Juan José Vila Domingo.
Fue Director del Colegio FEM, Madrid, durante treinta años.
Fallecido en Madrid el 26 de enero de 2017
En aquellos años setenta en que la mayoría de colegios de
Madrid eran religiosos, el viejo profesor, su familia y un pequeño grupúsculo
de profesores habían creado un colegio minúsculo donde aplicaban a la enseñanza
sus propias ideas.
Era un colegio en tres chalets con jardín, cerca de la casa
de Vicente Aleixandre. Mi clase de doce años era de las más numerosas, pero alguna clase
de los alumnos mayores contaba no más de seis alumnos. Era un colegio mixto y anglo-español.
Supongo que el viejo profesor, que regentaba el sitio y
tenía un físico de marqués inglés, no era perfecto, pero era un profesor
vocacional que amaba lo que hacía, amor y vocación que compartían el resto del
apretado elenco de profesores.
Por él, gente de letras como yo, amamos hasta hoy el cuarzo,
el feldespato y la mica, los tres componentes del granito que forma la sierra de
Madrid, que es una montaña muy muy antigua, y de ahí sus formas redondeadas y
su piedra porosa.
Con el profesor Dandy viajamos los jóvenes alumnos de
entonces por España. Visitamos las cuevas de Altamira, la Alhambra de Granada,
los Picos de Europa, Covadonga y Cullera. Memorables viajes que aún hoy
recordamos, porque nos ennoviamos por primera vez, o nos desenamoramos, pero hiciéramos
lo que hiciéramos, en esas excursiones de luz, la luz bruñía su acero en nuestras
almas, a la edad en que la luz aún nos penetra.
Un tiempo nunca perdido, siempre reencontrado, en que comíamos
en paradores nacionales de donde nos llevábamos los panecillos para la merienda,
mientras escuchábamos las explicaciones eruditas del profesor en el autobús y
por las calles de Guadalupe.
Con él aprendí verdades
que nunca he olvidado.
A los doce nos
explicó el misterio de la muerte en el laboratorio de ciencias con huesos de
verdad. Como un prestidigitador sacó una calavera y dijo que no había lugar a
aspavientos en su clase, ya que todos acabaríamos así un día u otro, lo cual
era el único hecho seguro de la vida, motivo además para tratar con respeto los
huesos de los muertos que también éramos.
El misterio de la vida nos lo enseñaría después en atónitas diapositivas
donde nos mostraba en dibujos la reproducción humana y su falta de misterio.
Un avanzado, el viejo profesor Vila, que entonces era joven
y no seguía en absoluto los programas del Ministerio.
Un día, o serían más, dijo públicamente el profesor que en
esta vida se puede ser cualquier cosa menos tonto. Ya ves Sr. Vila que no te mentí el otro día, cuando
hablé contigo en una iglesia hace dos meses, por última vez, porque todos los días
te recuerdo, a la vista de las cosas que pasan y nunca dejan de pasar en un
mundo que no pasa.
También nos enseñaste la ética importante, la que atañe a
los resultados en los otros. Lo imperdonable no es hacerlo mal, sino no
reconocerlo, y hacer que sean los otros quienes carguen así con nuestras cuitas.
Intentabais enseñarnos a razonar, relacionar, comparar, admirar
y apreciar el mundo y nuestra suerte frente a otros: “qué fácil es explicaros a
vosotros el mar”, suspiraste, “en el Instituto es más complicado, la mitad de los
alumnos nunca ha visto el mar”. Toda una revelación sobre desigualdad, a los
trece años.
Han pasado muchos años desde esos años en que fuiste mi
profesor en aquel colegio laico, mixto y creyente, pero lo que me enseñaste lo
recuerdo todos los días, y lo he recordado hoy
delante de tu féretro. Y he estado de acuerdo con tu mujer, Juani, que
te quiere y ha dicho que te ha tapado porque eras tan estupendamente guapo que
no quería que nadie te viese mal.
Y sabes, ante tu féretro hoy, donde yo sé que ya no estás,
he recordado la calavera, tu amor por las montañas y las pinturas rupestres y
el mar, y la vida, y te he deseado mucha mucha suerte en tu nuevo camino. Y me
ha parecido que sonreías.
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