miércoles, 20 de abril de 2016

FANTASMAS




Me habían dicho que había fantasmas, pero yo me reí. Eso a pesar del humo rojo que salía de la chimenea. Pregunté: ¿eso qué es? La dama de la inmobiliaria no quiso o no supo contestarme, o acaso no me oyó porque llevaba hablando todo el camino, bien que yo no la escuchara mucho, o sólo lo hiciera a ratos.  Al fin y al cabo la visita a la casa era un puro trámite; cuando las cosas están decididas, ninguna palabra sirve.
Me había reído antes y me sonreí después, allá en el coche de la dama, desde la loma donde se empezó a aparecer  en el pleno azul de agosto, el hilillo rojo como una baba, ¿ eso qué es?, pregunté por segunda vez, tras la siguiente curva, y la mujer volvió a no responderme, ¿por qué se sonríe? Paró en seco de hablar. Era definitivamente la casa que yo buscaba.
Me refiero al humo rojo que sale de la chimenea.
No veo humo, dijo, y siguió hablando tal, tal, tal, es una herencia esta casa, fue construida hace muchos años, el primer dueño fue un marqués que se volvió loco, el segundo dueño, que perdió el título, quiso hacer de la casa una iglesia, pero el obispado no etc.., la babilla se había esfumado y ahora el horizonte era un lugar estólido, la media tarde.
Me dijeron que había fantasmas y la idea me emocionó en secreto. Siempre he querido ver fantasmas, yo que creo en ellos, y nunca los había visto. 
Al llegar a la casa, a la puerta del jardín, había un hombre apostado, con un solo ojo y que nos miraba muy tierno. ¿Este hombre quién es? Dije.
¿qué hombre?
La mujer pasó por delante de él y él se inclinó a nuestro paso como un caballero.
Los días de la mudanza de mis cuatro cosas, estuvimos muy contentos mis fantasmas y yo. Algunos hacían ruido de noche, cierto, eran un poco niños. Les gustaban las chicharras, los aullidos lejanos y el ruido de las estrellas era como un bálsamo para esas almas.
¿Almas digo? Jamás me hablaron, no tuvieron vergüenza.
Uno de ellos anduvo quedo, visto y no visto por delante de la puerta de mi dormitorio. Le llamé y no vino. Otro me tocó en la oreja una noche de lluvia, y se marchó. Los otros se escondían detrás de los armarios y jugaban a que eran elefantes.
Aún así me quedé a vivir aquí.
Una noche soñé con mi madre. Sabía que soñaba y sabía que ella estaba muerta. Pero veía con todo detalle su rostro y los poros abiertos de su cara tersa y rosada, que jamás tomó del sol algún color que no fuera el rojo.
Y tampoco me habló, pero no me importa. Qué puedo hacer, si me gustan los fantasmas.


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