domingo, 12 de junio de 2016

MATAR


“Se ignora que el valor es virtud de los inermes, de los pacíficos-nunca de los matones-, y que a última hora las guerras las ganan siempre los hombres de paz, nunca los jaleadores de la guerra. Sólo es valiente el que puede permitirse el lujo de la animalidad que se llama amor al prójimo, y es lo específicamente humano”. A. Machado

MATAR

Todas las heridas son la misma herida. Si tú lloras, lloraré, si eres feliz me alegraré, porque  siento todo lo que te pasa.  No me des las gracias. Mi cerebro nuevo, desde el que te escribo,  desde el que me lees, no  permite desconocernos. Si te mueres me moriré un poco, porque te llevo dentro, si no tienes qué comer, tu hambre será mi hambre. Conocer las innumerables desgracias de esta vida no nos permitirá evitarlas, pero nada  podrá separarnos, porque nos pensamos.

Hemos sobrevivido a través de los tiempos, errantes por el mundo, tú y yo, a lo largo de esas largas caminatas por la sabana y el desierto.   Cruzando montañas y mares, a paso lento pero firme, con nuestras largas piernas, siempre juntos, contra toda desgracia,  hemos llegado más lejos que todos los animales juntos, tú y yo, que por separado no habríamos sobrevivido a una sola noche.

Pero a veces tengo miedo, siento el horror de la muerte, la soledad, y el vacío de este mundo donde también tú existes, y confundo mi pánico  contigo. Ya no te siento dentro de mí, sino fuera. Y esa amenaza incierta de lo desconocido, ése vértigo, no cesa hasta que le pongo un nombre a mi miedo, un nombre que ahora es tu nombre.

Mi cerebro viejo, el de los reptiles, no te reconoce, nunca lo ha hecho, él no habla, ni sabe ni imagina que tú y yo somos parecidos, que sentimos y pensamos casi  igual, que somos genéticamente  hermanos , hermanos.  Mi cerebro viejo sólo sabe de instintos y necesita un  culpable para mi muerte cierta, para mi desgracia, para mi incierta vida.

Tengo que explicar mi odio hacia tí, y como soy un ser humano,  utilizo mi cerebro nuevo con el que te conocía antes, y él me da la clave para destruirte. Tú ya no eres yo, ya no camino a tu lado, he olvidado nuestro origen y te quiero matar, porque como el ruiseñor me amenazas con tu existencia,  y me obligas a ello.

Pero  son justificaciones. Yo sé que disfruto matándote, porque sé muy bien que no tengo el valor suficiente para vivir, necesito que tú mueras. 

Te mato y lo hago en el nombre del bien. Quizá fue terrible, una atrocidad, digo a solas, y a veces ante multitudes,  pero era necesario, el enemigo dañino, ese, no era de los míos, de los nuestros, él nos estaba aniquilado.

Había decidido no hablar de la actualidad en este blog, pará qué, si la barbarie de este mundo es siempre la misma, pero tantas y tantas víctimas de los últimos tiempos no me dejan callar. Toda herida es la misma herida. Mi herida. Descansen en paz las víctimas de Noruega y de tantos otros lugares de este bárbaro mundo.

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