jueves, 18 de junio de 2015

PERFUME DE MUJER


Venecia a finales de junio de 2005

 

Descorro los visillos con la cánula rígida con la que se descorren los visillos metalizados de
 
los hoteles y  crepita toda la lluvia del mundo  sobre el canal del Canarregio. Se asoman al
 
canal las dos ventanas de la  habitación de dos pisos donde nos alojamos las dos niñas y
 
yo, en este convento reconvertido en hotel de cuatro estrellas: Residencia Canarregio.
Ellas duermen en el primer piso, como angelitos, inmunes a cualquier zozobra y sólo pendientes de las mareas, la preocupación infantil de volver mañana a la Plaza de San Marcos de día y con sol para comprobar  in situ si es cierto que el nivel del agua descendió y ya la plaza no se inunda por sus rincones más hondos, como les dije.
Así son los niños, poner el dedo en la llaga, meter la mano, tocar siempre. 
No sé si para mirar fuera de la habitación me estoy apoyando sobre un poyete  que fue
 
antes apoyo de otros muertos como tú, muertos más antiguos, de años y años, siglos y
 
siglos de  ventana. 
O no.  Aquí no durmió nadie antes, ni otra tormenta antigua tranquilizó el ánimo exaltado de persona alguna. Aquí no vivieron  monjes, ni monjas. No los hubo jamás y es cosa de la publicidad del hotel, el pequeño morbo, o el grande, o más bien, a quién le importa.
Todo el mundo va a su vida pendiente de sus cosas y no de las ajenas a no ser que la persona que pasó sea un personaje, y todos, o al menos algunos, piensen que lo conocen, en cuyo caso es  diferente. A mí sí me importa, quien dormiría en esa cama donde me dispongo a dormir esta noche, si es que tú me dejas dormir.
Quizá si yo fuera un personaje, entonces alguien pensara en colocar una placa para conmemorar mi paso por este lugar, como otras placas quedaron por toda Italia. Sería bello, pero sería inútil, e igualmente mis hijos preferirían que me comprase una olla rápida como la de su tía Elena para hacerles helado y arroz con leche.
Resulta que este convento fue transformado en hotel en 1998, un año ya lejano, un año en que por aquí tuvieron que  trajinar personas jóvenes y vivas, obreros y capataces que comerían a mediodía en esa Trattoria de la esquina “Los cuarenta ladrones”, chipirones deliciosos como los hacen, por cierto.   Y ese mismo año,  y de incógnito,  cayeron entre los escombros del convento  los últimos vestigios de las personas que antes habitaron entre estas paredes.
Por eso, y sólo porque sus pobres, pobres  fantasmas, asustados por el olvido y el barullo que se organizó ese año, hoy podrían andar despiertos y campantes por aquí mismo, desesperados por la tormenta que los ha despertado de nuevo, me he levantado de la cama para que tú no te asustes cuando comprendas que eres  un fantasma más, porque te he visto al fondo de la habitación, junto al baño, delante del espejo, intentando decirme algo desde la lejanía, pero ¿sabes?, no es fácil hablar con los muertos, menos aún cuando tu alma se confunde con el viento esta noche, las goterones de lluvia que azotan el cristal y corren por el canalón, los otros muertos, los recuerdos de otro viaje que hicimos juntas a Italia hace nueve años, las barcazas que se mecen como una cuna en el canal, mi cuna quizá, el cielo que se incendia a lo lejos.
Te he dejado sola al fondo de la habitación y sé que vas a estar ahí después, cuando yo
 
vuelva de mi viaje hasta la ventana que es algo más que un viaje hasta la ventana porque
 
es un viaje hacia ti.
Desde aquí puedo percibir tu boca exactamente y la expresión de tus ojos, y no sé de dónde has sacado ese camisón largo que llevas puesto esta noche,  si ya lo llevabas puesto en la Plaza de San Marcos, esta tarde, cuando la orquestina  entonó el tango que baila Al Pacino en  “Esencia de Mujer”, y tú te apareciste entre la gente, con tus ganas de baile y tu nostalgia de ser amada, más allá de la muerte, esa nostalgia eterna. Tu intentando volver a vivir, tu viviéndote en ese momento, sin que nadie te percibiera, sólo yo, que notaba tu olor, tu perfume de mujer, tu aliento.
Y mientras llueve, de espaldas a ti, voy contando los segundos que pasan. Intento medir el tiempo que aún tendré que vivir sin ti, haciendo el cálculo mental de cuánto duran ahora los segundos y de si ese tiempo es más largo o más corto de lo que era antes. Sé que tú sabes exactamente cuánto me queda,  y entonces miro al futuro que es una hoja en blanco, ahora sí lo es, esta hoja en blanco que estoy llenando para ti.
Pasa el futuro por mis ojos y no hay nada escrito. Antes el futuro no estaba vacío, porque tú siempre estabas en él, el pasado y el futuro confundidos en una sola palabra y siempre esa palabra a fuego escrita en mi hoja de ruta, en ese viaje incesante hacia la nada: nostalgia.
Llevas  ese camisón largo, azul, de manga corta. El mismo que hace nueve años paseaste por el Vaticano por el único motivo de no ser capaz de deshacer tu equipaje en cinco minutos. “Queda santificado el camisón”, dije yo. Tuviste suerte. Hoy en día para pasar a San Pedro tienes que pasar un detector de metales.
Sin duda tu abultado bolso hubiese llamado la atención. Siempre desordenada y desastrada. Por suerte no debiste  dar  explicaciones sobre el camisón y el cepillo de dientes, porque hace nueve años no había registro, era un mundo diferente, una Roma distinta a la  que tú conociste. 
Desde esta ventana te miro, y cómo lo hago si te doy la espalda, lo ignoro. Se hace tarde y debo volver a la cama. “Morir, dormir, tal vez soñar”,  dijo el tío Pepe en la cocina, el día de tu entierro, citando a Shakespeare, sin saber, no podía saber, que naciste un 23 de abril.
Apago la luz y me doy la vuelta. Tú sigues allí, al fondo, ahora muda. Te digo, me digo: “he llegado a mi límite, tiro la toalla, necesito descansar mamá y ya hice lo que pude, no te voy a resucitar, estoy agotada”.
Entonces me despiertas a todas las horas justas, son las dos de la mañana y los números figuran en el piloto rojo del televisor, son las tres justas, son las cuatro, “vale mamá, las ánimas siempre le despiertan a uno, aunque no ponga el reloj”, tú lo decías y yo lo probé muchas veces.
Te siento enfadada, pero no hacía falta que me demostrases tu ira en la tormenta, hoy de nuevo. Puedo entenderte, aunque sea  difícil hablar contigo desde donde estás. Me desdigo de lo dicho. Retomo la batalla, ¿de acuerdo?, pero déjame dormir que estoy muy, muy cansada esta noche y tengo dentro de mi cabeza ese tango ”Por una cabeza”, ese inexplicable tango que hasta hoy, nunca me había dicho nada.
 
 

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