martes, 10 de marzo de 2015

EL ABUELO


A mi abuelo lo recuerdo trabajando en el despacho de su casa, ya muy viejito. No es que tuviera nada especial que hacer, pero igual recuerdo una secretaria que venía todos los días un par de horas a pasarle sus escritos a máquina.

A mí la figura de la secretaria, el despacho y el abuelo me parecían el mejor de los mundos posibles y aunque han pasado miles de años de aquella imagen, igual sigue siendo para mí la posible existencia de un despacho en silencio y con la luz que entra por la ventana desde un jardín de enormes cedros, el paraíso perdido.

No puedo recordar que edad tendría yo la primera vez que me asomé a aquella ventana de visillos blancos y miré esos árboles de Madrid que siempre he buscado, y es posible que muchos de mis recuerdos estén revueltos, fragmentados y fundidos, y se correspondan a momentos diferentes, porque para los niños el tiempo es rosa y elástico como lo era entonces ese chicle redondo y de tres bucles llamado bazoka.

 Creo recordar un viaje  de Barcelona a Madrid, en avión y con un chupete de emergencia que llevaba el amigo de mis padres que me acompañaba, por si me daba por llorar o extrañar en el viaje. Creo que no lo usé y recuerdo vagamente que el amigo de mis padres me depositó con mis abuelos en el despacho y me dejó allí con un muñeco-payaso de regalo, un payaso diabólico porque se le encendían los ojos, y me daba  miedo. El amigo no me dejó en el salón, lo hizo en el despacho  quizá porque ésta era la habitación que estaba más cerca de la puerta.

El abuelo pasaba sus horas matinales en el despacho, una  habitación que para mí era la sala principal de la casa. Allí guardaba sus cintas adhesivas de muchísimos colores y tamaños, sus papeles de estraza y otros más  finos, cajas de cartón y sus cordeles, las grapas,  gomas de borrar Milan, de todos los tamaños, algunas blancas que eran de “nata” y eran mis preferidas, algunos lazos de colores, rescatados de otros regalos y por si en el futuro  había que envolver regalos, etiquetas enmarcadas de azul para escribir las direcciones en los paquetes, etiquetas que se pegaban a la lengua y sabían a  sello y no había que chupar o bien enjuagarse la boca enseguida; gomas para rematar los paquetes, si hacía falta,  cintas de colores de anchura diversa, lapiceros de grosores grandes y pequeños,  sacapuntas, pegamento tranparente que no se podía tocar, todo ello muy ordenado en cajones de madera  que se escondían bajo las librerías  haciendo el oficio de  zócalo.

Estos pequeños tesoros los sacaba el abuelo y me los mostraba, todo ello servía en principio para hacer paquetes, me decía, en el caso de que un día tuviese que empaquetar algo, aunque no recuerdo al abuelo hacer ningún paquete y seguramente yo le hice sacar y desordenar sus tesoros cien veces, porque yo sentía que mi abuelo amaba esas cosas, sus cosas.

Los cajones remataban la parte más baja de una parte de las librerías  repletas  de libros desconocidos y misteriosos donde hacían un papel especial unos libros enormes, de pasta dura, libros de anatomía,  grandes láminas dibujadas en colores donde se podía observar el cuerpo humano por dentro y por fuera, libros que con el tiempo aprendí a sacar de sus lugares para  mirarlos  cuando los mayores no me veían, quizá es que me habían prohibido hacerlo, no lo recuerdo, todo un universo mágico a mi alcance.

Además de esos libros enormes estaban los otros libros, libros de tamaño corriente, libros sólidos, de colores fuertes, con letras doradas o plateadas, que yo no entendía, en sus lomos, libros de Medicina, me decía el abuelo, pero esos quedaban totalmente fuera de mi alcance porque estaban en las estanterías más altas, mientras que los grandotes que yo espiaba, estaban a mi altura.

El abuelo tenía en su despacho una mesa de madera negra y un sillón, todo ello de estilo muy castellano. Y un llamador de mesa, redondo y dorado que pendía de dos pequeños cordeles;  él lo hacía sonar con un mazo de madera, cuando quería llamar a la abuela que trasteaba en el otro confín de la casa, y que guardaba en la alacena cosas tan extraordinarias como huevos en una huevera de aluminio plegable.

Ella casi nunca venía cuando el abuelo y yo tocábamos con el llamador, lo tocábamos por tocar, y si ella aparecía decíamos que la habíamos engañado y reíamos, él tocaba con santa paciencia para mí y luego me dejaba dar el golpe, otro golpe, yo flojito, un sonido oriental y embrujador, el sonido del bong  que a mí me parecía que demostraba definitivamente que él y sólo él era el más especial de la casa, porque podía llamar a su antojo.

El abuelo tenía todos los dientes y presumía de ello. Hacía todos los días por la mañana una especie de gimnasia bucal que consistía en abrir y cerrar las mandíbulas muchas veces mostrando su dentadura entera. Tenía también pelo, un pelo ralo y blanco que peinaba muchas veces hacia delante, cien hacia atrás, porque aseguraba, así se fortalecía.

El dormitorio de los abuelos comunicaba con el despacho por una puerta que quedaba detrás de la silla del despacho y en el dormitorio se situaba a  la  izquierda de la cama del abuelo. Haciendo ángulo recto con  la puerta, en el frente lateral de su cama, el abuelo ocupaba unos anaqueles de madera, no muy anchos, intercalados por unos armaritos de madera con pequeños frontales de espejo, abatibles. Este era el universo de los afeites y las medicinas del abuelo. Tomaba el abuelo digestina y otras grageas misteriosas, entre las cuales me dejó probar de vez en cuando una que era roja y sabía a caramelo, se trataba de píldoras de vitamina A, me explicó, buenas píldoras para la vista.  

A mí me gustaba mucho ver al abuelo desnudarse para acostarse sin que nunca jamás se le viera un gramo de la piel. Llevaba unos calzoncillos enteros, de color beige  que yo asimilaba con los que llevaban los vaqueros de las películas cuando se tomaban un baño de una forma extraña, es decir, vestidos con la ropa interior, así que yo lo tenía por un señor antiguo, pero muy nuevo a la vez, por el tema de los dientes, ya que las abuelas, las dos, llevaban dentaduras postizas y tenían callos y problemas en los pies que el abuelo tampoco tenía.

El abuelo colocaba un vaso de agua en su mesilla y se echaba a dormir y ya no se sabía de él hasta el día siguiente. Con siete mantas encima, decía la abuela.

Era friolero el abuelo porque en una ocasión y porque era la moda de la época, su madre, una mujer muy bella de ojos azules llamada Bernarda, lo arrojó siendo muy niño al mar helado de Santander, así sin más ni más, me contaba la abuela, pero además, como médico, le gustaba amanecer calado de sudor, porque opinaba, así se eliminaban todas las toxinas.

Sería por las siete mantas o por comodidad, la abuela dormía en la cama de al lado, conmigo. Pero no dormía enseguida. Ella me colocaba a su izquierda y leía el ABC un buen rato, con sus gafas puestas, cuando yo no le preguntaba cosas sobre sus hijos, sobre sus padres, sobre las siete mantas del abuelo, sobre las fotografías de los tíos de Sevilla y Libia colgadas encima de su cama, sobre Carmelita que era grande pero jugaba a la comba conmigo, o sobre los chistes que ella misma me enseñaba en el periódico.

La abuela leía un rato, comentaba para ella a veces cosas del periódico que yo no entendía, miraba las esquelas detenidamente y suspiraba y luego apagaba la luz, se daba media vuelta y rezábamos. Entonces yo me ponía de lado, sobre su espalda, y ella me decía que le pasase la patuca. Así nos dormíamos, yo abrazada a ella, mi pierna entrelazada con la suya. Sólo la luz entreverada que entraba por la ventana podía alterar la calma de la noche, si de pronto me despertaba alguna noche y sentía el temor de la oscuridad y el silencio y me quería levantar y no podía.

Era un día de verano que no recuerdo bien, si es que recuerdo bien algo. De pronto el abuelo se incorporó y la abuela le preguntó que adónde iba a las doce de la noche. A comprar el helado de limón que quiere la niña, dijo él, que hasta ese momento había estado ausente como era su costumbre nocturna. La abuela protestó a voces, pero no le valió de nada. Me encantaba el helado de limón, como a mi abuelo le gustaba el de avellana. La abuela encargaba los dos sabores a Los Alpes cada vez que había que celebrar algo, y si no había nada que celebrar, también lo encargaba.

Pero los abuelos quizá eran felices porque no vivieron estos tiempos atribulados y turbulentos de hoy, estos tiempos que algunos observan como un cataclismo; ellos vivieron otros tiempos más humildes y pasables: una guerra civil, la pérdida de Cuba, que aún recordaba el abuelo con santa indignación y odio eterno a los americanos por causa del autohundimiento del Maine, y por aproximación acaso,  no consintió el abuelo nunca en poner el pie en el Corte Inglés.

En el verano en que el hombre llegó a la luna seguramente el abuelo debió sentir lo mismo que cuando de niño había contemplado como se encendían con luz eléctrica, por primera vez,  las farolas de su Valladolid natal, ¿cuántas serían?, una emoción y un temor extrañado por un mundo que desaparecía en beneficio de otro.

Ese verano, julio de 1969, los dos abuelos, acompañados de una niñera de quince años, más cuatro niños de entre ocho y cinco años, nos subimos a un taxi en Barcelona y nos bajamos en Madrid, exactamente frente al portal de los abuelos, allá donde detrás estaban los cedros que se veían desde el despacho y un cartel anunciaba  el cercano rectorado.

Digo que el taxi, tras las innumerables horas que se tardaba en recorrer el camino Madrid-Barcelona o viceversa, por carreteras nacionales infrahumanas como y sin aire acondicionado, paró frente a la casa, y lo hizo, a pesar del taxista.

Aquel hombre robusto y alto, que yo recuerdo como vestido con faldones o una bata, pero esto es imposible, anunció a pocos kilómetros de Madrid que los pasajeros nos deberíamos apear en el próximo apeadero, pues no tenía permiso para circular por la ciudad de Madrid.

Hubo un momento de silencio y pasmo, incluso para mí, con ocho años, existió ese momento incierto. La abuela rompió el hielo con una voz de trueno quebrado. “Eso lo tenía que haber dicho usted en Barcelona. De ninguna manera nos va a dejar a dos viejos y cinco niños en medio de la carretera”.

Ahí comenzó y acabó la discusión. No era lo que dijo la abuela, y, que inmediatamente me hizo imaginar el grupo inverosímil que haríamos nosotros  con nuestras maletas en fila en entre la nada y el campo. Era el tono de ella, su determinación sin límites, y sobre todo la ira encendida con que pronunció esas dos  palabras “dos viejos”; y así, como por magia, el coche continuó sin parar hasta que Madrid se hizo evidente, tan evidente como para mí el contratiempo que la vejez de sus setenta y nueve y ochenta y dos años de entonces podía significar para ellos, y, como un milagro, el hombre de los imaginarios faldones nos llevó hasta la misma casa. 

La siguiente escena que recuerdo es que yo estaba parada en el pasillo a pocos metros  de los abuelos  que hablaban entre ellos en el recibidor, junto a la puerta de la calle ya cerrada,  mientras el abuelo se guardaba la cartera. Ellos no repararon en mí porque la puerta entre el recibidor y el pasillo estaba ligeramente entornada, yo sólo veía al abuelo.

La escuché a ella. “¿Le pagaste?”, “sí”, contestó el abuelo,

“¿le has dado propina?, inquirió la abuela. “quinientas pesetas”, dijo él muy tranquilo.  Lo siguiente que oí fue: “Daniel, a veces  de bueno te pasas a tonto,  encima que intenta dejarnos tirados  en la carretera le das quinientas pesetas de propina”.

Pero el tono de la abuela era ya muy diferente del de antes, muy bajo, suave,  casi susurrante. El abuelo no le contestó, o al menos, yo no puedo recordarlo.

A mí aquella escena me dejó la certeza de que ella  lo admiraba y lo amaba por ser como era, y que la pregunta sólo esperaba la confirmación de lo que ella sabía bien que él habría hecho, y por eso mismo, yo también lo amé y lo admiré en ese momento de generosidad y vejez que nunca he olvidado.

El hombre llegó a la luna aquel verano, o no llegó, dicen algunos. Yo sé que estábamos los niños con los abuelos delante del televisor cuando ocurrió, y sé que a mí me costaba mucho comprender cómo es que se podía llegar hasta allí y aún más complicado me parecía ver la luna en directo y que eso fuese real.

Unos años antes, no sé cuántos, el tema del cielo y de la luna eran asuntos más etéreos, menos físicos  para mí. 

En un tiempo indefinido un día yo estaba en ese mismo salón sentada encima del abuelo, a horcajadas, los dos en su sillón junto a la ventana. Hablábamos de la familia, los hijos, los nietos, esos hijos suyos mayores ya, y a los que él decía que pegaba de pequeños, grandes azotes en el culo, aseguraba, a los que ellos  respondían con una cantinela que decía : “ay, papá, papá, no me pegues más, que me duele mucho, no ves como lloro, que ya, seré bueno”.

El abuelo decía estás palabras aderezadas con una melodía inventada por él, y  aseguraba igualmente cantando: “es que soy más malo… que un tigre”. A mí me hacía reír, y por eso quizá él repitió estas palabras infinidad de veces.

Pero ese día en concreto comenzamos a hablar sobre los parentescos directos. Yo le dije que tenía un padre, y una madre, pero no una sino “dos” abuelas y “dos” abuelos, claro, el padre de mi madre, tú, la madre de mi madre, la abuela Blanca, la madre de mi padre la abuela Pura, y el padre de mi padre el abuelo Saúl, “pero no está, porque está en el cielo”, dije,  mientras miraba por la ventana el cielo azul donde no veía ni rastro de mi abuelo desconocido, pero, “¿en dónde está ?”, pregunté, buscándolo a través de la ventana . El abuelo me dijo: “tu abuelo Saúl  subió al cielo”. “¿subió?”. Ah, eso lo explicaba todo. Miré por la ventana y entonces sí que vi al abuelo por primera vez, subiendo y subiendo de espaldas, ahí estaba él, subía por una escalera de mano, negra como negros eran su trajes de las fotografías, era así como  había subido al cielo, por una escalera larguísima, y tan alto había subido que era por eso que no se le veía por ninguna parte.

Entonces  le pregunté si él lo había conocido antes de subir al cielo y él me dijo que sí, y que mi abuelo Saúl era un hombre muy bueno.

No mentía. Es verdad que ellos se conocieron cuarenta años antes que mis padres, se conocerían de una forma fugaz o menos fugaz, en un remoto Congreso donde el padre de mi padre, más joven que el abuelo, se acercó a él y le pidió que le dedicara un libro, en un tiempo y un lugar en que ninguno de los dos sospechaba  que un día serían abuelos de nietos comunes, porque mis padres estaban aún por nacer, y porque el abuelo Saúl no estaba aún casado.

Mi madre decía que el abuelo mentía como un bellaco y que no recordaba al otro abuelo, pero él mantuvo siempre que sí. Lo haría por mantener la ilusión de mi padre,  huérfano e hijo único de padre extranjero, en la negra postguerra, a lo mejor, o lo haría por su preguntona nieta, o acaso no mentía y sí lo recordaba de verdad. Qué más da la verdad en este caso. Lo cierto es que yo los he recordado a ambos cada vez que en un Congreso alguien me ha pedido que le dedique un libro. Fue por ese libro y nada más que por ese libro, olvidado en una estantería durante cuarenta años y reencontrado por mi padre un día, que mis padres se conocieron.

Y ahora qué lo pienso, ¿dónde está ese libro? Yo jamás lo vi. ¿Es esta historia realidad o ficción? Los libros y el abuelo siempre andan cruzados en mi memoria. 

En ese mismo sillón y lugar donde el hombre llegó a la luna (la mujer aún no en esos tiempos), tuve la falsa impresión de hacerme del todo mayor. Una noche de viento que yo recuerdo de invierno, me empeñé en quedarme con el abuelo a ver una película, aunque la película estuviera señalizada con dos rombos bien grandes, como indicó la abuela y quizá mis padres deberían ser consultados, pero no lo fueron. La película se titulaba “Matar un ruiseñor”, una película que yo no entendía del todo y que ni siquiera recuerdo si conseguí ver hasta el final, porque el sueño me vencía a menudo cuando me empeñaba en trasnochar.

Pero estaba tan orgullosa de que mi abuelo confiara en mí  en lugar de mandarme a la cama con la abuela como a una niña pequeña, que años más tarde, tendría  unos once años, rapté la novela del mismo título en casa de mis padres, la rapté y me la pillaron poco tiempo después de  pillarme en la cama leyendo las Mil y una noches, igualmente autorizadas por el abuelo con la reticencia de la abuela. Mi padre entró a darme las buenas noches y yo escondí el libro rojo debajo de las sábanas, ¿qué tienes ahí? Lo sacó y lo observó con cautela, como si fuera un insecto, y vio que estaba abierto por las primeras páginas. Llamó a mi madre para enseñarle lo que su padre, “tu padre está chocho”,  le había dejado a la niña. Se llevó aquel tesoro de pastas duras y hojas de biblia con él, mientras le decía a mi madre: “menos mal que sólo iba por el principio”, y se fueron ellos dos, mientras yo meditaba en la penumbra  que estaba empezando a leerlo, sí, pero por segunda vez. Años después registré la casa de arriba a abajo pero nunca más aparecieron Las mil y una noches.

El abuelo murió en el año 1973, el 22 de octubre, en un día de otoño en que lucía un sol espléndido como el del día en que el otro abuelo había subido al cielo y en realidad muy poco después de que el hombre llegara a la luna y de que mis padres tomaran cartas en el asunto de mis zafias lecturas, un plazo de tiempo que sin embargo a la edad que yo tenía entonces, no era tan corto.

Antes, los dos o tres últimos años, los dos, el abuelo y la abuela, sufrieron un declive tremendo. La abuela pasó de las muletas a la silla de ruedas, y el abuelo abandonó el despacho por el sillón definitivamente. Lo que no se abandonaron nunca fue mutuamente.

Los recuerdo de la mano. Ella acostada en su cama, no sé por qué, y él sentado a su lado y de su mano. La escena invitaba a marcharse y dejarlos en paz, como a dos enamorados.

También tengo que decir que en ese periodo, que para mí fue largo, casi siempre que los visitaba, ya vivíamos en Madrid y los visitábamos mucho, era con mis hermanos y aún puedo recordar a mis primos, Daniel, María, Paloma, y Luis, los mayores de los que para mí eran entonces “los primos de Libia”, jugando todos en el jardín.

Sin embargo, los dos últimos recuerdos que me marcan la memoria del abuelo, se refieren uno al juego del amor y el otro al juego de la vida, y en los dos, de una forma u otra interviene mi madre y no hay más niños presentes.

Empezaré por el amor. Era ya casi el final del abuelo y mi madre me ordenó pasar a verle después del colegio. Podría ser mayo o junio de 1973, porque yo llevaba la falda de uniforme de verano y no sé por qué razón fui sola a casa de los abuelos después del colegio, cuando los cuatro hermanos solíamos ir juntos.

Me presenté en el salón donde el abuelo estaba sentado, casi mudo, como pasaba ahora algunos periodos, y además tenía visita. La abuela no estaba en el salón y alguien que no recuerdo, una asistenta, o una enfermera, me franqueó la puerta. El abuelo estaba sentado y mudo, y con la persiana casi echada, con lo cual había una sensación de oscuridad que contrastaba con el bullicio de la calle de donde yo venía.

La visita era un hombre más que mayor, se llamaba don Obdulio, y yo tenía entendido que pese a su aspecto y estado de total movilidad contaba más de noventa  años y era catedrático de física o química.

Me incliné a besar al abuelo que no se dio por enterado y después me dirigí a hacer lo propio con el catedrático; él se levantó de la silla, mientras yo me agachaba hacia él, y en ese movimiento un tanto deslavazado por ambas partes, el hombre me endosó un beso completamente patriarcal en medio de toda la boca, lo que a él le dejó completamente horrorizado y a mí muy divertida por la indisimulable conmoción del pobre hombre.

Cuando se lo conté a mi madre, me lo hizo repetir varias veces y luego me dijo que no lo contase a nadie, ya que veía que yo no le daba la importancia debida. Esa fue mi iniciación al amor.

La iniciación a la vida fue más triste y se corresponde a un tiempo anterior, un año acaso o dos. También yo sufría un tremendo declive y me veía acosada por el miedo y la angustia, y también yo, como el abuelo al final, permanecía con la boca cerrada cuando se me preguntaba por los motivos de mi postración. El abuelo estaba en su despacho y mi madre decidió llevarme a hablar con él. Le explicó ante mi silencio mis síntomas y entonces el abuelo dijo: “es muy fácil, no tienes que hacer nada, simplemente seguir tu vida, hacer como si no te pasara nada”. Yo callaba. Entonces, el abuelo y mi madre, entre los dos, me contaron la historia de la bruja.

El abuelo era un niño y dormía solo en la trastienda de la tienda de sus padres, allá en Valladolid, donde en invierno reinaba el frío. Una noche el abuelo-niño despertó y vio una bruja sentada en su ventana. Allá estaba acechante la bruja y por más que el abuelo sabía que la bruja no estaba allí, estaba ella aparecida, noche tras noche, para no dejarle dormir y hacerle morir de miedo.

Así que un día el abuelo decidió salir de su cama y a pesar del frío helador de la trastienda, avanzó hacia la ventana y se colocó en el lugar de la bruja. Hizo esto un rato, en medio del terror, el temblor y el frío, y lo hizo una y otra y otra vez, cada noche, muerto de miedo y soledad, hasta que un día la bruja ya no volvió, desapareció para siempre. Al abuelo le tembló la voz al recordarse sentado en el lugar de la bruja. ¿lo has entendido?, me dijo. Tienes siempre que ponerte en el lugar de la bruja. No importa lo que pase ni cuánto miedo tengas.

Tres cosas quiso el abuelo para su muerte y sólo una de ellas  tuvo. La primera consistía en ser enterrado en una caja de pino. La abuela lo hizo desistir de lo primero por medio de un cura que le convenció de que en su caso, enterrarse como un pobre no sería sino un gesto de soberbia; la segunda era que en su lápida figurase su nombre y sólo la palabra “médico”. Tampoco esto fue posible. En la tercera cosa no hubo discusión. El decidió que sus nietos no le vieran muerto y no le vimos.

La abuela, que lo enterró en un ataúd a su gusto, sólo le sobrevivió dos meses.

Espero que esta carta le haya llegado al abuelo igual que a todos los que hoy somos su familia, porque esto es seguramente lo más importante que él supo transmitir, la importancia del amor, la importancia de la sangre, la compasión para todos y el valor necesario para vivir y vencer a cuantas brujas la vida nos vaya deparando.

 

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