A la
dama de azul no la conocí en vida. Lo hice después, cuando se presentó ella
solita en su dormitorio. La conocí en su plenitud, hermosa de vida y juventud,
vestida de azul en su retrato, sobre su propia cama blanca de dos cuerpos de
noventa. Las sábanas eran suaves y blancas y la cama mullida invitaba al
descanso. Yo pregunté entonces como una dama con un armario de siete metros de
ancho y una casa tan linda se había ido suicidado durante años, de a poquitos,
hasta conseguirlo. No recibí contestación a esta pregunta y sí más tarde la
constatación de que en esa habitación elegante y junto al armario, la dama
almacenaba medicinas suficientes para suicidase al menos treinta personas del
tirón. Pobrecita, dijo mi hermana médico, mientras revisaba las bolsas de
plástico donde se almacenaban los remedios, cuánto debía sufrir.
Sufriría
la dama y entonces haría sufrir a otros, y almacenaría cajas y cajas de
medicamentos, como una ONG de la que ella misma fuera la única beneficiaria,
sin consumirlos nunca y por el mero placer de almacenarlos por si un día
decidía de una vez morir o vivir definitivamente. Pero el caso finalmente no se
dio. El destino juega jugadas fatales a quien se atreve con él. Nunca digas no
sé. Así que me puse de pronto a defender a la dama. Con todo este arsenal si no
se ha muerto antes es que no quería morirse. Ya está.
Estaba
de parte de la dama muerta que seguramente nos estaba mirando como nosotras
habíamos entrado a su casa para llevarnos los libros o la ropa que quisiéramos
antes que se lo llevasen todo a la basura o a Cáritas.
Comenzamos
por los libros y yo elegí una colección de historia de Madariaga, no sabía muy
bien por qué, por si algún día tengo que documentarme dije, aunque los libros
estaban escritos en 1930, mucho antes que la dama de azul, o las que estábamos
ese mediodía en su casa hubiéramos nacido. Avanzaba el mediodía y el aire se
espesaba. Indiqué que tenía jaqueca desde el día anterior y deseaba marcharme
porque sentía allí el dolor colgado del aire y las malas vibraciones de la dama
pegadas a la piel. Lo dije y mi hermana, la que no es médico, me dio la razón.
A mí también me pasa.
Así
que salimos a descansar un momento y comer algo en una terraza, a medio llover
ya, unas cuantas gotas que cuando la cuenta, ya eran lluvia fina. Pero mi
hermana médico propuso dar una vuelta a la manzana y echó a andar, seguramente
por aquello de la vida saludable y porque la terraza del bar donde no habíamos
comido estaba al lado del portal de la dama. La seguimos las otras dos hermanas
y a la vuelta de la esquina la lluvia era un chaparrón con un viento tan
excéntrico y fluido que parecía una tempestad. Siempre por hacerte caso.
Corrimos las tres, por primera vez ese día risueñas hasta el portal de la dama
de azul.
Mi
hermana no médico intentó abrir la puerta del portal sin conseguirlo. Pues qué
hacemos, al entrar nos había abierto un vecino. No podemos marcharnos y dejar
la alarma desactivada. Tras diez minutos de infructuosos intentos mis dos
hermanas decidieron que yo llamaría a los telefonillos desconocidos y yo
conseguiría un domingo a las cuatro de la tarde y jarreando, que alguien nos
abriera. No quise preguntar por qué era yo la elegida para la encomienda. Le
pregunté a mi hermana no médico el nombre de la dama y me puse a timbrar.
Al
tercer intento indiqué el piso y la letra de adónde iba y al otro lado del
telefonillo me contestó una dama muy viva que en ese piso no vive nadie, je. No
claro, no vive nadie, somos familia de la dama de azul, es que ha fallecido,
recientemente, entonces la dama je, se sintió algo avergonzada, sí, pasen,
susurró y abrió al instante. Y perdóneme, añadí, por arreglar su zozobra. No
quiero disgustos por mi culpa para nadie.
Entramos
en el portal y nos dirigimos al piso. Y je, no era este portal, sólo se le
parecía. Lo que sí había en el piso homónimo eran cajas amontonadas a la
puerta. Otra dama muerta recientemente. Otra dama de la que su vecina
desconocía el nombre. Vaya casualidad. Nos hemos equivocado de número de portal.
Es el número de al lado.
La
llave abrió a la primera en el portal de al lado. Ahora tocaba probar la ropa.
Ropa de firmas caras cuidadosamente clasificada, plastificada, era una mujer de
buen gusto esta dama, y ordenada. Tenía muchas virtudes, dije, reconociendo
algunas que a mí me faltan.
Le
gustaban los pantalones y eran casi todos de mi talla. Mi hermana médico
sugirió que tenían que estar todos arreglados, a ver como si no van a tener tan
poca cintura y tanta cadera. Lo estarán, no lo sé, pero eran milagrosamente de
mi talla que casi nunca llevo pantalones por el problema de las tallas y el
tiro y la cintura y.
Me
desnudé y me fui probando su ropa, la ropa nueva de la dama de azul, o la ropa
aún con la etiqueta del tinte. La ropa que se pegaba a mi piel, mientras la
jaqueca se iba achicando de a pocos, como su suicidio.
Por
qué una mujer como la dama, con sus antigüedades de salón, sus muebles de cuero
y seda antigua, sus cuadros de valor, su libro de mil seiscientos a un lado de
la sala, su patio hermoso con sus mil plantas, su despacho y su equipo de música en el
dormitorio, por qué esa mujer era tan
desgraciada.
Eso
lo sabrás tú me dijo un amigo al explicarle todo esto, que eres del ramo, del
ramo…yo sólo pensaba en la dama y en su muerte y en la muerte de la otra dama y
en las ciudades que devoran a las damas anónimas vestidas de azul o de verde o
sin ropa que llevarse al cuerpo desnudo. Y me sentí extraña y pequeña, pensando
que la dama de azul y yo somos de la misma talla. Eso es lo único seguro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario