martes, 14 de febrero de 2017

El viejo profesor.

In memoriam


Juan José Vila Domingo. 
Fue Director del Colegio FEM,  Madrid, durante treinta años.
Fallecido en Madrid el 26 de enero de 2017


En aquellos años setenta en que la mayoría de colegios de Madrid eran religiosos, el viejo profesor, su familia y un pequeño grupúsculo de profesores habían creado un colegio minúsculo donde aplicaban a la enseñanza sus propias ideas.
Era un colegio en tres chalets con jardín, cerca de la casa de Vicente Aleixandre. Mi clase de doce años era de las más numerosas, pero alguna clase de los alumnos mayores contaba no más de seis alumnos. Era un colegio mixto y anglo-español.
Supongo que el viejo profesor, que regentaba el sitio y tenía un físico de marqués inglés, no era perfecto, pero era un profesor vocacional que amaba lo que hacía, amor y vocación que compartían el resto del apretado elenco de profesores.
Por él, gente de letras como yo, amamos hasta hoy el cuarzo, el feldespato y la mica, los tres componentes del granito que forma la sierra de Madrid, que es una montaña muy muy antigua, y de ahí sus formas redondeadas y su piedra porosa.
Con el profesor Dandy viajamos los jóvenes alumnos de entonces por España. Visitamos las cuevas de Altamira, la Alhambra de Granada, los Picos de Europa, Covadonga y Cullera. Memorables viajes que aún hoy recordamos, porque nos ennoviamos por primera vez, o nos desenamoramos, pero hiciéramos lo que hiciéramos, en esas excursiones de luz, la luz bruñía su acero en nuestras almas, a la edad en que la luz aún nos penetra.
Un tiempo nunca perdido, siempre reencontrado, en que comíamos en paradores nacionales de donde nos llevábamos los panecillos para la merienda, mientras escuchábamos las explicaciones eruditas del profesor en el autobús y por las calles de Guadalupe.
 Con él aprendí verdades que nunca he olvidado.
 A los doce nos explicó el misterio de la muerte en el laboratorio de ciencias con huesos de verdad. Como un prestidigitador sacó una calavera y dijo que no había lugar a aspavientos en su clase, ya que todos acabaríamos así un día u otro, lo cual era el único hecho seguro de la vida, motivo además para tratar con respeto los huesos de los muertos que también éramos.
El misterio de la vida nos lo enseñaría después en atónitas diapositivas donde nos mostraba en dibujos la reproducción humana y su falta de misterio.
Un avanzado, el viejo profesor Vila, que entonces era joven y no seguía en absoluto los programas del Ministerio.
Un día, o serían más, dijo públicamente el profesor que en esta vida se puede ser cualquier cosa menos tonto.  Ya ves Sr. Vila que no te mentí el otro día, cuando hablé contigo en una iglesia hace dos meses, por última vez, porque todos los días te recuerdo, a la vista de las cosas que pasan y nunca dejan de pasar en un mundo que no pasa.
También nos enseñaste la ética importante, la que atañe a los resultados en los otros. Lo imperdonable no es hacerlo mal, sino no reconocerlo, y hacer que sean los otros quienes carguen así con nuestras cuitas.
Intentabais enseñarnos a razonar, relacionar, comparar, admirar y apreciar el mundo y nuestra suerte frente a otros: “qué fácil es explicaros a vosotros el mar”, suspiraste, “en el Instituto es más complicado, la mitad de los alumnos nunca ha visto el mar”. Toda una revelación sobre desigualdad, a los trece años.
Han pasado muchos años desde esos años en que fuiste mi profesor en aquel colegio laico, mixto y creyente, pero lo que me enseñaste lo recuerdo todos los días, y lo he recordado hoy  delante de tu féretro. Y he estado de acuerdo con tu mujer, Juani, que te quiere y ha dicho que te ha tapado porque eras tan estupendamente guapo que no quería que nadie te viese mal.
Y sabes, ante tu féretro hoy, donde yo sé que ya no estás, he recordado la calavera, tu amor por las montañas y las pinturas rupestres y el mar, y la vida, y te he deseado mucha mucha suerte en tu nuevo camino. Y me ha parecido que sonreías.