El otro día me levanté con la sensación de que ese día me
iba de excursión con el colegio. Luego miré al cielo y el cielo estaba azul como
en la infancia. Era el cielo de cuando murió mi abuelo allá en mis trece años y
yo ya estaba enamorada.
Ayer noche una mano en tu cara me hizo feliz. En mi felicidad conviven el recuerdo presente
de un viaje a Italia con mis hijos el año que murió mi madre, con la misa a la
que asistí rogando por ella, o por mí, esa víspera marchita. La vida y la
muerte de los que amo mezcladas en recuerdos, imágenes que trascurren y se van
marchando y vuelven y se renuevan.
Lo que me hace feliz es tan simple como una palabra amable y
sincera, nueva o antigua, la compasión y el perdón para los que me han herido,
y el perdón conmigo, por aquellos a los que herí, y a veces, muchas veces, el
silencio o la música.
Lo que me desgracia es la cháchara y la huida. Lo que me
atropella es la doblez y la envidia, la temeridad del rencor propio y ajeno.
Porque sólo se ser feliz cuando soy una niña. Sencillamente.
La vida sólo tiene sentido en el sentido sencillo, próximo y amoroso de la
palabra. Un riesgo para valientes.
La simplicidad y la pureza de corazón nos ayuda a caminar por la vida día a día.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario, querid@ desconocid@, o conocid@..
ResponderEliminarNo es sencillo destacar, como lo haces, que la sencillez es lo único que sirve como vehículo de transmisión de las cosas que dan sentido a la vida. Carlos Álvarez
ResponderEliminarGracias Carlos, creo que en mi aprendizaje de ello, personas como tú han tenido bastante que ver.
EliminarBesos