Cuando yo
tenga un padre, quiero que sea como el padre de Carol. No me hace falta que
esté en los cielos, ni que deba ser santificado todos los días.
Quiero
despertarme un día a mis veintiséis años,
para pensar qué suerte he tenido en mi vida porque él, y sólo él, me ha tocado en suerte.
Es bueno
tener un padre que te agarre de la mano.
Un padre que te diga que sí o que no. Un
padre cierto que te mire; y aunque cada minuto se componga sólo de sesenta
segundos, es bueno saber que todo el tiempo del mundo, ese que no se marca en ningún
almanaque, él estará ahí.
Es un
privilegio conservar un padre más allá
de los seis años, cuando nos hacen creer que debiera ser todo lo contrario. A
veces parece que a los padres es mejor
tirarlos lejos, como a veces a los hombres que no nos aman y no son nuestros
padres, cuanto menos a la basura y al
olvido, cuanto menos durante un tiempo prudente, que a veces, es para siempre.
El mundo es más
habitable y seguro, más digno de confianza, cuando una chica ha tenido
un padre. Al menos así no deberá buscar a otro padre, y así estará liberada de
ser niña y mendiga para siempre.
No todas
hemos tenido tanta suerte, no todas nos despertamos con los ojos de luz cada mañana, no todas dormimos en paz por las noches porque nuestra
barca navega segura en la galerna y en la calma, porque vimos a nuestro
padre caminar sobre las aguas, cuando lo
necesitábamos.
Las que no
tuvimos el padre de Carol nos pasamos la vida buscándolo. Pero eso no existe.
Eso del padre de Carol lo ha copado enterito Carol, después de él , nadie.
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