lunes, 19 de enero de 2015

AZOGUE


AZOGUE
Para mis padres,  que duermen en una estrella.
Son las palabras y los nombres quienes nos encuentran a nosotros y no al contrario. La palabra nos toma al asalto y custodia nuestro mundo, al menos el mundo que seremos capaces de conocer y por el que seremos conocidos, y sin la palabra no seremos, y cuando la palabra nos abandone, empezaremos a dejar de ser.
Somos palabra, la que se usó de nosotros para decir, y la que escuchamos decir  a esos otros que forman parte de nosotros; por eso el mundo siempre es algo  imaginario y ciego. No podría existir sin nuestras palabras. Compartimos el mundo a través de la palabra, y las palabras  son dueñas nuestras y señoras, y nosotros, sus siervos. Nada hay tan temible como la palabra,  porque en realidad nada existe fuera de la palabra que sirve para nombrar.
Al principio era el verbo, dice San Juan, y dice bien. Sólo nos ha sido dada la libertad de decir o no decir la palabra que ya vino sin ser llamada, eso que vino sin saber cómo vino y a lo que llamamos pensamiento, y ya es palabra.
Podremos callar, pero las palabras estarán ahí, pugnando por encontrar la ocasión propicia para ser devueltas al mundo de donde nacieron y al que quieren volver para explicar y explicarnos. Y aunque nunca sean pronunciadas, esas palabras ocultas, los secretos de nuestro corazón, estarán ahí, escondidos y a veces más a mano de los otros de lo que nos gustaría.
Yo fui invadida un día cualquiera de primavera por la palabra: “azogue”. La tuve que buscar en el diccionario. Fue la segunda torpe invasión de los últimos tiempos.
Pocos días antes, de madrugada y bajo una  lluvia oscura, fui invadida por un ejército de palabras: “la soledad es un perro que ladra a la noche en los organismos tristes minerales, la soledad es un perro que ladra a la noche...
Por estas pocas palabras que me encontraron y no busqué ni pude evitar empezar a transcribir en un papel, mientras mis alumnos escribían de otra cosa bien distinta un 28 de abril por la tarde, en una clase de la Universidad Autónoma de Madrid, comprendí que las siguientes palabras,  de las que ellos eran tan ajenos, y tan protagonistas, y las que vienen a continuación y que comencé un seis de agosto de 2013, y que he ido tomando y diletando en el tiempo, serían definitivamente escritas.

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