Ayer salí de la farmacia por tercera vez en el mismo día.
Feliz. Esta vez sí había conseguido la medicina. Con mi tesoro en el bolso
enfilé la calle que da a la carretera. Caía el sol, y el viento de levante
estaba dando tregua.
Caminé segura, invadida de un sentimiento suave, pequeño,
recóndito, y tan parecido a un recuerdo perdido, que apenas lo reconocí. ¿será
esto la felicidad? Me pareció la cosa más fácil.
De pronto no entendía qué había hecho todo este tiempo de
ausencia, todo ese tiempo perdido y derramado por las rendijas de los miles y cientos
de días de trabajo, comidas, cenas y mañanas, cuando anduve perdida entre la
bruma de las televisiones que anunciaban desastres infinitos, y yacía muerta
entre papeles y compulsas y números y cuentas y ojos que me miran y cuerpos que
se esconden, detrás de las ventanas y palabras que nada me interesan.
Y caminé pensando en
la forma de prolongar este estado de perfección absoluta. Había que quedarse
allí como fuera. Una heladería. En otros tiempos amaba el helado de limón. Entré guiada del instinto y quedé deslumbrada
en el acto. El sol de poniente lamía las sillas brillantes donde mil soles
venían a morir, y el viento embravecido se retorcía y gemía hacia el patio
interior, como el chal de una geisha caminando. Todo era nuevo.
Dos jóvenes hermosísimas regentaban el sitio. Una aviaba las
mesas, para futuros clientes, la otra me miraba desde sus ojos grandes, tras la
pira de helados de múltiples colores.
Salí de allí perfectamente joven, perfectamente buena,
perfectamente guapa, después de que la camarera me desease buena tarde.
Y digo yo. ¿Será esto la felicidad? Lo ignoro. Pero si es un
estado del que no se desea salir ¿qué importa la palabra?
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