Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. |
José Saramago |
Ay Saramago. Desde que tú te has ido, hemos retrocedido ochocientos años. Yo que te llevaba en mis cintas azules de niña, de cuando soñaba que tenía los ojos azules, y había un cielo y un elefante y un libro tuyo siempre nuevos para comprar.
Ya no estás Saramago. Ya no están mis libros de entonces ni mi librería linda, ni esa casa soñada que apenas fue mía tan sólo un rato llena de visillos blancos, llena de sueños con cintas de colores y niños y pájaros de color verde.
Ya no estás Saramago. Me deseaste suerte, pero sabías que no la tendría. Por eso me susurraste al oído: “suerte”.
Ni entonces ni ahora. Lo sabías. Con tu ojo mecánico de buey que todo lo sabe, con la cancela abierta de tu casa, con tus piernas tan largas, y tu perro y la música que sigue sonando cuando pienso en ti Saramago y vas tú y me preguntas a qué me dedico. Y te parece una cosa difícil, esta de conocer al otro. Qué razón tenías, Saramago. Es difícil conocer a las personas en un rato. Incluso es difícil conocer a las personas en muchos ratos.
Yo misma sólo me conozco a ratos, y mira que ya son años de conocimiento.
Era todo difícil y no lo sabíamos, todo fugaz como una mariposa, y no lo sabíamos.
Me perdí Saramago, no te gustaría verme. Ya no leo las mil y una noches, ya no leo tu ensayo sobre la ceguera. Estoy ciega y caí, tiré el remo de mi barca por la borda y ya sólo sirvo para sierva de la gleba.
Nos veremos cualquier día Saramago, será junto al árbol que abrazó tu abuelo antes de morir, será en un verano, de paseo por una playa como esta playa que tengo a mis pies en este verano rosa y desconocido, será en el recuerdo de lo que nunca debiéramos olvidar, y olvidamos a manos llenas.
Será que estamos ciegos, como dices, será que estamos huérfanos, será que somos ciegos y no queremos ver, ay Saramago. Ya no están mis libros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario