domingo, 18 de enero de 2015

HISTORIA DE UN PARAGUAS ROJO


HISTORIA DE UN PARAGUAS ROJO


 

Pensaba que un día u otro iba a escribir que todo se lo debía a mi paraguas rojo, pero eso fue antes del final de las vacaciones, antes de Costa Esmeralda y de las ruinas de Nora. Ese objeto  que me traje de Cerdeña y que muchos acaso no aprecien, me hizo sonreír de felicidad y recuperar la esperanza en que algunas cosas podrán conseguirse en este pícaro mundo si no se ceja, mientras despegaba el avión de Rayanair con su combustible justito,  mi paraguas y yo dentro de la cabina.

Había conseguido escapar de la isla con el humilde paraguas que un  italiano desconocido me había regalado, y esto a pesar de las prohibiciones todas de llevármelo: las aeronáuticas, las aduaneras y las dinerarias por fin, en el caso extremo de que decidiese facturarlo.

 Tres controles pasamos mi paraguas y yo, tres, y los tres con tanta naturalidad que nadie sospechó que aquel objeto estuviese prohibido por todas las normas.  

En el aeropuerto le hice montañas de fotografías a mi paraguas con lunares  faralaes antes de pasar el control de policía, que me aseguraron las autoridades, nunca pasaría, por ser un paraguas primero,  pero además por acabar en estilete de metal considerado  arma de guerra en estos días. Me comencé a despedir de él tras esta información definitiva. El fue mi capricho y mi quimera en este viaje, porque camino del hotel, tan orgullosa yo de mirarlo a él, mis amigos me recordaron que la compañía en la que nos habíamos embarcado no dejaba transportar más que un solo bulto por barba y el paraguas era demasiado alto, demasiado esbelto para caber dentro de las estrictas medidas de los bultos normativos, desgraciada compañía.

Me desilusioné con la noticia, pero con todo,  le prometí a mi paraguas, que ya que estaba en mi mano, haría lo posible y lo imposible por rescatarlo para mí y para mi casa vacía de paraguas.

Cierto, era sólo un capricho, un barato capricho de supermercado italiano en medio de la nada. Pendía dormido a la espalda del hombre que nos estaba cobrando, como si alguien lo hubiese olvidado, y estuviese allí flotante en el aire, por si acaso; fue un flechazo inmediato de esos que parecen mentira y  pregunté cuánto cuesta el paraguas, es tan bonito,  calculando una infinita, imposible suma, y el empleado sonrió y dijo: nada, si le gusta se lo regalo.

 Asombroso, nada por el  paraguas más bello del mundo, con su ribete beige rematando su cubierta y su mango forrado y curvo, todo ello made in China,  hermoso, pintoresco, colegial. Lo tomé en el acto por si se arrepentía el empleado o dueño del establecimiento regalador. Será que lleva ahí mucho tiempo, que alguien lo olvidó, dije, por explicar a mis amigos, pero no era el caso, porque el mango plastificado demostraba que estaba nuevo.

Así que salimos tan ufanos de la isla, mi carísimo paraguas y yo. Por qué él quería marcharse, si la isla es cálida, acantilada y abundante en ruinas, lo desconozco. Pero había un aire extraño en Cerdeña, un olor  a esterilidad y decadencia  que se hizo obvio el día en que Lali y yo incursionamos en la playa de Alghero con la esperanza de bañarnos, y no lo hicimos.

Todos somos dignos de una segunda oportunidad, o tres, así que mi paraguas vino conmigo hasta mi casa. Pero la memoria es tan flaca. Sabía yo que este paraguas rojo rescatado de la nada era la mejor inversión del mundo. De ahora en adelante no me voy a mojar, pensé, que yo pondré mi hermoso paraguas sobre mi cabeza, y así caigan chuzos de punta, no me lloverá encima, y así emocionada al pensar en el otoño que llegaba, pasé los siguientes días de septiembre, esperando por si acaso que llovía o no, y mirándolo majestuoso y expectante en el paragüero.

Y llegó el domingo pasado y llovió. Y yo salí de estreno, como los domingos de antaño en los pueblos de España, salí por la tarde contenta de paraguas, indicando a mi acompañante la belleza del rescatado paraguas,  y él ni lo miró.

Empezamos mal. Como no llovía de momento la cosa no pasó de ahí. Pero el paraguas arrugó la nariz el resto de la tarde. No, no le gustaba nada, nada de nada esto, y eso que estaba por abrir y por estrenar.

Salimos del bar, diluviaba, y mi amigo no llevaba paraguas. En el portal de mi casa le dije que así no se podía marchar y él dijo que sí podía y yo que no podía, pero no te voy a dejar este paraguas, por suerte demasiado femenino para él, así que subimos a mi casa, saqué otro paraguas del paragüero y se lo di, toma, un paraguas a su medida, de ese tipo de paraguas anodino, de los que sólo protegen de la lluvia y luego  no podríamos decir ni de qué color es.

Se marchó con el paraguas, y yo ilesa y sonriente, con  mi paraguas rojo en mi casa y a cubierto. Gracias, hermoso amigo.   

 Pero somos flacos de memoria, decía, que hoy, al abrir el coche para ir a trabajar vi a mi paraguas triste, olvidado y tirado en el asiento trasero.   Allí pasó la noche solito y frío. Cómo pude, cómo pude olvidar a mi paraguas y dejarlo a merced de los ladrones de la noche. Qué flaca es la memoria.

Me lo subí a casa, le puse dos tiritas en su ajado corazón de paraguas prófugo de una isla donde no llueve y le prometí que nunca, nunca más lo iba a abandonar.

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