miércoles, 7 de septiembre de 2016

Historias de un mismo número. Cuento 09.


Os presento a Lorenzo Esteban Jódar.

Estupendo cuentista, de quien valga, para muestra un botón.

Una de las piezas de su libro  "Cuentos del alma".

Que lo disfrutéis.



He hecho el cálculo exacto varias veces. Lo he repetido aplicando distintos métodos. Y el resultado es siempre el mismo. He escrito los cálculos manualmente y luego en el ordenador. (Como muestra de mi humildad impuesta, no por mí mismo, sino por la propia realidad, he de reconocer que manualmente me equivoqué y tardé algo más que con el ordenador, pero al final con paciencia, la de mi mujer quiero decir, que está un poco harta de tanto cálculo, también comprobé el resultado con mi zocata). No hay duda por muy aterrador que pueda parecer. Cada día desaparecen en el mundo 300.000 personas. Cuando digo ‘desaparecen’, quiero decir que todas ellas, sin excepción, pasan al recuerdo, que es como la antesala de la historia, que a su vez es el camino o el preámbulo del olvido. Ayer, anteayer, cada día de esta semana, de la semana pasada, durante todo este mes, durante todos los días que ya no volverán este año. Mueren en China, en la India, que hay muchos, en Japón, en Bolivia, en Cuba, en Estados Unidos, en Islandia, en España,… en total sumando, sin repetir ni hacer trampas, como en las encuestas electorales, (que no hacen trampas, obviamente quiero decir),… mueren 300.000 personas. No diré que mueren una tras otras, porque el día solo tiene 86.400 segundos. Pero qué más da que hasta para morirse tengan que compartir un mismo segundo, el caso es que cada día suspiran por última vez 300.000 hombres y mujeres. Personas anónimas, padres, madres, abuelos, niños, electricistas, fontaneros, notarios, cabreros, inspectores de hacienda, religiosos, políticos, ladrones, drogadictos, camellos, pilotos, suegras,…) (pido perdón por esta desordenada enumeración, pero es la que me ha salido sin pensarlo,… o quizás sin ser consciente de por qué lo pensaba).

Hoy ha muerto ella. Nadie se ha dado cuenta. Ni el Presidente de Estados Unidos, ni el locutor de la tele, ni el tertuliano chismoso que sigue riendo sin respeto a su inmensa ausencia,… nadie se ha dado cuenta. Sólo yo,…, sólo yo creo saber lo que significa que ya no puedo oír su voz, sentir su mano suave y cálida, su olor seductor. Y tengo el alma rota, la desolación cayendo a raudales hasta lo hondo de mi alma agrietada. La tristeza me tiene encadenado, no me deja pensar, ni gritar, ni llorar. Ya mi vida no será como antes, como hace sólo un segundo, nada más que un segundo, nunca más. Ya estoy un poquito más afuera, más solo, inmensamente solo. Me acuerdo de ella, de ella y ahora no se por qué me da por acordarme de los otros 299.999 que hoy quisieran retroceder en el tiempo sólo un día, apenas unas horas. Que saben que nadie se dará cuenta de lo que hoy ha pasado, como yo no me di cuenta de lo que pasó ayer, ni anteayer, ni… 


No hay comentarios:

Publicar un comentario