jueves, 11 de agosto de 2016

La felicidad. Crónicas desde Labarrosa.



Ayer salí de la farmacia por tercera vez en el mismo día. Feliz. Esta vez sí había conseguido la medicina. Con mi tesoro en el bolso enfilé la calle que da a la carretera. Caía el sol, y el viento de levante estaba dando tregua.
Caminé segura, invadida de un sentimiento suave, pequeño, recóndito, y tan parecido a un recuerdo perdido, que apenas lo reconocí. ¿será esto la felicidad? Me pareció la cosa más fácil.
De pronto no entendía qué había hecho todo este tiempo de ausencia, todo ese tiempo perdido y derramado por las rendijas de los miles y cientos de días de trabajo, comidas, cenas y mañanas, cuando anduve perdida entre la bruma de las televisiones que anunciaban desastres infinitos, y yacía muerta entre papeles y compulsas y números y cuentas y ojos que me miran y cuerpos que se esconden, detrás de las ventanas y palabras que nada me interesan.
 Y caminé pensando en la forma de prolongar este estado de perfección absoluta. Había que quedarse allí como fuera. Una heladería. En otros tiempos amaba el helado de limón.  Entré guiada del instinto y quedé deslumbrada en el acto. El sol de poniente lamía las sillas brillantes donde mil soles venían a morir, y el viento embravecido se retorcía y gemía hacia el patio interior, como el chal de una geisha caminando. Todo era nuevo.
Dos jóvenes hermosísimas regentaban el sitio. Una aviaba las mesas, para futuros clientes, la otra me miraba desde sus ojos grandes, tras la pira de helados de múltiples colores.
Salí de allí perfectamente joven, perfectamente buena, perfectamente guapa, después de que la camarera me desease buena tarde.
Y digo yo. ¿Será esto la felicidad? Lo ignoro. Pero si es un estado del que no se desea salir ¿qué importa la palabra?



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