AZOGUE
Para mis padres, que duermen en una estrella.
Son las palabras y los
nombres quienes nos encuentran a nosotros y no al contrario. La palabra nos
toma al asalto y custodia nuestro mundo, al menos el mundo que seremos capaces
de conocer y por el que seremos conocidos, y sin la palabra no seremos, y
cuando la palabra nos abandone, empezaremos a dejar de ser.
Somos palabra, la que
se usó de nosotros para decir, y la que escuchamos decir a esos otros que forman parte de nosotros;
por eso el mundo siempre es algo
imaginario y ciego. No podría existir sin nuestras palabras. Compartimos
el mundo a través de la palabra, y las palabras
son dueñas nuestras y señoras, y nosotros, sus siervos. Nada hay tan
temible como la palabra, porque en
realidad nada existe fuera de la palabra que sirve para nombrar.
Al principio era el
verbo, dice San Juan, y dice bien. Sólo nos ha sido dada la libertad de decir o
no decir la palabra que ya vino sin ser llamada, eso que vino sin saber cómo
vino y a lo que llamamos pensamiento, y ya es palabra.
Podremos callar, pero
las palabras estarán ahí, pugnando por encontrar la ocasión propicia para ser
devueltas al mundo de donde nacieron y al que quieren volver para explicar y
explicarnos. Y aunque nunca sean pronunciadas, esas palabras ocultas, los
secretos de nuestro corazón, estarán ahí, escondidos y a veces más a mano de
los otros de lo que nos gustaría.
Yo fui invadida un día
cualquiera de primavera por la palabra: “azogue”. La tuve que buscar en el
diccionario. Fue la segunda torpe invasión de los últimos tiempos.
Pocos días antes, de
madrugada y bajo una lluvia oscura, fui
invadida por un ejército de palabras: “la soledad es un perro que ladra a la
noche en los organismos tristes minerales, la soledad es un perro que ladra a
la noche...
Por estas pocas
palabras que me encontraron y no busqué ni pude evitar empezar a transcribir en
un papel, mientras mis alumnos escribían de otra cosa bien distinta un 28 de
abril por la tarde, en una clase de la Universidad Autónoma de Madrid,
comprendí que las siguientes palabras, de las que ellos eran tan ajenos, y tan
protagonistas, y las que vienen a continuación y que comencé un seis de agosto
de 2013, y que he ido tomando y diletando en el tiempo, serían definitivamente
escritas.
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