A
mi abuelo lo recuerdo trabajando en el despacho de su casa, ya muy viejito. No
es que tuviera nada especial que hacer, pero igual recuerdo una secretaria que
venía todos los días un par de horas a pasarle sus escritos a máquina.
A
mí la figura de la secretaria, el despacho y el abuelo me parecían el mejor de
los mundos posibles y aunque han pasado miles de años de aquella imagen, igual
sigue siendo para mí la posible existencia de un despacho en silencio y con la
luz que entra por la ventana desde un jardín de enormes cedros, el paraíso
perdido.
No
puedo recordar que edad tendría yo la primera vez que me asomé a aquella
ventana de visillos blancos y miré esos árboles de Madrid que siempre he
buscado, y es posible que muchos de mis recuerdos estén revueltos, fragmentados
y fundidos, y se correspondan a momentos diferentes, porque para los niños el
tiempo es rosa y elástico como lo era entonces ese chicle redondo y de tres
bucles llamado bazoka.
Creo recordar un viaje de Barcelona a Madrid, en avión y con un
chupete de emergencia que llevaba el amigo de mis padres que me acompañaba, por
si me daba por llorar o extrañar en el viaje. Creo que no lo usé y recuerdo
vagamente que el amigo de mis padres me depositó con mis abuelos en el despacho
y me dejó allí con un muñeco-payaso de regalo, un payaso diabólico porque se le
encendían los ojos, y me daba miedo. El
amigo no me dejó en el salón, lo hizo en el despacho quizá porque ésta era la habitación que estaba
más cerca de la puerta.
El
abuelo pasaba sus horas matinales en el despacho, una habitación que para mí era la sala principal
de la casa. Allí guardaba sus cintas adhesivas de muchísimos colores y tamaños,
sus papeles de estraza y otros más finos, cajas de cartón y sus cordeles, las
grapas, gomas de borrar Milan, de todos
los tamaños, algunas blancas que eran de “nata” y eran mis preferidas, algunos
lazos de colores, rescatados de otros regalos y por si en el futuro había que envolver regalos, etiquetas
enmarcadas de azul para escribir las direcciones en los paquetes, etiquetas que
se pegaban a la lengua y sabían a sello
y no había que chupar o bien enjuagarse la boca enseguida; gomas para rematar los
paquetes, si hacía falta, cintas de
colores de anchura diversa, lapiceros de grosores grandes y pequeños, sacapuntas, pegamento tranparente que no se
podía tocar, todo ello muy ordenado en cajones de madera que se escondían bajo las librerías haciendo el oficio de zócalo.
Estos
pequeños tesoros los sacaba el abuelo y me los mostraba, todo ello servía en
principio para hacer paquetes, me decía, en el caso de que un día tuviese que
empaquetar algo, aunque no recuerdo al abuelo hacer ningún paquete y
seguramente yo le hice sacar y desordenar sus tesoros cien veces, porque yo
sentía que mi abuelo amaba esas cosas, sus cosas.
Los
cajones remataban la parte más baja de una parte de las librerías repletas
de libros desconocidos y misteriosos donde hacían un papel especial unos
libros enormes, de pasta dura, libros de anatomía, grandes láminas dibujadas en colores donde se
podía observar el cuerpo humano por dentro y por fuera, libros que con el
tiempo aprendí a sacar de sus lugares para mirarlos cuando los mayores no me veían, quizá es que
me habían prohibido hacerlo, no lo recuerdo, todo un universo mágico a mi
alcance.
Además
de esos libros enormes estaban los otros libros, libros de tamaño corriente,
libros sólidos, de colores fuertes, con letras doradas o plateadas, que yo no
entendía, en sus lomos, libros de Medicina, me decía el abuelo, pero esos
quedaban totalmente fuera de mi alcance porque estaban en las estanterías más
altas, mientras que los grandotes que yo espiaba, estaban a mi altura.
El
abuelo tenía en su despacho una mesa de madera negra y un sillón, todo ello de
estilo muy castellano. Y un llamador de mesa, redondo y dorado que pendía de
dos pequeños cordeles; él lo hacía sonar
con un mazo de madera, cuando quería llamar a la abuela que trasteaba en el otro
confín de la casa, y que guardaba en la alacena cosas tan extraordinarias como
huevos en una huevera de aluminio plegable.
Ella
casi nunca venía cuando el abuelo y yo tocábamos con el llamador, lo tocábamos
por tocar, y si ella aparecía decíamos que la habíamos engañado y reíamos, él
tocaba con santa paciencia para mí y luego me dejaba dar el golpe, otro golpe,
yo flojito, un sonido oriental y embrujador, el sonido del bong que a mí me parecía que demostraba
definitivamente que él y sólo él era el más especial de la casa, porque podía
llamar a su antojo.
El
abuelo tenía todos los dientes y presumía de ello. Hacía todos los días por la
mañana una especie de gimnasia bucal que consistía en abrir y cerrar las
mandíbulas muchas veces mostrando su dentadura entera. Tenía también pelo, un
pelo ralo y blanco que peinaba muchas veces hacia delante, cien hacia atrás,
porque aseguraba, así se fortalecía.
El
dormitorio de los abuelos comunicaba con el despacho por una puerta que quedaba
detrás de la silla del despacho y en el dormitorio se situaba a la
izquierda de la cama del abuelo. Haciendo ángulo recto con la puerta, en el frente lateral de su cama,
el abuelo ocupaba unos anaqueles de madera, no muy anchos, intercalados por
unos armaritos de madera con pequeños frontales de espejo, abatibles. Este era
el universo de los afeites y las medicinas del abuelo. Tomaba el abuelo
digestina y otras grageas misteriosas, entre las cuales me dejó probar de vez
en cuando una que era roja y sabía a caramelo, se trataba de píldoras de
vitamina A, me explicó, buenas píldoras para la vista.
A
mí me gustaba mucho ver al abuelo desnudarse para acostarse sin que nunca jamás
se le viera un gramo de la piel. Llevaba unos calzoncillos enteros, de color
beige que yo asimilaba con los que
llevaban los vaqueros de las películas cuando se tomaban un baño de una forma
extraña, es decir, vestidos con la ropa interior, así que yo lo tenía por un
señor antiguo, pero muy nuevo a la vez, por el tema de los dientes, ya que las
abuelas, las dos, llevaban dentaduras postizas y tenían callos y problemas en
los pies que el abuelo tampoco tenía.
El
abuelo colocaba un vaso de agua en su mesilla y se echaba a dormir y ya no se
sabía de él hasta el día siguiente. Con siete mantas encima, decía la abuela.
Era
friolero el abuelo porque en una ocasión y porque era la moda de la época, su
madre, una mujer muy bella de ojos azules llamada Bernarda, lo arrojó siendo
muy niño al mar helado de Santander, así sin más ni más, me contaba la abuela,
pero además, como médico, le gustaba amanecer calado de sudor, porque opinaba,
así se eliminaban todas las toxinas.
Sería
por las siete mantas o por comodidad, la abuela dormía en la cama de al lado,
conmigo. Pero no dormía enseguida. Ella me colocaba a su izquierda y leía el
ABC un buen rato, con sus gafas puestas, cuando yo no le preguntaba cosas sobre
sus hijos, sobre sus padres, sobre las siete mantas del abuelo, sobre las
fotografías de los tíos de Sevilla y Libia colgadas encima de su cama, sobre
Carmelita que era grande pero jugaba a la comba conmigo, o sobre los chistes
que ella misma me enseñaba en el periódico.
La
abuela leía un rato, comentaba para ella a veces cosas del periódico que yo no
entendía, miraba las esquelas detenidamente y suspiraba y luego apagaba la luz,
se daba media vuelta y rezábamos. Entonces yo me ponía de lado, sobre su
espalda, y ella me decía que le pasase la patuca. Así nos dormíamos, yo
abrazada a ella, mi pierna entrelazada con la suya. Sólo la luz entreverada que
entraba por la ventana podía alterar la calma de la noche, si de pronto me
despertaba alguna noche y sentía el temor de la oscuridad y el silencio y me
quería levantar y no podía.
Era
un día de verano que no recuerdo bien, si es que recuerdo bien algo. De pronto
el abuelo se incorporó y la abuela le preguntó que adónde iba a las doce de la
noche. A comprar el helado de limón que quiere la niña, dijo él, que hasta ese
momento había estado ausente como era su costumbre nocturna. La abuela protestó
a voces, pero no le valió de nada. Me encantaba el helado de limón, como a mi
abuelo le gustaba el de avellana. La abuela encargaba los dos sabores a Los
Alpes cada vez que había que celebrar algo, y si no había nada que celebrar,
también lo encargaba.
Pero
los abuelos quizá eran felices porque no vivieron estos tiempos atribulados y
turbulentos de hoy, estos tiempos que algunos observan como un cataclismo;
ellos vivieron otros tiempos más humildes y pasables: una guerra civil, la
pérdida de Cuba, que aún recordaba el abuelo con santa indignación y odio
eterno a los americanos por causa del autohundimiento del Maine, y por
aproximación acaso, no consintió el
abuelo nunca en poner el pie en el Corte Inglés.
En
el verano en que el hombre llegó a la luna seguramente el abuelo debió sentir
lo mismo que cuando de niño había contemplado como se encendían con luz
eléctrica, por primera vez, las farolas
de su Valladolid natal, ¿cuántas serían?, una emoción y un temor extrañado por
un mundo que desaparecía en beneficio de otro.
Ese
verano, julio de 1969, los dos abuelos, acompañados de una niñera de quince
años, más cuatro niños de entre ocho y cinco años, nos subimos a un taxi en
Barcelona y nos bajamos en Madrid, exactamente frente al portal de los abuelos,
allá donde detrás estaban los cedros que se veían desde el despacho y un cartel
anunciaba el cercano rectorado.
Digo
que el taxi, tras las innumerables horas que se tardaba en recorrer el camino
Madrid-Barcelona o viceversa, por carreteras nacionales infrahumanas como y sin
aire acondicionado, paró frente a la casa, y lo hizo, a pesar del taxista.
Aquel
hombre robusto y alto, que yo recuerdo como vestido con faldones o una bata,
pero esto es imposible, anunció a pocos kilómetros de Madrid que los pasajeros
nos deberíamos apear en el próximo apeadero, pues no tenía permiso para
circular por la ciudad de Madrid.
Hubo
un momento de silencio y pasmo, incluso para mí, con ocho años, existió ese
momento incierto. La abuela rompió el hielo con una voz de trueno quebrado.
“Eso lo tenía que haber dicho usted en Barcelona. De ninguna manera nos va a
dejar a dos viejos y cinco niños en medio de la carretera”.
Ahí
comenzó y acabó la discusión. No era lo que dijo la abuela, y, que
inmediatamente me hizo imaginar el grupo inverosímil que haríamos nosotros con nuestras maletas en fila en entre la nada
y el campo. Era el tono de ella, su determinación sin límites, y sobre todo la
ira encendida con que pronunció esas dos
palabras “dos viejos”; y así, como por magia, el coche continuó sin
parar hasta que Madrid se hizo evidente, tan evidente como para mí el contratiempo
que la vejez de sus setenta y nueve y ochenta y dos años de entonces podía
significar para ellos, y, como un milagro, el hombre de los imaginarios
faldones nos llevó hasta la misma casa.
La
siguiente escena que recuerdo es que yo estaba parada en el pasillo a pocos
metros de los abuelos que hablaban entre ellos en el recibidor,
junto a la puerta de la calle ya cerrada,
mientras el abuelo se guardaba la cartera. Ellos no repararon en mí
porque la puerta entre el recibidor y el pasillo estaba ligeramente entornada,
yo sólo veía al abuelo.
La
escuché a ella. “¿Le pagaste?”, “sí”, contestó el abuelo,
“¿le
has dado propina?, inquirió la abuela. “quinientas pesetas”, dijo él muy
tranquilo. Lo siguiente que oí fue:
“Daniel, a veces de bueno te pasas a
tonto, encima que intenta dejarnos
tirados en la carretera le das
quinientas pesetas de propina”.
Pero
el tono de la abuela era ya muy diferente del de antes, muy bajo, suave, casi susurrante. El abuelo no le contestó, o
al menos, yo no puedo recordarlo.
A
mí aquella escena me dejó la certeza de que ella lo admiraba y lo amaba por ser como era, y
que la pregunta sólo esperaba la confirmación de lo que ella sabía bien que él
habría hecho, y por eso mismo, yo también lo amé y lo admiré en ese momento de
generosidad y vejez que nunca he olvidado.
El
hombre llegó a la luna aquel verano, o no llegó, dicen algunos. Yo sé que
estábamos los niños con los abuelos delante del televisor cuando ocurrió, y sé
que a mí me costaba mucho comprender cómo es que se podía llegar hasta allí y
aún más complicado me parecía ver la luna en directo y que eso fuese real.
Unos
años antes, no sé cuántos, el tema del cielo y de la luna eran asuntos más
etéreos, menos físicos para mí.
En
un tiempo indefinido un día yo estaba en ese mismo salón sentada encima del
abuelo, a horcajadas, los dos en su sillón junto a la ventana. Hablábamos de la
familia, los hijos, los nietos, esos hijos suyos mayores ya, y a los que él
decía que pegaba de pequeños, grandes azotes en el culo, aseguraba, a los que
ellos respondían con una cantinela que
decía : “ay, papá, papá, no me pegues más, que me duele mucho, no ves como
lloro, que ya, seré bueno”.
El
abuelo decía estás palabras aderezadas con una melodía inventada por él, y aseguraba igualmente cantando: “es que soy
más malo… que un tigre”. A mí me hacía reír, y por eso quizá él repitió estas
palabras infinidad de veces.
Pero
ese día en concreto comenzamos a hablar sobre los parentescos directos. Yo le
dije que tenía un padre, y una madre, pero no una sino “dos” abuelas y “dos”
abuelos, claro, el padre de mi madre, tú, la madre de mi madre, la abuela
Blanca, la madre de mi padre la abuela Pura, y el padre de mi padre el abuelo
Saúl, “pero no está, porque está en el cielo”, dije, mientras miraba por la ventana el cielo azul
donde no veía ni rastro de mi abuelo desconocido, pero, “¿en dónde está ?”,
pregunté, buscándolo a través de la ventana . El abuelo me dijo: “tu abuelo
Saúl subió al cielo”. “¿subió?”. Ah, eso
lo explicaba todo. Miré por la ventana y entonces sí que vi al abuelo por
primera vez, subiendo y subiendo de espaldas, ahí estaba él, subía por una escalera
de mano, negra como negros eran su trajes de las fotografías, era así como había subido al cielo, por una escalera
larguísima, y tan alto había subido que era por eso que no se le veía por
ninguna parte.
Entonces le pregunté si él lo había conocido antes de
subir al cielo y él me dijo que sí, y que mi abuelo Saúl era un hombre muy
bueno.
No
mentía. Es verdad que ellos se conocieron cuarenta años antes que mis padres,
se conocerían de una forma fugaz o menos fugaz, en un remoto Congreso donde el
padre de mi padre, más joven que el abuelo, se acercó a él y le pidió que le
dedicara un libro, en un tiempo y un lugar en que ninguno de los dos
sospechaba que un día serían abuelos de
nietos comunes, porque mis padres estaban aún por nacer, y porque el abuelo
Saúl no estaba aún casado.
Mi
madre decía que el abuelo mentía como un bellaco y que no recordaba al otro
abuelo, pero él mantuvo siempre que sí. Lo haría por mantener la ilusión de mi
padre, huérfano e hijo único de padre
extranjero, en la negra postguerra, a lo mejor, o lo haría por su preguntona
nieta, o acaso no mentía y sí lo recordaba de verdad. Qué más da la verdad en
este caso. Lo cierto es que yo los he recordado a ambos cada vez que en un
Congreso alguien me ha pedido que le dedique un libro. Fue por ese libro y nada
más que por ese libro, olvidado en una estantería durante cuarenta años y
reencontrado por mi padre un día, que mis padres se conocieron.
Y
ahora qué lo pienso, ¿dónde está ese libro? Yo jamás lo vi. ¿Es esta historia
realidad o ficción? Los libros y el abuelo siempre andan cruzados en mi
memoria.
En
ese mismo sillón y lugar donde el hombre llegó a la luna (la mujer aún no en
esos tiempos), tuve la falsa impresión de hacerme del todo mayor. Una noche de
viento que yo recuerdo de invierno, me empeñé en quedarme con el abuelo a ver
una película, aunque la película estuviera señalizada con dos rombos bien
grandes, como indicó la abuela y quizá mis padres deberían ser consultados,
pero no lo fueron. La película se titulaba “Matar un ruiseñor”, una película
que yo no entendía del todo y que ni siquiera recuerdo si conseguí ver hasta el
final, porque el sueño me vencía a menudo cuando me empeñaba en trasnochar.
Pero
estaba tan orgullosa de que mi abuelo confiara en mí en lugar de mandarme a la cama con la abuela
como a una niña pequeña, que años más tarde, tendría unos once años, rapté la novela del mismo
título en casa de mis padres, la rapté y me la pillaron poco tiempo después
de pillarme en la cama leyendo las Mil y
una noches, igualmente autorizadas por el abuelo con la reticencia de la
abuela. Mi padre entró a darme las buenas noches y yo escondí el libro rojo
debajo de las sábanas, ¿qué tienes ahí? Lo sacó y lo observó con cautela, como
si fuera un insecto, y vio que estaba abierto por las primeras páginas. Llamó a
mi madre para enseñarle lo que su padre, “tu padre está chocho”, le había dejado a la niña. Se llevó aquel
tesoro de pastas duras y hojas de biblia con él, mientras le decía a mi madre:
“menos mal que sólo iba por el principio”, y se fueron ellos dos, mientras yo
meditaba en la penumbra que estaba
empezando a leerlo, sí, pero por segunda vez. Años después registré la casa de
arriba a abajo pero nunca más aparecieron Las mil y una noches.
El
abuelo murió en el año 1973, el 22 de octubre, en un día de otoño en que lucía
un sol espléndido como el del día en que el otro abuelo había subido al cielo y
en realidad muy poco después de que el hombre llegara a la luna y de que mis
padres tomaran cartas en el asunto de mis zafias lecturas, un plazo de tiempo
que sin embargo a la edad que yo tenía entonces, no era tan corto.
Antes,
los dos o tres últimos años, los dos, el abuelo y la abuela, sufrieron un
declive tremendo. La abuela pasó de las muletas a la silla de ruedas, y el
abuelo abandonó el despacho por el sillón definitivamente. Lo que no se
abandonaron nunca fue mutuamente.
Los
recuerdo de la mano. Ella acostada en su cama, no sé por qué, y él sentado a su
lado y de su mano. La escena invitaba a marcharse y dejarlos en paz, como a dos
enamorados.
También
tengo que decir que en ese periodo, que para mí fue largo, casi siempre que los
visitaba, ya vivíamos en Madrid y los visitábamos mucho, era con mis hermanos y
aún puedo recordar a mis primos, Daniel, María, Paloma, y Luis, los mayores de
los que para mí eran entonces “los primos de Libia”, jugando todos en el
jardín.
Sin
embargo, los dos últimos recuerdos que me marcan la memoria del abuelo, se
refieren uno al juego del amor y el otro al juego de la vida, y en los dos, de
una forma u otra interviene mi madre y no hay más niños presentes.
Empezaré
por el amor. Era ya casi el final del abuelo y mi madre me ordenó pasar a verle
después del colegio. Podría ser mayo o junio de 1973, porque yo llevaba la
falda de uniforme de verano y no sé por qué razón fui sola a casa de los
abuelos después del colegio, cuando los cuatro hermanos solíamos ir juntos.
Me
presenté en el salón donde el abuelo estaba sentado, casi mudo, como pasaba
ahora algunos periodos, y además tenía visita. La abuela no estaba en el salón
y alguien que no recuerdo, una asistenta, o una enfermera, me franqueó la
puerta. El abuelo estaba sentado y mudo, y con la persiana casi echada, con lo
cual había una sensación de oscuridad que contrastaba con el bullicio de la
calle de donde yo venía.
La
visita era un hombre más que mayor, se llamaba don Obdulio, y yo tenía
entendido que pese a su aspecto y estado de total movilidad contaba más de
noventa años y era catedrático de física
o química.
Me
incliné a besar al abuelo que no se dio por enterado y después me dirigí a
hacer lo propio con el catedrático; él se levantó de la silla, mientras yo me
agachaba hacia él, y en ese movimiento un tanto deslavazado por ambas partes,
el hombre me endosó un beso completamente patriarcal en medio de toda la boca,
lo que a él le dejó completamente horrorizado y a mí muy divertida por la
indisimulable conmoción del pobre hombre.
Cuando
se lo conté a mi madre, me lo hizo repetir varias veces y luego me dijo que no
lo contase a nadie, ya que veía que yo no le daba la importancia debida. Esa
fue mi iniciación al amor.
La
iniciación a la vida fue más triste y se corresponde a un tiempo anterior, un
año acaso o dos. También yo sufría un tremendo declive y me veía acosada por el
miedo y la angustia, y también yo, como el abuelo al final, permanecía con la
boca cerrada cuando se me preguntaba por los motivos de mi postración. El
abuelo estaba en su despacho y mi madre decidió llevarme a hablar con él. Le
explicó ante mi silencio mis síntomas y entonces el abuelo dijo: “es muy fácil,
no tienes que hacer nada, simplemente seguir tu vida, hacer como si no te
pasara nada”. Yo callaba. Entonces, el abuelo y mi madre, entre los dos, me
contaron la historia de la bruja.
El
abuelo era un niño y dormía solo en la trastienda de la tienda de sus padres,
allá en Valladolid, donde en invierno reinaba el frío. Una noche el abuelo-niño
despertó y vio una bruja sentada en su ventana. Allá estaba acechante la bruja
y por más que el abuelo sabía que la bruja no estaba allí, estaba ella
aparecida, noche tras noche, para no dejarle dormir y hacerle morir de miedo.
Así
que un día el abuelo decidió salir de su cama y a pesar del frío helador de la
trastienda, avanzó hacia la ventana y se colocó en el lugar de la bruja. Hizo
esto un rato, en medio del terror, el temblor y el frío, y lo hizo una y otra y
otra vez, cada noche, muerto de miedo y soledad, hasta que un día la bruja ya
no volvió, desapareció para siempre. Al abuelo le tembló la voz al recordarse
sentado en el lugar de la bruja. ¿lo has entendido?, me dijo. Tienes siempre
que ponerte en el lugar de la bruja. No importa lo que pase ni cuánto miedo
tengas.
Tres
cosas quiso el abuelo para su muerte y sólo una de ellas tuvo. La primera consistía en ser enterrado
en una caja de pino. La abuela lo hizo desistir de lo primero por medio de un
cura que le convenció de que en su caso, enterrarse como un pobre no sería sino
un gesto de soberbia; la segunda era que en su lápida figurase su nombre y sólo
la palabra “médico”. Tampoco esto fue posible. En la tercera cosa no hubo
discusión. El decidió que sus nietos no le vieran muerto y no le vimos.
La
abuela, que lo enterró en un ataúd a su gusto, sólo le sobrevivió dos meses.
Espero
que esta carta le haya llegado al abuelo igual que a todos los que hoy somos su
familia, porque esto es seguramente lo más importante que él supo transmitir,
la importancia del amor, la importancia de la sangre, la compasión para todos y
el valor necesario para vivir y vencer a cuantas brujas la vida nos vaya
deparando.
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