miércoles, 20 de junio de 2018

Atención Primaria




Me dijeron que tenía que contar mi currículum ante un grupo de ilustres directores de centros de salud y yo me puse a pensar en qué contarles.

Lo que finalmente dije ese 9 de abril no tiene nada que ver con lo que yo pienso, o más bien siento, sobre Atención Primaria. Si es que pensar y sentir son de verdad diferente cosa.

Lo primero que recordé intentando diseñar mi pequeño discurso es que mi vida laboral la inicié en un ambulatorio.

Por una extraña carambola del destino coticé,  por primera vez, con un mes de sustitución de enfermería; creo que era aún menor.

Eran otros tiempos, quizá más grises y remotos. Las niñas sustituían  enfermeras, los pacientes eran mansos, quizá más viejos y agradecidos, y olían a colonia añeja. Los médicos eran todos,  o casi todos, médicos y muy serios, y sonreían poco. En Navidad los enfermos les hacían regalos. 

Las horas del verano discurrían por el ambulatorio con la lentitud de una serpiente, sin aire acondicionado, subiendo y bajando la ancha escalera que daba la vuelta al interior del edificio de la calle Quintana.

Este primer trabajo anduvo olvidado, enterrado en mi memoria hasta que  un papelito de vida laboral no solicitado a la Seguridad Social me obligó a recordar.

En un lejano y caluroso verano de Madrid, yo  me había vestido una bata  y me había metido  en una consulta  de la planta cuarta a escribir recetas para tres médicos diferentes cada mañana. Uno cada dos horas, como funcionaba entonces atención primaria.

Mi madre no sé si vestía entonces de azul, o había ya pasado al blanco precursor de las enfermeras de ahora,  o iría  aún de azul, con cofia, y delantal, como la recuerdo y he visto en fotos con sus compañeras. Mi madre en la cuarentena,  sonriente, feliz en su trabajo, la artífice de mi trabajo eventual; me protegía cuidadosamente de uno de aquellos tres médicos al que apodaban el mono.

El mono era hombre brusco y  temido por las enfermeras, pero a mí me hacía reír al  mostrarme cómo todas las camisas y las batas le quedaban cortísimas de manga, " como si fuera un mono", decía.

Era otro mundo. Mi madre hacía pocos años se había iniciado como enfermera, aunque enfermera de la Cruz Roja lo fuera desde siempre, por el contumaz empeño de su padre.

Mi madre vivió un tiempo en que las mujeres no trabajaban. Ella no heredó el brío de mi abuelo, que aprobó su cátedra de medicina en Valladolid,  a los veintisiete años, y en lucha permanente contra la adversidad, y ni mucho menos  su amor por el trabajo.

Pero un día una jefa de enfermeras de la calle Sagasta llamada Flavia colocó a mi madre en el ambulatorio. Todos sus hijos ya éramos mayores. La mayor, que era yo, tenía 12 años.

Mi madre solía hablar de Flavia con naturalidad. Como si la conociera y frecuentara. Flavia solucionaba y decidía, colocaba y descolocaba y lo hacía todo por teléfono en un pispás. A mí me maravillaba ese nombre; Flavia, romano, sonoro. Fue ella quién me colocó a mí ese mes de verano. Sin conocerla y sin pedirlo.

Pocos años antes, por teléfono y en un pispás, supongo, mi madre fue destinada a radioterapia, fue al poco tiempo de entrar en el ambulatorio e ignoro el motivo.

La cosa es que un tiempo después, la acompañaba yo  al ambulatorio a unas horas extemporáneas de la mañana, Alberto Aguilera abajo, hacia Princesa, un día oscuro y glacial de los de antes, y ella se puso a contarme sobre su trabajo en radiología. Sus pacientes, casi todas enfermas de cáncer de mama, a las que conocía por su nombre y con quienes tejía una amistad más o menos, acababan por desaparecer un día, ya no volvían más. Yo le pregunté  por qué, y a ella se le quebró la voz al decir que se morían todas.

Mi madre fue un instante mi heroína aquella mañana de invierno, creo que entreví cosas de ella que hasta entonces ignoraba, porque ella, que no se había levantado jamás a llevar a sus hijos al colegio, y ni siquiera a hacerles el desayuno, ahora era la cuidadora   de señoras a las que quería tanto que  lloraba. Y eso a riesgo de su propia salud, que enseguida se resintió de una bajada de defensas por las radiaciones, con lo que fue devuelta de inmediato, a su antiguo oficio de  enfermera pasante.

Y así pasaron los años y los años. Ella pasó del azul al blanco, de un ambulatorio a otro, cada vez más cerca de su casa, del título de enfermería a secas al de A T S, y  de la luz a la oscuridad.

Un día fui a buscarla, casi al final, y la vi salir a llamar a los pacientes al pasillo. Llamaba con su voz fina y quebradiza y todos ellos, más viejos que ella, se le agolpaban y amotinaban.

Yo curioseaba divertida desde una esquina, hasta que un hombre muy mayor se me acercó y  me dijo que la señorita enfermera estaba mayor para llamar, yo le dejé hablar eso y más, y cuando hubo acabado le dije que la señorita enfermera es mi madre, y el tipo desgraciado que no es verdad.

Podría escribir una vida. Pero la elipsis de una vida se concreta en el 30 de marzo de 2018 en que entré por primera vez en el centro de salud de Barrio del Pilar y me pareció que volvía a entrar a uno de esos ambulatorios donde trabajó mi madre.

De forma misteriosa ella estaba allí. Los años han pasado, las enfermeras son nuevas y diferentes, los médicos se han vuelto médicas y sonríen más, y a los pacientes, que a veces son  ciudadanos o discentes, hay que pedirles que  callen por la megafonía y anunciarles en un cartel que la hora de cita es sólo estimada. Ya no podemos llamarlos en la sala de espera por sus nombres y apellidos, si van al especialista, por protección de datos.

Todo un mundo nuevo, como el nuevo mundo, y sin embargo allí estaba presente, la voz frágil de mi madre, su sonrisa, su olor, el eterno dulzor de la Atención Primaria.







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