domingo, 8 de marzo de 2015

DAMA DE AZUL


 

 

A la dama de azul no la conocí en vida. Lo hice después, cuando se presentó ella solita en su dormitorio. La conocí en su plenitud, hermosa de vida y juventud, vestida de azul en su retrato, sobre su propia cama blanca de dos cuerpos de noventa. Las sábanas eran suaves y blancas y la cama mullida invitaba al descanso. Yo pregunté entonces como una dama con un armario de siete metros de ancho y una casa tan linda se había ido suicidado durante años, de a poquitos, hasta conseguirlo. No recibí contestación a esta pregunta y sí más tarde la constatación de que en esa habitación elegante y junto al armario, la dama almacenaba medicinas suficientes para suicidase al menos treinta personas del tirón. Pobrecita, dijo mi hermana médico, mientras revisaba las bolsas de plástico donde se almacenaban los remedios, cuánto debía sufrir.

Sufriría la dama y entonces haría sufrir a otros, y almacenaría cajas y cajas de medicamentos, como una ONG de la que ella misma fuera la única beneficiaria, sin consumirlos nunca y por el mero placer de almacenarlos por si un día decidía de una vez morir o vivir definitivamente. Pero el caso finalmente no se dio. El destino juega jugadas fatales a quien se atreve con él. Nunca digas no sé. Así que me puse de pronto a defender a la dama. Con todo este arsenal si no se ha muerto antes es que no quería morirse. Ya está.

Estaba de parte de la dama muerta que seguramente nos estaba mirando como nosotras habíamos entrado a su casa para llevarnos los libros o la ropa que quisiéramos antes que se lo llevasen todo a la basura o a Cáritas.

Comenzamos por los libros y yo elegí una colección de historia de Madariaga, no sabía muy bien por qué, por si algún día tengo que documentarme dije, aunque los libros estaban escritos en 1930, mucho antes que la dama de azul, o las que estábamos ese mediodía en su casa hubiéramos nacido. Avanzaba el mediodía y el aire se espesaba. Indiqué que tenía jaqueca desde el día anterior y deseaba marcharme porque sentía allí el dolor colgado del aire y las malas vibraciones de la dama pegadas a la piel. Lo dije y mi hermana, la que no es médico, me dio la razón. A mí también me pasa.

Así que salimos a descansar un momento y comer algo en una terraza, a medio llover ya, unas cuantas gotas que cuando la cuenta, ya eran lluvia fina. Pero mi hermana médico propuso dar una vuelta a la manzana y echó a andar, seguramente por aquello de la vida saludable y porque la terraza del bar donde no habíamos comido estaba al lado del portal de la dama. La seguimos las otras dos hermanas y a la vuelta de la esquina la lluvia era un chaparrón con un viento tan excéntrico y fluido que parecía una tempestad. Siempre por hacerte caso. Corrimos las tres, por primera vez ese día risueñas hasta el portal de la dama de azul.

Mi hermana no médico intentó abrir la puerta del portal sin conseguirlo. Pues qué hacemos, al entrar nos había abierto un vecino. No podemos marcharnos y dejar la alarma desactivada. Tras diez minutos de infructuosos intentos mis dos hermanas decidieron que yo llamaría a los telefonillos desconocidos y yo conseguiría un domingo a las cuatro de la tarde y jarreando, que alguien nos abriera. No quise preguntar por qué era yo la elegida para la encomienda. Le pregunté a mi hermana no médico el nombre de la dama y me puse a timbrar.

Al tercer intento indiqué el piso y la letra de adónde iba y al otro lado del telefonillo me contestó una dama muy viva que en ese piso no vive nadie, je. No claro, no vive nadie, somos familia de la dama de azul, es que ha fallecido, recientemente, entonces la dama je, se sintió algo avergonzada, sí, pasen, susurró y abrió al instante. Y perdóneme, añadí, por arreglar su zozobra. No quiero disgustos por mi culpa para nadie.

Entramos en el portal y nos dirigimos al piso. Y je, no era este portal, sólo se le parecía. Lo que sí había en el piso homónimo eran cajas amontonadas a la puerta. Otra dama muerta recientemente. Otra dama de la que su vecina desconocía el nombre. Vaya casualidad. Nos hemos equivocado de número de portal. Es el número de al lado.

La llave abrió a la primera en el portal de al lado. Ahora tocaba probar la ropa. Ropa de firmas caras cuidadosamente clasificada, plastificada, era una mujer de buen gusto esta dama, y ordenada. Tenía muchas virtudes, dije, reconociendo algunas que a mí me faltan.

Le gustaban los pantalones y eran casi todos de mi talla. Mi hermana médico sugirió que tenían que estar todos arreglados, a ver como si no van a tener tan poca cintura y tanta cadera. Lo estarán, no lo sé, pero eran milagrosamente de mi talla que casi nunca llevo pantalones por el problema de las tallas y el tiro y la cintura y.

Me desnudé y me fui probando su ropa, la ropa nueva de la dama de azul, o la ropa aún con la etiqueta del tinte. La ropa que se pegaba a mi piel, mientras la jaqueca se iba achicando de a pocos, como su suicidio.

Por qué una mujer como la dama, con sus antigüedades de salón, sus muebles de cuero y seda antigua, sus cuadros de valor, su libro de mil seiscientos a un lado de la sala, su patio hermoso con sus mil plantas,  su despacho y su equipo de música en el dormitorio, por qué esa mujer  era tan desgraciada.

Eso lo sabrás tú me dijo un amigo al explicarle todo esto, que eres del ramo, del ramo…yo sólo pensaba en la dama y en su muerte y en la muerte de la otra dama y en las ciudades que devoran a las damas anónimas vestidas de azul o de verde o sin ropa que llevarse al cuerpo desnudo. Y me sentí extraña y pequeña, pensando que la dama de azul y yo somos de la misma talla. Eso es lo único seguro.

   

   

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