lunes, 22 de agosto de 2016

SARAMAGO.


Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran. 

José Saramago



Ay Saramago. Desde que tú te has ido, hemos retrocedido ochocientos años. Yo que te llevaba en mis cintas azules de niña, de cuando soñaba que tenía los ojos azules, y había un cielo y un elefante y un libro tuyo siempre nuevos para comprar.

Ya no estás Saramago. Ya no están mis libros de entonces ni mi librería linda, ni esa casa soñada que apenas fue mía tan sólo un rato llena de visillos blancos, llena de sueños con cintas de colores y niños y pájaros de color verde.

Ya no estás Saramago. Me deseaste suerte, pero sabías que no la tendría. Por eso me  susurraste al oído: “suerte”.

Ni entonces ni ahora.  Lo sabías. Con tu ojo mecánico de buey que todo lo sabe, con la cancela abierta de tu casa, con tus piernas tan largas, y tu perro y la música que sigue sonando cuando pienso en ti Saramago y vas tú y me preguntas a qué me dedico. Y te parece una cosa difícil, esta de conocer al otro. Qué razón tenías, Saramago. Es difícil conocer a las personas en un rato. Incluso es difícil conocer a las personas en muchos ratos.

Yo misma sólo me conozco a ratos, y mira que ya son años de conocimiento.

Era todo difícil y no lo sabíamos, todo fugaz como una mariposa, y no lo sabíamos.

Me perdí Saramago, no te gustaría verme. Ya no leo las mil y una noches, ya no leo tu ensayo sobre la ceguera. Estoy ciega y caí, tiré el remo de mi barca por la borda y ya sólo sirvo para sierva de la gleba.

Nos veremos cualquier día Saramago, será junto al árbol que abrazó tu abuelo antes de morir, será en un verano, de paseo por una playa como esta playa que tengo a mis pies en este verano rosa y desconocido, será en el recuerdo de lo que nunca debiéramos olvidar, y olvidamos a manos llenas.

Será que estamos ciegos, como dices, será que estamos huérfanos, será que somos ciegos y no queremos ver, ay Saramago. Ya no están mis libros.

jueves, 11 de agosto de 2016

La felicidad. Crónicas desde Labarrosa.



Ayer salí de la farmacia por tercera vez en el mismo día. Feliz. Esta vez sí había conseguido la medicina. Con mi tesoro en el bolso enfilé la calle que da a la carretera. Caía el sol, y el viento de levante estaba dando tregua.
Caminé segura, invadida de un sentimiento suave, pequeño, recóndito, y tan parecido a un recuerdo perdido, que apenas lo reconocí. ¿será esto la felicidad? Me pareció la cosa más fácil.
De pronto no entendía qué había hecho todo este tiempo de ausencia, todo ese tiempo perdido y derramado por las rendijas de los miles y cientos de días de trabajo, comidas, cenas y mañanas, cuando anduve perdida entre la bruma de las televisiones que anunciaban desastres infinitos, y yacía muerta entre papeles y compulsas y números y cuentas y ojos que me miran y cuerpos que se esconden, detrás de las ventanas y palabras que nada me interesan.
 Y caminé pensando en la forma de prolongar este estado de perfección absoluta. Había que quedarse allí como fuera. Una heladería. En otros tiempos amaba el helado de limón.  Entré guiada del instinto y quedé deslumbrada en el acto. El sol de poniente lamía las sillas brillantes donde mil soles venían a morir, y el viento embravecido se retorcía y gemía hacia el patio interior, como el chal de una geisha caminando. Todo era nuevo.
Dos jóvenes hermosísimas regentaban el sitio. Una aviaba las mesas, para futuros clientes, la otra me miraba desde sus ojos grandes, tras la pira de helados de múltiples colores.
Salí de allí perfectamente joven, perfectamente buena, perfectamente guapa, después de que la camarera me desease buena tarde.
Y digo yo. ¿Será esto la felicidad? Lo ignoro. Pero si es un estado del que no se desea salir ¿qué importa la palabra?