HISTORIA DE UN PARAGUAS ROJO
Pensaba que
un día u otro iba a escribir que todo se lo debía a mi paraguas rojo, pero eso
fue antes del final de las vacaciones, antes de Costa Esmeralda y de las ruinas
de Nora. Ese objeto que me traje de
Cerdeña y que muchos acaso no aprecien, me hizo sonreír de felicidad y
recuperar la esperanza en que algunas cosas podrán conseguirse en este pícaro mundo
si no se ceja, mientras despegaba el avión de Rayanair con su combustible
justito, mi paraguas y yo dentro de la
cabina.
Había
conseguido escapar de la isla con el humilde paraguas que un italiano desconocido me había regalado, y esto
a pesar de las prohibiciones todas de llevármelo: las aeronáuticas, las aduaneras
y las dinerarias por fin, en el caso extremo de que decidiese facturarlo.
Tres controles pasamos mi paraguas y yo, tres,
y los tres con tanta naturalidad que nadie sospechó que aquel objeto estuviese
prohibido por todas las normas.
En el
aeropuerto le hice montañas de fotografías a mi paraguas con lunares faralaes antes de pasar el control de
policía, que me aseguraron las autoridades, nunca pasaría, por ser un paraguas
primero, pero además por acabar en estilete
de metal considerado arma de guerra en
estos días. Me comencé a despedir de él tras esta información definitiva. El fue
mi capricho y mi quimera en este viaje, porque camino del hotel, tan orgullosa
yo de mirarlo a él, mis amigos me recordaron que la compañía en la que nos
habíamos embarcado no dejaba transportar más que un solo bulto por barba y el
paraguas era demasiado alto, demasiado esbelto para caber dentro de las
estrictas medidas de los bultos normativos, desgraciada compañía.
Me
desilusioné con la noticia, pero con todo,
le prometí a mi paraguas, que ya que estaba en mi mano, haría lo posible
y lo imposible por rescatarlo para mí y para mi casa vacía de paraguas.
Cierto, era
sólo un capricho, un barato capricho de supermercado italiano en medio de la
nada. Pendía dormido a la espalda del hombre que nos estaba cobrando, como si
alguien lo hubiese olvidado, y estuviese allí flotante en el aire, por si
acaso; fue un flechazo inmediato de esos que parecen mentira y pregunté cuánto cuesta el paraguas, es tan
bonito, calculando una infinita,
imposible suma, y el empleado sonrió y dijo: nada, si le gusta se lo regalo.
Asombroso, nada por el paraguas más bello del mundo, con su ribete
beige rematando su cubierta y su mango forrado y curvo, todo ello made in China,
hermoso, pintoresco, colegial. Lo tomé
en el acto por si se arrepentía el empleado o dueño del establecimiento
regalador. Será que lleva ahí mucho tiempo, que alguien lo olvidó, dije, por
explicar a mis amigos, pero no era el caso, porque el mango plastificado
demostraba que estaba nuevo.
Así que
salimos tan ufanos de la isla, mi carísimo paraguas y yo. Por qué él quería
marcharse, si la isla es cálida, acantilada y abundante en ruinas, lo desconozco.
Pero había un aire extraño en Cerdeña, un olor
a esterilidad y decadencia que se
hizo obvio el día en que Lali y yo incursionamos en la playa de Alghero con la
esperanza de bañarnos, y no lo hicimos.
Todos somos
dignos de una segunda oportunidad, o tres, así que mi paraguas vino conmigo
hasta mi casa. Pero la memoria es tan flaca. Sabía yo que este paraguas rojo
rescatado de la nada era la mejor inversión del mundo. De ahora en adelante no
me voy a mojar, pensé, que yo pondré mi hermoso paraguas sobre mi cabeza, y así
caigan chuzos de punta, no me lloverá encima, y así emocionada al pensar en el
otoño que llegaba, pasé los siguientes días de septiembre, esperando por si
acaso que llovía o no, y mirándolo majestuoso y expectante en el paragüero.
Y llegó el
domingo pasado y llovió. Y yo salí de estreno, como los domingos de antaño en
los pueblos de España, salí por la tarde contenta de paraguas, indicando a mi
acompañante la belleza del rescatado paraguas,
y él ni lo miró.
Empezamos
mal. Como no llovía de momento la cosa no pasó de ahí. Pero el paraguas arrugó
la nariz el resto de la tarde. No, no le gustaba nada, nada de nada esto, y eso
que estaba por abrir y por estrenar.
Salimos del
bar, diluviaba, y mi amigo no llevaba paraguas. En el portal de mi casa le dije
que así no se podía marchar y él dijo que sí podía y yo que no podía, pero no
te voy a dejar este paraguas, por suerte demasiado femenino para él, así que
subimos a mi casa, saqué otro paraguas del paragüero y se lo di, toma, un
paraguas a su medida, de ese tipo de paraguas anodino, de los que sólo protegen
de la lluvia y luego no podríamos decir
ni de qué color es.
Se marchó
con el paraguas, y yo ilesa y sonriente, con
mi paraguas rojo en mi casa y a cubierto. Gracias, hermoso amigo.
Pero somos flacos de memoria, decía, que hoy,
al abrir el coche para ir a trabajar vi a mi paraguas triste, olvidado y tirado
en el asiento trasero. Allí pasó la
noche solito y frío. Cómo pude, cómo pude olvidar a mi paraguas y dejarlo a
merced de los ladrones de la noche. Qué flaca es la memoria.
Me lo subí a
casa, le puse dos tiritas en su ajado corazón de paraguas prófugo de una isla
donde no llueve y le prometí que nunca, nunca más lo iba a abandonar.
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