus hijos ya éramos mayores. La mayor, que era yo, tenía 12 años.

Mi madre solía hablar de Flavia con naturalidad. Como si la conociera y frecuentara. Flavia solucionaba y decidía, colocaba y descolocaba y lo hacía todo por teléfono en un pispás. A mí me maravillaba ese nombre; Flavia, romano, sonoro. Fue ella quién me colocó a mí ese mes de verano. Sin conocerla y sin pedirlo.

Pocos años antes, por teléfono y en un pispás, supongo, mi madre fue destinada a radioterapia, fue al poco tiempo de entrar en el ambulatorio e ignoro el motivo.

La cosa es que un tiempo después, la acompañaba yo  al ambulatorio a unas horas extemporáneas de la mañana, Alberto Aguilera abajo, hacia Princesa, un día oscuro y glacial de los de antes, y ella se puso a contarme sobre su trabajo en radiología. Sus pacientes, casi todas enfermas de cáncer de mama, a las que conocía por su nombre y con quienes tejía una amistad más o menos, acababan por desaparecer un día, ya no volvían más. Yo le pregunté  por qué, y a ella se le quebró la voz al decir que se morían todas.

Mi madre fue un instante mi heroína aquella mañana de invierno, creo que entreví cosas de ella que hasta entonces ignoraba, porque ella, que no se había levantado jamás a llevar a sus hijos al colegio, y ni siquiera a hacerles el desayuno, ahora era la cuidadora   de señoras a las que quería tanto que  lloraba. Y eso a riesgo de su propia salud, que enseguida se resintió de una bajada de defensas por las radiaciones, con lo que fue devuelta de inmediato, a su antiguo oficio de  enfermera pasante.

Y así pasaron los años y los años. Ella pasó del azul al blanco, de un ambulatorio a otro, cada vez más cerca de su casa, del título de enfermería a secas al de A T S, y  de la luz a la oscuridad.

Un día fui a buscarla, casi al final, y la vi salir a llamar a los pacientes al pasillo. Llamaba con su voz fina y quebradiza y todos ellos, más viejos que ella, se le agolpaban y amotinaban.

Yo curioseaba divertida desde una esquina, hasta que un hombre muy mayor se me acercó y  me dijo que la señorita enfermera estaba mayor para llamar, yo le dejé hablar eso y más, y cuando hubo acabado le dije que la señorita enfermera es mi madre, y el tipo desgraciado que no es verdad.

Podría escribir una vida. Pero la elipsis de una vida se concreta en el 30 de marzo de 2018 en que entré por primera vez en el centro de salud de Barrio del Pilar y me pareció que volvía a entrar a uno de esos ambulatorios donde trabajó mi madre.

De forma misteriosa ella estaba allí. Los años han pasado, las enfermeras son nuevas y diferentes, los médicos se han vuelto médicas y sonríen más, y a los pacientes, que a veces son  ciudadanos o discentes, hay que pedirles que  callen por la megafonía y anunciarles en un cartel que la hora de cita es sólo estimada. Ya no podemos llamarlos en la sala de espera por sus nombres y apellidos, si van al especialista, por protección de datos.

Todo un mundo nuevo, como el nuevo mundo, y sin embargo allí estaba presente, la voz frágil de mi madre, su sonrisa, su olor, el eterno dulzor de la Atención Primaria.







domingo, 21 de enero de 2018

Lo que nos hace felices

El otro día me levanté con la sensación de que ese día me iba de excursión con el colegio. Luego miré al cielo y el cielo estaba azul como en la infancia. Era el cielo de cuando murió mi abuelo allá en mis trece años y yo ya estaba enamorada.
Ayer noche una mano en tu cara me hizo feliz.  En mi felicidad conviven el recuerdo presente de un viaje a Italia con mis hijos el año que murió mi madre, con la misa a la que asistí rogando por ella, o por mí, esa víspera marchita. La vida y la muerte de los que amo mezcladas en recuerdos, imágenes que trascurren y se van marchando y vuelven y se renuevan.
Lo que me hace feliz es tan simple como una palabra amable y sincera, nueva o antigua, la compasión y el perdón para los que me han herido, y el perdón conmigo, por aquellos a los que herí, y a veces, muchas veces, el silencio o la música.
Lo que me desgracia es la cháchara y la huida. Lo que me atropella es la doblez y la envidia, la temeridad del rencor propio y ajeno.

Porque sólo se ser feliz cuando soy una niña. Sencillamente. La vida sólo tiene sentido en el sentido sencillo, próximo y amoroso de la palabra. Un riesgo para valientes.

martes, 14 de febrero de 2017

El viejo profesor.

In memoriam


Juan José Vila Domingo. 
Fue Director del Colegio FEM,  Madrid, durante treinta años.
Fallecido en Madrid el 26 de enero de 2017


En aquellos años setenta en que la mayoría de colegios de Madrid eran religiosos, el viejo profesor, su familia y un pequeño grupúsculo de profesores habían creado un colegio minúsculo donde aplicaban a la enseñanza sus propias ideas.
Era un colegio en tres chalets con jardín, cerca de la casa de Vicente Aleixandre. Mi clase de doce años era de las más numerosas, pero alguna clase de los alumnos mayores contaba no más de seis alumnos. Era un colegio mixto y anglo-español.
Supongo que el viejo profesor, que regentaba el sitio y tenía un físico de marqués inglés, no era perfecto, pero era un profesor vocacional que amaba lo que hacía, amor y vocación que compartían el resto del apretado elenco de profesores.
Por él, gente de letras como yo, amamos hasta hoy el cuarzo, el feldespato y la mica, los tres componentes del granito que forma la sierra de Madrid, que es una montaña muy muy antigua, y de ahí sus formas redondeadas y su piedra porosa.
Con el profesor Dandy viajamos los jóvenes alumnos de entonces por España. Visitamos las cuevas de Altamira, la Alhambra de Granada, los Picos de Europa, Covadonga y Cullera. Memorables viajes que aún hoy recordamos, porque nos ennoviamos por primera vez, o nos desenamoramos, pero hiciéramos lo que hiciéramos, en esas excursiones de luz, la luz bruñía su acero en nuestras almas, a la edad en que la luz aún nos penetra.
Un tiempo nunca perdido, siempre reencontrado, en que comíamos en paradores nacionales de donde nos llevábamos los panecillos para la merienda, mientras escuchábamos las explicaciones eruditas del profesor en el autobús y por las calles de Guadalupe.
 Con él aprendí verdades que nunca he olvidado.
 A los doce nos explicó el misterio de la muerte en el laboratorio de ciencias con huesos de verdad. Como un prestidigitador sacó una calavera y dijo que no había lugar a aspavientos en su clase, ya que todos acabaríamos así un día u otro, lo cual era el único hecho seguro de la vida, motivo además para tratar con respeto los huesos de los muertos que también éramos.
El misterio de la vida nos lo enseñaría después en atónitas diapositivas donde nos mostraba en dibujos la reproducción humana y su falta de misterio.
Un avanzado, el viejo profesor Vila, que entonces era joven y no seguía en absoluto los programas del Ministerio.
Un día, o serían más, dijo públicamente el profesor que en esta vida se puede ser cualquier cosa menos tonto.  Ya ves Sr. Vila que no te mentí el otro día, cuando hablé contigo en una iglesia hace dos meses, por última vez, porque todos los días te recuerdo, a la vista de las cosas que pasan y nunca dejan de pasar en un mundo que no pasa.
También nos enseñaste la ética importante, la que atañe a los resultados en los otros. Lo imperdonable no es hacerlo mal, sino no reconocerlo, y hacer que sean los otros quienes carguen así con nuestras cuitas.
Intentabais enseñarnos a razonar, relacionar, comparar, admirar y apreciar el mundo y nuestra suerte frente a otros: “qué fácil es explicaros a vosotros el mar”, suspiraste, “en el Instituto es más complicado, la mitad de los alumnos nunca ha visto el mar”. Toda una revelación sobre desigualdad, a los trece años.
Han pasado muchos años desde esos años en que fuiste mi profesor en aquel colegio laico, mixto y creyente, pero lo que me enseñaste lo recuerdo todos los días, y lo he recordado hoy  delante de tu féretro. Y he estado de acuerdo con tu mujer, Juani, que te quiere y ha dicho que te ha tapado porque eras tan estupendamente guapo que no quería que nadie te viese mal.
Y sabes, ante tu féretro hoy, donde yo sé que ya no estás, he recordado la calavera, tu amor por las montañas y las pinturas rupestres y el mar, y la vida, y te he deseado mucha mucha suerte en tu nuevo camino. Y me ha parecido que sonreías.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Historias de un mismo número. Cuento 09.


Os presento a Lorenzo Esteban Jódar.

Estupendo cuentista, de quien valga, para muestra un botón.

Una de las piezas de su libro  "Cuentos del alma".

Que lo disfrutéis.



He hecho el cálculo exacto varias veces. Lo he repetido aplicando distintos métodos. Y el resultado es siempre el mismo. He escrito los cálculos manualmente y luego en el ordenador. (Como muestra de mi humildad impuesta, no por mí mismo, sino por la propia realidad, he de reconocer que manualmente me equivoqué y tardé algo más que con el ordenador, pero al final con paciencia, la de mi mujer quiero decir, que está un poco harta de tanto cálculo, también comprobé el resultado con mi zocata). No hay duda por muy aterrador que pueda parecer. Cada día desaparecen en el mundo 300.000 personas. Cuando digo ‘desaparecen’, quiero decir que todas ellas, sin excepción, pasan al recuerdo, que es como la antesala de la historia, que a su vez es el camino o el preámbulo del olvido. Ayer, anteayer, cada día de esta semana, de la semana pasada, durante todo este mes, durante todos los días que ya no volverán este año. Mueren en China, en la India, que hay muchos, en Japón, en Bolivia, en Cuba, en Estados Unidos, en Islandia, en España,… en total sumando, sin repetir ni hacer trampas, como en las encuestas electorales, (que no hacen trampas, obviamente quiero decir),… mueren 300.000 personas. No diré que mueren una tras otras, porque el día solo tiene 86.400 segundos. Pero qué más da que hasta para morirse tengan que compartir un mismo segundo, el caso es que cada día suspiran por última vez 300.000 hombres y mujeres. Personas anónimas, padres, madres, abuelos, niños, electricistas, fontaneros, notarios, cabreros, inspectores de hacienda, religiosos, políticos, ladrones, drogadictos, camellos, pilotos, suegras,…) (pido perdón por esta desordenada enumeración, pero es la que me ha salido sin pensarlo,… o quizás sin ser consciente de por qué lo pensaba).

Hoy ha muerto ella. Nadie se ha dado cuenta. Ni el Presidente de Estados Unidos, ni el locutor de la tele, ni el tertuliano chismoso que sigue riendo sin respeto a su inmensa ausencia,… nadie se ha dado cuenta. Sólo yo,…, sólo yo creo saber lo que significa que ya no puedo oír su voz, sentir su mano suave y cálida, su olor seductor. Y tengo el alma rota, la desolación cayendo a raudales hasta lo hondo de mi alma agrietada. La tristeza me tiene encadenado, no me deja pensar, ni gritar, ni llorar. Ya mi vida no será como antes, como hace sólo un segundo, nada más que un segundo, nunca más. Ya estoy un poquito más afuera, más solo, inmensamente solo. Me acuerdo de ella, de ella y ahora no se por qué me da por acordarme de los otros 299.999 que hoy quisieran retroceder en el tiempo sólo un día, apenas unas horas. Que saben que nadie se dará cuenta de lo que hoy ha pasado, como yo no me di cuenta de lo que pasó ayer, ni anteayer, ni… 


lunes, 22 de agosto de 2016

SARAMAGO.


Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. 

José Saramago



Ay Saramago. Desde que tú te has ido, hemos retrocedido ochocientos años. Yo que te llevaba en mis cintas azules de niña, de cuando soñaba que tenía los ojos azules, y había un cielo y un elefante y un libro tuyo siempre nuevos para comprar.

Ya no estás Saramago. Ya no están mis libros de entonces ni mi librería linda, ni esa casa soñada que apenas fue mía tan sólo un rato llena de visillos blancos, llena de sueños con cintas de colores y niños y pájaros de color verde.

Ya no estás Saramago. Me deseaste suerte, pero sabías que no la tendría. Por eso me  susurraste al oído: “suerte”.

Ni entonces ni ahora.  Lo sabías. Con tu ojo mecánico de buey que todo lo sabe, con la cancela abierta de tu casa, con tus piernas tan largas, y tu perro y la música que sigue sonando cuando pienso en ti Saramago y vas tú y me preguntas a qué me dedico. Y te parece una cosa difícil, esta de conocer al otro. Qué razón tenías, Saramago. Es difícil conocer a las personas en un rato. Incluso es difícil conocer a las personas en muchos ratos.

Yo misma sólo me conozco a ratos, y mira que ya son años de conocimiento.

Era todo difícil y no lo sabíamos, todo fugaz como una mariposa, y no lo sabíamos.

Me perdí Saramago, no te gustaría verme. Ya no leo las mil y una noches, ya no leo tu ensayo sobre la ceguera. Estoy ciega y caí, tiré el remo de mi barca por la borda y ya sólo sirvo para sierva de la gleba.

Nos veremos cualquier día Saramago, será junto al árbol que abrazó tu abuelo antes de morir, será en un verano, de paseo por una playa como esta playa que tengo a mis pies en este verano rosa y desconocido, será en el recuerdo de lo que nunca debiéramos olvidar, y olvidamos a manos llenas.

Será que estamos ciegos, como dices, será que estamos huérfanos, será que somos ciegos y no queremos ver, ay Saramago. Ya no están mis libros.

jueves, 11 de agosto de 2016

La felicidad. Crónicas desde Labarrosa.



Ayer salí de la farmacia por tercera vez en el mismo día. Feliz. Esta vez sí había conseguido la medicina. Con mi tesoro en el bolso enfilé la calle que da a la carretera. Caía el sol, y el viento de levante estaba dando tregua.
Caminé segura, invadida de un sentimiento suave, pequeño, recóndito, y tan parecido a un recuerdo perdido, que apenas lo reconocí. ¿será esto la felicidad? Me pareció la cosa más fácil.
De pronto no entendía qué había hecho todo este tiempo de ausencia, todo ese tiempo perdido y derramado por las rendijas de los miles y cientos de días de trabajo, comidas, cenas y mañanas, cuando anduve perdida entre la bruma de las televisiones que anunciaban desastres infinitos, y yacía muerta entre papeles y compulsas y números y cuentas y ojos que me miran y cuerpos que se esconden, detrás de las ventanas y palabras que nada me interesan.
 Y caminé pensando en la forma de prolongar este estado de perfección absoluta. Había que quedarse allí como fuera. Una heladería. En otros tiempos amaba el helado de limón.  Entré guiada del instinto y quedé deslumbrada en el acto. El sol de poniente lamía las sillas brillantes donde mil soles venían a morir, y el viento embravecido se retorcía y gemía hacia el patio interior, como el chal de una geisha caminando. Todo era nuevo.
Dos jóvenes hermosísimas regentaban el sitio. Una aviaba las mesas, para futuros clientes, la otra me miraba desde sus ojos grandes, tras la pira de helados de múltiples colores.
Salí de allí perfectamente joven, perfectamente buena, perfectamente guapa, después de que la camarera me desease buena tarde.
Y digo yo. ¿Será esto la felicidad? Lo ignoro. Pero si es un estado del que no se desea salir ¿qué importa la palabra?