Me habían dicho que había fantasmas, pero yo me reí. Eso a
pesar del humo rojo que salía de la chimenea. Pregunté: ¿eso qué es? La dama de
la inmobiliaria no quiso o no supo contestarme, o acaso no me oyó porque
llevaba hablando todo el camino, bien que yo no la escuchara mucho, o sólo lo
hiciera a ratos. Al fin y al cabo la
visita a la casa era un puro trámite; cuando las cosas están decididas, ninguna
palabra sirve.
Me había reído antes y me sonreí después, allá en el coche de
la dama, desde la loma donde se empezó a aparecer en el pleno azul de agosto, el hilillo rojo
como una baba, ¿ eso qué es?, pregunté por segunda vez, tras la siguiente
curva, y la mujer volvió a no responderme, ¿por qué se sonríe? Paró en seco de
hablar. Era definitivamente la casa que yo buscaba.
Me refiero al humo rojo que sale de la chimenea.
No veo humo, dijo, y siguió hablando tal, tal, tal, es una
herencia esta casa, fue construida hace muchos años, el primer dueño fue un
marqués que se volvió loco, el segundo dueño, que perdió el título, quiso hacer
de la casa una iglesia, pero el obispado no etc.., la babilla se había esfumado
y ahora el horizonte era un lugar estólido, la media tarde.
Me dijeron que había fantasmas y la idea me emocionó en
secreto. Siempre he querido ver fantasmas, yo que creo en ellos, y nunca los había
visto.
Al llegar a la casa, a la puerta del jardín, había un hombre apostado,
con un solo ojo y que nos miraba muy tierno. ¿Este hombre quién es? Dije.
¿qué hombre?
La mujer pasó por delante de él y él se inclinó a nuestro
paso como un caballero.
Los días de la mudanza de mis cuatro cosas, estuvimos muy contentos
mis fantasmas y yo. Algunos hacían ruido de noche, cierto, eran un poco niños.
Les gustaban las chicharras, los aullidos lejanos y el ruido de las estrellas era
como un bálsamo para esas almas.
¿Almas digo? Jamás me hablaron, no tuvieron vergüenza.
Uno de ellos anduvo quedo, visto y no visto por delante de
la puerta de mi dormitorio. Le llamé y no vino. Otro me tocó en la oreja una
noche de lluvia, y se marchó. Los otros se escondían detrás de los armarios y
jugaban a que eran elefantes.
Aún así me quedé a vivir aquí.
Una noche soñé con mi madre. Sabía que soñaba y sabía que
ella estaba muerta. Pero veía con todo detalle su rostro y los poros abiertos
de su cara tersa y rosada, que jamás tomó del sol algún color que no fuera el
rojo.
Y tampoco me habló, pero no me importa. Qué puedo hacer, si
me gustan los fantasmas.
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