jueves, 12 de marzo de 2015

El padre de Carol


Cuando yo tenga un padre, quiero que sea como el padre de Carol. No me hace falta que esté en los cielos, ni que deba ser santificado todos los días.

Quiero despertarme un día  a mis veintiséis años, para pensar qué suerte he tenido en mi vida porque  él, y sólo él, me ha tocado en suerte.

Es bueno tener un padre que te agarre de  la mano. Un padre que te diga que sí o que no.  Un padre cierto que te mire;  y aunque  cada minuto se componga sólo de sesenta segundos, es bueno saber que todo el tiempo del mundo, ese que no se marca en ningún almanaque, él estará ahí.

Es un privilegio conservar  un padre más allá de los seis años, cuando nos hacen creer que debiera ser todo lo contrario. A veces parece que  a los padres es mejor tirarlos lejos, como a veces a los hombres que no nos aman y no son nuestros padres, cuanto menos a la basura y  al olvido, cuanto menos durante un tiempo prudente, que  a veces,  es para siempre.

El mundo es  más  habitable y seguro, más digno de confianza, cuando una chica ha tenido un padre. Al menos así no deberá buscar a otro padre, y así estará liberada de ser niña y mendiga para siempre.  

No todas hemos tenido tanta suerte, no todas nos despertamos con los ojos de luz  cada  mañana, no todas  dormimos en paz por las noches porque nuestra barca navega segura en la galerna y en la calma, porque vimos a nuestro padre  caminar sobre las aguas, cuando lo necesitábamos.

Las que no tuvimos el padre de Carol nos pasamos la vida buscándolo. Pero eso no existe. Eso del padre de Carol lo ha copado enterito Carol, después de él , nadie.  

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