Venecia a finales
de junio de 2005
Descorro los
visillos con la cánula rígida con la que se descorren los visillos metalizados
de
los hoteles y crepita toda la lluvia
del mundo sobre el canal del Canarregio.
Se asoman al
canal las dos ventanas de la
habitación de dos pisos donde nos alojamos las dos niñas y
yo, en este
convento reconvertido en hotel de cuatro estrellas: Residencia Canarregio.
Ellas duermen
en el primer piso, como angelitos, inmunes a cualquier zozobra y sólo pendientes
de las mareas, la preocupación infantil de volver mañana a la Plaza de San
Marcos de día y con sol para comprobar
in situ si es cierto que el nivel del agua descendió y ya la plaza no se
inunda por sus rincones más hondos, como les dije.
Así son los
niños, poner el dedo en la llaga, meter la mano, tocar siempre.
No sé si para
mirar fuera de la habitación me estoy apoyando sobre un poyete que fue
antes apoyo de otros muertos como tú,
muertos más antiguos, de años y años, siglos y
siglos de ventana.
O no. Aquí no durmió nadie antes, ni otra tormenta
antigua tranquilizó el ánimo exaltado de persona alguna. Aquí no vivieron monjes, ni monjas. No los hubo jamás y es
cosa de la publicidad del hotel, el pequeño morbo, o el grande, o más bien, a
quién le importa.
Todo el mundo
va a su vida pendiente de sus cosas y no de las ajenas a no ser que la persona
que pasó sea un personaje, y todos, o al menos algunos, piensen que lo conocen,
en cuyo caso es diferente. A mí sí me
importa, quien dormiría en esa cama donde me dispongo a dormir esta noche, si
es que tú me dejas dormir.
Quizá si yo
fuera un personaje, entonces alguien pensara en colocar una placa para
conmemorar mi paso por este lugar, como otras placas quedaron por toda Italia.
Sería bello, pero sería inútil, e igualmente mis hijos preferirían que me
comprase una olla rápida como la de su tía Elena para hacerles helado y arroz
con leche.
Resulta que
este convento fue transformado en hotel en 1998, un año ya lejano, un año en
que por aquí tuvieron que trajinar
personas jóvenes y vivas, obreros y capataces que comerían a mediodía en esa
Trattoria de la esquina “Los cuarenta ladrones”, chipirones deliciosos como los
hacen, por cierto. Y ese mismo año, y de incógnito, cayeron entre los escombros del convento los últimos vestigios de las personas que
antes habitaron entre estas paredes.
Por eso, y
sólo porque sus pobres, pobres fantasmas,
asustados por el olvido y el barullo que se organizó ese año, hoy podrían andar
despiertos y campantes por aquí mismo, desesperados por la tormenta que los ha
despertado de nuevo, me he levantado de la cama para que tú no te asustes
cuando comprendas que eres un fantasma
más, porque te he visto al fondo de la habitación, junto al baño, delante del
espejo, intentando decirme algo desde la lejanía, pero ¿sabes?, no es fácil
hablar con los muertos, menos aún cuando tu alma se confunde con el viento esta
noche, las goterones de lluvia que azotan el cristal y corren por el canalón,
los otros muertos, los recuerdos de otro viaje que hicimos juntas a Italia hace
nueve años, las barcazas que se mecen como una cuna en el canal, mi cuna quizá,
el cielo que se incendia a lo lejos.
Te he dejado
sola al fondo de la habitación y sé que vas a estar ahí después, cuando yo
vuelva de mi viaje hasta la ventana que es algo más que un viaje hasta la ventana
porque
es un viaje hacia ti.
Desde aquí
puedo percibir tu boca exactamente y la expresión de tus ojos, y no sé de dónde
has sacado ese camisón largo que llevas puesto esta noche, si ya lo llevabas puesto en la Plaza de San
Marcos, esta tarde, cuando la orquestina
entonó el tango que baila Al Pacino en
“Esencia de Mujer”, y tú te apareciste entre la gente, con tus ganas de
baile y tu nostalgia de ser amada, más allá de la muerte, esa nostalgia eterna.
Tu intentando volver a vivir, tu viviéndote en ese momento, sin que nadie te percibiera,
sólo yo, que notaba tu olor, tu perfume de mujer, tu aliento.
Y mientras
llueve, de espaldas a ti, voy contando los segundos que pasan. Intento medir el
tiempo que aún tendré que vivir sin ti, haciendo el cálculo mental de cuánto
duran ahora los segundos y de si ese tiempo es más largo o más corto de lo que
era antes. Sé que tú sabes exactamente cuánto me queda, y entonces miro al futuro que es una hoja en
blanco, ahora sí lo es, esta hoja en blanco que estoy llenando para ti.
Pasa el futuro
por mis ojos y no hay nada escrito. Antes el futuro no estaba vacío, porque tú
siempre estabas en él, el pasado y el futuro confundidos en una sola palabra y
siempre esa palabra a fuego escrita en mi hoja de ruta, en ese viaje incesante
hacia la nada: nostalgia.
Llevas ese camisón largo, azul, de manga corta. El
mismo que hace nueve años paseaste por el Vaticano por el único motivo de no
ser capaz de deshacer tu equipaje en cinco minutos. “Queda santificado el
camisón”, dije yo. Tuviste suerte. Hoy en día para pasar a San Pedro tienes que
pasar un detector de metales.
Sin duda tu
abultado bolso hubiese llamado la atención. Siempre desordenada y desastrada.
Por suerte no debiste dar explicaciones sobre el camisón y el cepillo
de dientes, porque hace nueve años no había registro, era un mundo diferente,
una Roma distinta a la que tú
conociste.
Desde esta
ventana te miro, y cómo lo hago si te doy la espalda, lo ignoro. Se hace tarde
y debo volver a la cama. “Morir, dormir, tal vez soñar”, dijo el tío Pepe en la cocina, el día de tu
entierro, citando a Shakespeare, sin saber, no podía saber, que naciste un 23
de abril.
Apago la luz y
me doy la vuelta. Tú sigues allí, al fondo, ahora muda. Te digo, me digo: “he
llegado a mi límite, tiro la toalla, necesito descansar mamá y ya hice lo que
pude, no te voy a resucitar, estoy agotada”.
Entonces me
despiertas a todas las horas justas, son las dos de la mañana y los números
figuran en el piloto rojo del televisor, son las tres justas, son las cuatro,
“vale mamá, las ánimas siempre le despiertan a uno, aunque no ponga el reloj”,
tú lo decías y yo lo probé muchas veces.
Te siento
enfadada, pero no hacía falta que me demostrases tu ira en la tormenta, hoy de
nuevo. Puedo entenderte, aunque sea
difícil hablar contigo desde donde estás. Me desdigo de lo dicho. Retomo
la batalla, ¿de acuerdo?, pero déjame dormir que estoy muy, muy cansada esta
noche y tengo dentro de mi cabeza ese tango ”Por una cabeza”, ese inexplicable
tango que hasta hoy, nunca me había dicho nada.
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